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24 de septiembre de 2021

Cada semana, joven lleva a una nueva anciana a un restaurante, todos lo juzgan, pero en vano - Historia del día

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Un joven apuesto llevaba diferentes mujeres mayores a un elegante restaurante de Buenos Aires y uno de los camareros pensaba que las estaba explotando. La verdad lo sorprendió.

Ernesto Lares llevaba unas semanas trabajando en el establecimiento cuando notó las inusuales acompañantes de uno de sus clientes habituales.

El cliente, Daniel Machado, de unos treinta años, era alto y guapo, pero sus compañeras de cena eran todas mujeres de más de setenta. Todos los sábados por la noche, el cliente llegaba con una anciana diferente. 

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Ernesto estaba bastante seguro de saber exactamente lo que estaba pasando. Un sábado, observó con desdén cómo Machado entraba del brazo de una vieja señora, y sacaba su silla como un verdadero caballero. 

El empleado observó con disgusto cómo el hombre le susurraba algo al oído a la mujer. Ella miró hacia arriba, se sonrojó e inclinó su cabeza blanca como la nieve con coquetería. Ernesto resopló. 

Para él estaba muy claro cómo Machado pagaba sus impecables trajes italianos de tres piezas, y no era de su propio bolsillo. Ernesto pensaba que el joven estaba seduciendo a las ancianas por su dinero.

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Llevó el menú a la “pareja” y recitó cortésmente las propuestas especiales del chef para la velada. “Querida”, dijo Daniel con una sonrisa. “Debes probar el lenguado. ¡Está delicioso!”. La mujer, que de cerca parecía incluso mayor, se rio como una niña. “Oh, Daniel”, gritó. “¡Me estás echando a perder!”

El joven tomó su mano y la besó. “¡Solo porque se lo merece, Sra. Rivera!”, dijo con una sonrisa encantadora. Pidió champán y procedió a preguntarle a la encantada anciana sobre su niñez.

Durante toda la cena, Daniel continuó encantando a su acompañante, y cuando la banda del restaurante tocó un vals conmovedor, se puso de pie de un salto. “Querida, ¿me harías el honor?”, preguntó con una reverencia.

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Luego, procedió a conducir con cuidado a la frágil señora por la diminuta pista de baile del restaurante para bailar juntos varias canciones. La anciana estaba radiante y claramente enamorada del gigoló baboso, pensó Ernesto.

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"¡Repugnante! ¡Él es lo suficientemente joven para ser el nieto de la mujer! ¿No puede darse cuenta? ¡O la está engañando por dinero en efectivo o la está engañando para que haga una inversión dudosa!", dijo el camarero.

Ernesto pudo ver que la Sra. Rivera era adinerada. Estaba bien vestida y varios anillos de aspecto auténtico brillaban en sus dedos viejos. Ella seguro había sido una belleza alguna vez, pensó Ernesto.

También pensó en Daniel besando a la anciana y se estremeció. "¡Repulsivo!", dijo. Les llevó el carrito de los postres y observó con desprecio cómo le ordenaba profiteroles con salsa de chocolate y ron a la anciana.

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“Oh, Daniel, querido“, exclamó la anciana, “¡No debería!”

“Tonterías”, dijo Daniel, “con tu figura podrías comer postres todas las noches. ¡Estás perfecta!”.

La Sra. Rivera sonrió feliz y comenzó a comer sus profiteroles. Ernesto fue a donde uno de sus colegas que tomaba un descanso. “¡Ese hombre es repugnante!”, dijo. “¡No sé cómo puede hacerlo!”.

“¿Hacer qué?”, preguntó Francisco.

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“¡Seduce a esas ancianas por dinero!”, dijo Ernesto. Francisco lo miró con dureza. “¡Espero que no estés hablando del Sr. Machado!”, exclamó molesto. “Es un gran hombre”.

“¿UN GRAN HOMBRE?”, preguntó Ernesto con escepticismo.

“¡Seguro!”, dijo con ironía, “¡Un gran estafador!”

Fran miró a Ernesto. “Daniel Machado es uno de los hombres más amables y decentes que tú hayas conocido, y no sabes nada de él”.

“¿Y tú sí?”, preguntó Ernesto.

“Sí”, dijo Fran con firmeza, “El Sr. Machado ha sido el director de un centro de vida asistida para jubilados durante los últimos cinco años, y desde entonces ha estado trayendo a una dama diferente para la cena todos los sábados".

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“Verás, la mayoría de estas mujeres han sobrevivido a sus maridos, y sus hijos y nietos las guardan en esas casas y se olvidan de ellas. Lo sé porque mi abuela está en esa instalación”.

“Oh”, dijo Ernesto. “¡Yo no sabía eso!”.

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"Sí. La visito todos los fines de semana, pero la mayoría de los residentes casi nunca reciben visitas, solo una llamada telefónica ocasional si tienen suerte. Así que el señor Machado las invita a cenar".

“Les hace saber que son apreciadas, que alguien está interesado en lo que tienen que decir, que alguien valora su vida”, explicó Fran.

Ernesto se sonrojó. “Pensé… Bueno, ¡ya sabes lo que pensé!”.

Fran negó con la cabeza con tristeza. “Pensaste mal. La Sra. Rivera es una de las amigas de mi abuela y su hija la dejó hace tres años, diciéndole que era solo por unas semanas mientras se iba de vacaciones”.

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“Ella nunca regresó y nunca llama. A la hija no le importa su madre, solo está esperando que muera, así que el Sr. Machado le está regalando un hermoso recuerdo más antes del final”.

Ernesto estaba disgustado. “Mi madre falleció a los 58 años, y desearía haber pasado más tiempo con ella. ¡Ese señor es un santo!”.

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Ernesto estaba ahora completamente avergonzado de sí mismo, y cuando regresó para traerles el café a la “pareja”, fue especialmente cortés. A partir de entonces, se aseguró de ser más encantador con las “citas” del Sr. Machado.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

No juzgues a la gente hasta saber lo que realmente está pasando: Ernesto pensó que el señor Machado estaba seduciendo a las ancianas por su dinero, cuando en realidad estaba siendo amable con ellas.

Aprecia a tus padres y abuelos, y hazles saber que los amas: Muchas de las personas que viven en ancianatos son ignoradas y descuidadas por sus familias porque son mayores y sufren de depresión.

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Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos a ser mejores.

Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, negocios, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o hechos reales es pura coincidencia.

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