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03 de agosto de 2021

Mujer le pide dinero a su jefe porque sus hijos no tienen nada que ponerse y recibe mucho más - Historia del día

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Una mujer tuvo que pedirle dinero a su jefe para comprarle ropa abrigada a sus hijos, pero al final, tanto ella como su jefe obtuvieron más de lo que esperaban.

Era una típica y ajetreada mañana de lunes en la oficina; nunca existirá suficiente café en el mundo que la vuelva tolerable para todos en este mundo. Sin embargo, ese lunes sería el comienzo de algo diferente para Alberto, el gerente de la oficina, y Shirley, una de sus empleadas.

"Shirley, ¿podrías pasar a mi oficina por favor?". Esto fue lo primero que dijo Alberto al pasar por los cubículos sin siquiera mirar a ninguno de sus empleados.

Una mujer llamando a la puerta | Foto: Shutterstock

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Tan pronto como salieron las palabras de su boca, todos miraron a Shirley: sabían que no era una buena señal. Solo había algunas cosas que pueden hacer que un lunes fuera peor de lo que ya era, y esta era una de ellas.

Shirley se levantó de su escritorio y mantuvo su mirada en el suelo todo el tiempo. Hizo todo lo posible por evitar el contacto visual mientras caminaba hacia la oficina de Alberto. 

“Alberto Andrade. Gerente de Operaciones del Distrito”. Se quedó mirando el letrero de la puerta durante unos buenos cinco segundos, respiró hondo y abrió.

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Tan pronto como la puerta se cerró detrás de ella, todos volvieron la vista a sus computadoras, y todo volvió al desorden habitual que se espera de un lunes por la mañana.

Los ojos de Alberto estaban fijos en unas hojas de papel que tenía en sus manos, y Shirley se dio cuenta instantáneamente de que era el informe que ella había presentado el viernes pasado. Definitivamente no era una buena señal.

Un documento firmado. | Foto: Pexels

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"Tome asiento", dijo Alberto.

Tan pronto como se sentó, Alberto dejó de revisar el informe.

“Página tres. Nuestro cliente se llama Energy Revolution Inc., no Energy Evolution Inc.”, sus ojos volvieron hacia su computadora mientras lo decía.

Shirley guardó silencio.

"Espero que no necesitemos tener esta conversación nuevamente", continuó Alberto.

Shirley asintió.

Una mujer llorando. | Foto: Pexels

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"Puede volver a trabajar ahora", continuó Alberto mientras sus ojos permanecían fijos en la pantalla.

Pero Shirley se quedó sentada en silencio, con los ojos en el suelo, cuando de pronto empezó a llorar. Podías ver lágrimas fluyendo lentamente por sus mejillas.

Después de unos buenos diez segundos, Alberto finalmente reparó en Shirley, o más bien en el hecho de que todavía estaba en su oficina. Apartó la vista de la pantalla y se dirigió a ella, finalmente dándose cuenta de sus ojos llorosos.

Tras pasar otros diez segundos, Shirley finalmente habló. "Me aseguraré de que nunca vuelva a suceder", dijo con una voz suave y temblorosa. Pero cuando estaba a punto de ponerse de pie, Alberto la interrumpió.

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"¿Está todo bien?".

Shirley se puso de pie, pero mantuvo su mirada fija en el suelo. Después de uno o dos segundos, se volvió a sentar y dijo: “Me pregunto si es posible cobrar mis días de vacaciones… yo… creo que todavía me quedan diez días”.

Un hombre en una oficina. | Foto: Pexels

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“Eso sería difícil. No creo que nuestras políticas puedan adaptarse. El departamento de finanzas tampoco lo aprobará”, respondió Alberto.

Shirley se quedó sentada sin decir una palabra.

"¿Por qué?", Alberto preguntó después de unos segundos de absoluto silencio.

“El radiador de mi casa se averió la semana pasada y mis hijos se resfriaron. También se están quedando sin vestimenta de invierno”, respondió.

Después de unos segundos, continuó: "Sabe, los niños crecen tan rápido... su ropa vieja ya no les queda, necesito arreglar el radiador y comprarles algo nuevo, pero con la factura del hospital de mi madre...". Y en ese momento empezó a llorar.

