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Anciana guarda dinero para su jubilación, pero sus ahorros se agotan al cumplir 102 años - Historia del día

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Una mujer ahorró toda su vida para asegurarse de tener lo suficiente para vivir bien en su vejez, pero no había imaginado que viviría hasta los 102 años. Y el dinero ahorrado ya se había acabado.

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El mayor temor de Carlota Díaz siempre había sido sobrevivir a su esposo, y eso sucedió cuando solo tenía 71 años. Orlando había sido un gran hombre con una risa fuerte y una palabra amable para todos, pero falleció a los 78.

Una terrible enfermedad que ella no podía pronunciar había afectado sus tejidos, y un día, la mujer lo encontró muerto. Había fallecido sentado en su silla en el porche.

Una anciana caminando sola por la calle. | Foto: Shutterstock

Una anciana caminando sola por la calle. | Foto: Shutterstock

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Ella se sentó y lloró porque estaba sola. Y estaría sola por mucho más tiempo de lo que jamás había imaginado.

Si había algo con lo que Orlando y Carlota siempre habían tenido cuidado, era el dinero. Se casaron jóvenes y él se había enlistado en el ejército.

Ella había comenzado a trabajar en una fábrica de uniformes. Tiempo después, la fábrica comenzó a confeccionar camisas elegantes para hombres de negocios.

La mujer había sido una buena costurera, la mejor que tenían, así que le pidieron que se quedara. A Orlando al principio no le gustaba que trabajara, pero ella lo convenció. Incluso cuando su hijo, el pequeño Orlandito, nació en el 48, ella siguió trabajando.

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Cada cheque de pago que llegaba de la fábrica iba a una cuenta bancaria especial. “Esto de aquí”, le dijo Carlota a su esposo, “es para el futuro del pequeño Orlando”.

Además de su trabajo en el ejército, el hombre también comenzó a trabajar en otras cosas. Llevaba las cuentas de la tienda de herramientas y troqueles.

También de la farmacia y casi todas las pequeñas empresas de la ciudad. La pareja estaba ahorrando e incluso estaba hablando de comprar un auto nuevo.

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Una pareja de ancianos tomada de la mano. | Foto: Pexels

Una pareja de ancianos tomada de la mano. | Foto: Pexels

Orlandito ya no era tan pequeño, así que obtuvo su licencia de conducir. Siguió presionando a su padre para que fuera a ese elegante puesto de autos todos los días, pero todo terminó cuando su hijo se enlistó en el ejército.

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Después de eso, Carlota nunca volvió a ver a su hijo. Le enviaron una caja de metal dos años después y dijeron que Orlandito estaba adentro.

La madre no sentía que aquello fuera real. No decía nada. Orlando lloró mucho cuando pensó que su esposa no podía escuchar. Ella nunca derramó una lágrima.

Simplemente siguió con su vida, yendo a la fábrica, haciendo funcionar la máquina, cortando el hilo. Esas eran cosas que ella entendía, cosas que tenían orden y razón, no ver a los chicos regresar a casa en cajas de acero.

Durante mucho tiempo, Carlota se encerró en sí misma, ni siquiera hablaba con Orlando. Entonces, un día, vino su vecina Dalia. “Carlota”, dijo. “Necesito un favor tuyo y es muy grande”.

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La mujer se limitó a mirarla y asentir. El hijo de Dalia, Tomás, también había muerto tras enlistarse en ejército. Se entendían mutuamente. “Tengo que viajar para ver a mi hija, pero ahora tengo a este niño que dicen que es hijo de Tomás y de una chica…”.

Un ataúd en un vehículo fúnebre. | Foto: Unsplash

Un ataúd en un vehículo fúnebre. | Foto: Unsplash

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Carlota vio que sostenía la mano de un niño de unos tres años, de cabello negro y ojos verdes, que se llamaba igual que su padre. Dalia estrechaba la mano del pequeño, pero él no se movía. “¿Lo cuidarías por mí? Sólo por unos días”.

La mujer no pudo decir que no. “Sí”, dijo brevemente. “Trae sus cosas, pero dile que no aguanto malcriadeces”. Pero el nieto de Dalia no se comportó mal. Ni siquiera hablaba. Él simplemente se quedaba quieto.

