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27 de septiembre de 2021

Mis padres me obligaron a elegir entre darle un riñón a mi hermano o ser repudiado - Historia del día

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Mis padres me amenazaron con abandonarme si me negaba a donarle un riñón a mi hermanito enfermo. Al final, tomé una decisión que cambió mi vida para siempre.

Yo tenía cinco años cuando nació mi hermanito Jeremías. Estaba muy emocionada, esperando a que mamá llegara a casa con el bebé, pero él tuvo que quedarse en el hospital. Yo no lo sabía, pero Jeremías estaba muy enfermo.

Mi querido hermanito nació con espina bífida, por lo que requería muchos cuidados. Nunca podría caminar, ni corretearme con el jardín. Para mis padres, su enfermedad los consumía. Y yo me convertí en la hija invisible.

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Desde el momento en que Jeremías vino al mundo, mis padres se enfocaron en él y en sus problemas y necesidades. Ahora que lo pienso, como adulta y madre, admito que entiendo en parte su preocupación. En parte, pero no toda.

¿No podrían haber guardado algunas migajas de amor y atención para mí? No necesitaba demasiado. Entendía que Jeremías era muy frágil y enfermizo, y que requería mucha atención. Lo único que yo pedía era saber que era amada.

Ahora sé que mi madre se sentía culpable, porque no se dio cuenta de que estaba embarazada sino hasta el quinto mes. Por eso no comenzó a tomar ácido fólico sino hasta muy tarde, y eso pudo haber prevenido la condición de Jeremías.

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La culpa de mi madre se convirtió en obsesión, y mi padre siguió sus pasos. Mis padres se enfocaron en mi hermano e ignoraron todo lo demás. La única persona a la que yo le importaba en toda la casa era Jeremías. Siempre sonreía al verme.

Yo adoraba a Jeremías, y su fragilidad me hacía protegerlo siempre. Cuando comenzó a ir a la escuela, yo era su sombra. Iba con él a todas partes, para asegurarme de que estuviera a salvo. Él era mi mejor amigo.

Pero cada año, los problemas de salud de Jeremías eran peores. Mi familia invertía todos sus recursos en su tratamiento. Por eso, cuando llegó el momento de irme a la universidad, apliqué a universidades con generosas becas.

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Para mi sorpresa, me ofrecieron una beca completa para estudiar ciencias en una de las mejores universidades del país. Le conté la noticia a mis padres, pero no respondieron como yo había imaginado.

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"¿Universidad?", preguntó mi madre. "¿Qué quieres decir? Contábamos con que te tomaras un año sabático para ayudarnos con Jeremías. ¡Sabes lo difícil que ha sido para nosotros!".

"¡No voy a abandonar una beca completa!", grité. Y no lo hice. Fui firme, y Jeremías me respaldó. Pero vi algo en los ojos de mi madre que me dio mucho miedo. Había furia y odio. Nunca me perdonaría.

Seis meses después, mi papá me llamó por teléfono para pedirme que fuera a casa, porque Jeremías estaba grave. Cinco horas después estaba cruzando la puerta de la casa. Mi hermano tuvo una infección de vejiga y necesitaría un trasplante de riñón.

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Mis padres y yo nos sometimos a pruebas de compatibilidad. Por supuesto, yo me gané el premio. "Tendrás que perderte el semestre", dijo mi madre. "Tenemos que programar el trasplante de inmediato".

"Espera un momento", dije. "¿Acabas de decidir que yo voy a donar mi riñón? ¿Decidiste regalar mis órganos sin siquiera preguntarme primero?".

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"¡Pues lo harás!", gritó mi madre entre lágrimas. "¡Jeremías lo necesita!".

"¿Y si Jeremías necesitara un corazón, me obligarías a darle el mío también?", le pregunté, comenzando también a llorar de la indignación.

Ella respondió con furia. "Si Jeremías necesitara un corazón, ¡yo misma te lo arrancaría del pecho, miserable mocosa egoísta!", chilló.

"¿Egoísta? ¿YO?", pregunté impactada y molesta. "Lo he dado todo por Jeremías desde que tengo cinco años. La única vez que hice algo por mí misma fue cuando fui a la universidad este año".

"¡Te necesitábamos!", gritó mi madre. "¡TENÍAS UN DEBER!"

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"No, mamá", le respondí, con lágrimas corriendo por mi rostro. "TÚ tenías un deber: cuidar a Jeremías, y cuidarme a mí. Y fracasaste en la mitad de ese deber. Olvídate del riñón. Me lo quedo".

"¡FUERA DE ESTA CASA", dijo mi madre entre alaridos. "¡Fuera, fuera, fuera! ¡Estás fuera de esta familia!".

Mi padre, que había estado callado hasta ese momento, se puso de pie y se acercó lento y calmado. Me tomó por el brazo, y me llevó hasta la puerta, me puso del lado de afuera y la cerró. Eso fue todo. Para ellos, su hija murió ese día.

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Fui al hospital y me senté junto a la cama de Jeremías. Tomé su mano y lo miré a los ojos. La única persona en mi familia que realmente me amaba. Supe lo que debía hacer. Hablé con su nefrólogo y programé mi operación.

Al día siguiente, al despertar después de la cirugía, seguía desorientada. Estaba acostada en una cama, y Jeremías estaba acostado a mi lado. Todo estaba bien. Había hecho lo correcto.

Mi madre visitó esa misma tarde. "¡Linda", dijo entre lágrimas. "Sabía que harías lo debido". "¡SAL DE MI HABITACIÓN!", le grité. Me miró con la boca abierta, paralizada.

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Mi padre dio un paso adelante. "¡No le hables a tu madre de esa manera", espetó. "Fuera de aquí, los dos. No los quiero aquí. No hice esto por ustedes. Lo hice por Jeremías", dije.

"Y, de paso, de ahora en adelante, ustedes dos están muertos para mí. No quiero que vuelvan a dirigirme la palabra en sus vidas".

Dicho y hecho. Corté los lazos con mis padres, pero Jeremías y yo somos más unidos que nunca. Terminé la universidad, y felizmente he tenido mucho éxito en mi profesión. Me casé hace tres años, y fue mi hermano quien me entregó en el altar.

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Todos nuestros hijos necesitan y merecen nuestro amor y atención. Debido a que Jeremías tenía necesidades especiales, los padres de Linda la ignoraron para enfocarse en él.

Los sacrificios no se pueden exigir, deben ser impulsos que provienen de un corazón que ama. Los padres de Linda querían obligarla a donar un riñón a su hermano, pero solo ella podía tomar esa decisión.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.,

Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, negocios, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o hechos reales es pura coincidencia.

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