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Alberto finalmente se inclinó hacia adelante desde su silla, sacó algunas servilletas de debajo de su escritorio y se las pasó a Shirley. Luego miró su propio escritorio, perdido en sus propios pensamientos. Tras unos segundos, se quitó las gafas, sacó el pañuelo del bolsillo del pecho, y las limpió bien antes de volver a ponérselas.

Un hombre sentado detrás de su escritorio de oficina. | Foto: Pexels

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"¿Qué edad tienen? Tus hijos”, fue lo primero que le dijo.

Los sollozos de Shirley se calmaron y finalmente pudo hablar. “Siete y diez. Crecen tan rápido, ya sabe…” respondió.

Alberto se reclinó en su silla, echó un vistazo a una de las fotografías de su escritorio y volvió los ojos hacia las nubes blancas fuera de su ventana.

El aire estaba tenso en la habitación y ninguno de los dos dijo nada por unos minutos. Pero después de una larga pausa, finalmente Alberto habló de nuevo. "Sabe, mis hijos habrían tenido aproximadamente la misma edad..."

Un hombre detrás de su escritorio mirando por la ventana. | Foto: Pexels

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Shirley finalmente apartó los ojos del suelo y miró a su jefe, quien con los anteojos empañados no hacía otra cosa más que mirar las nubes.

"Yo... lamento mucho oír eso...", Shirley pensó que era lo único que podía decir en una situación así.

“Eran chicos brillantes. Uno de ellos era incluso el líder de su equipo de fútbol”, respondió Alberto mientras continuaba mirando al cielo.

Había una extraña quietud en el aire. Shirley había trabajado en el departamento durante dos años, pero era la primera vez que su jefe hablaba de su vida personal.

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Después de una larga pausa, Alberto finalmente se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa y agarró su pañuelo para secarse las lágrimas. "El viernes pasado también habría sido uno de sus cumpleaños", dejó escapar una sonrisa mientras lo decía.

Un hombre mirando su computadora portátil. | Foto: Pexels

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Alberto se giró para mirar a Shirley. Mientras tanto, abrió el cajón de debajo de su escritorio, sacó su talonario de cheques, y comenzó a escribir en él.

"Esto debería cubrir la factura del radiador y algo de ropa nueva para sus hijos”, dijo. Luego arrancó el cheque y se lo pasó a Shirley.

"Yo... no puedo aceptarlo".

"No se preocupe. Es lo mejor que puedo hacer".

"Pero…"             

"Dije que no se preocupe…".

Shirley tomó el cheque y comenzó a sollozar de nuevo. "Gracias... de verdad, muchas gracias...", su voz tembló mientras agradecía a Alberto.

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Una mano sujetando el pomo de una puerta. | Foto: Pexels

Cuando Shirley alcanzó la puerta, Alberto la interrumpió de nuevo. “¿Usted y su familia harán algo para el Día de Acción de Gracias? Es la próxima semana", preguntó.

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“No… tal vez haga un poco de lasaña para mis hijos. Les encanta la lasaña”, respondió.

“¿Les gustaría venir a mi casa ese día? A mi esposa le encantaría, y me aseguraré de que ella también prepare un poco de lasaña”, dijo mientras le sonreía.

"Claro... eso sería encantador", respondió con una tierna sonrisa en su rostro también.

Después de que Shirley salió de la oficina, Alberto volvió a mirar detenidamente una de las fotografías de su escritorio. Miró los rostros en ella: sus chicos le sonrieron, esas sonrisas que siempre estarán a su lado detrás de ese marco de vidrio.

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Él les devolvió la sonrisa.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

La compasión puede ser de gran ayuda: Todos tenemos nuestros problemas y, a veces, no son tan obvios. Pero con un poco de compasión, podemos relacionarnos entre nosotros y echar una mano cuando surja la necesidad. A veces, ayudar a los demás también puede terminar ayudándote a ti mismo.

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Este relato está inspirado en la historia de un suscriptor. Todos los nombres han sido modificados para proteger las identidades y garantizar su privacidad. Si deseas compartir tu historia con nosotros, envíala a info@amomama.com

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