Cuando Carlota pensaba que era hora de que él comiera, comía, cuando era hora de ir al baño, lo hacía, cuando era hora de acostarse, dormía. Y nunca dijo una palabra. Su silencio irritaba a la mujer, por lo que ella comenzó a tararearle.

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Parecía que eso le gustaba e incluso empezó a tararear. Era un niño dulce, pero se veía terrible. Carlota notó que su ropa estaba gastada.

Luego recordó que tenía una caja de cosas viejas de Orlandito cuando era pequeño y le pidió a su esposo que la trajera del ático. Mientras el pequeño se probaba el pijama de Orlandito, la mujer notó que estaba llorando.

Una persona visitando una tumba en un cementerio. | Foto: Unsplash

Una persona visitando una tumba en un cementerio. | Foto: Unsplash

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El pequeño Tomás extendió los dedos y le tocó la mejilla. Luego la abrazó y lloró también. Nunca llegó a ser muy conversador, pero él y Carlota se convirtieron en compañeros en silencio, incluso después de que Dalia regresara. Para entonces los pocos días se habían convertido en seis meses.

Esos años pasaron muy rápido. Al poco tiempo, Orlando se había jubilado y andaba por la casa quejándose de todo. Sin embargo, hubo algunos años buenos antes de que se enfermara.

“Escucha, no voy a durar mucho, así que tienes que cuidarte”, le dijo a su esposa en una ocasión. Él había descubierto que, con la pensión de Carlota complementada con sus ahorros, ella viviría cómodamente. “¡Puedes vivir hasta los 90 y todavía estarás bien!”.

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Pero Orlando no contaba con que Carlota viviría más allá de los 90, y mucho menos más allá de los 100 años. La mujer había pasado los 90 con buen estado de salud. Ahora tenía 102 años y el dinero ahorrado se había acabado.

Las facturas seguían llegando, tan regulares como un reloj, y ella no sabía qué hacer. No quedaba nadie a quien acudir. Todos los amigos y enemigos habían muerto. Carlota era la mujer más vieja de la ciudad y no tenía familia.

Un niño con rostro serio y un sombrero con flores en el fondo. | Foto: Pexels

Un niño con rostro serio y un sombrero con flores en el fondo. | Foto: Pexels

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El gobierno envió una carta diciendo que debía impuestos de su casa, pero ella ni siquiera tenía dinero para el agua y la luz, y mucho menos impuestos. Carlota entonces habló con el Sr. González, quien le había estado entregando comestibles durante años.

“Señor González, será mejor que no me traiga más mi pedido semanal”, dijo.

Él dejó las compras en la mesa de la cocina de la mujer y se quedó mirando. “¿Por qué no, señora? ¿Ahora hace sus pedidos con otro supermercado?”.

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“No, señor”, dijo la mujer. “Pero no pido cosas que después no podré pagar”.

“Pero... ¿Cómo va a.…?”, el señor González vio el rostro decidido de Carlota y se rindió. Tenía una idea propia y la iba a hacer bien.

Tres días después, la mujer se puso su mejor sombrero y fue al banco. Sacó sus últimos dólares y fue a saldar sus cuentas lo mejor que pudo.

Cuando fue a pagar la electricidad, la cajera miró su factura de luz, luego la computadora y dijo: “Debe haber un error, señora, esto está totalmente pagado”.

Una anciana sentada con las manos juntas. | Foto: Unsplash

Una anciana sentada con las manos juntas. | Foto: Unsplash

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“Pero...”, dijo Carlota. “¡Pero yo no lo pagué!”.

En la empresa de agua pasó lo mismo. “Señora, su cuenta está saldada”, le dijo el hombre a Carlota. Aún más sorprendente para ella fue cuando se enteró de que los impuestos también se habían pagado.

“¡Eso no es posible!”, lloró la anciana. “¡Quiero saber quién pagó!”.

“Fue su nieto”, dijo el hombre. Un señor T. Carrillo. ¿Creo que trabaja para el Estado? Es ingeniero. “¡No TENGO nietos, joven!”, Carlota lloró. “¡Mi único hijo murió en 1969!”.

La mujer fue directamente al Ayuntamiento y exigió hablar con el Sr. T. Carrillo. Después de mucho correr de un lado a otro y molestarse, apareció un hombre alto de unos 50 años con cabello blanco.

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Carlota lo miró fijamente. Tenía rasgos suaves y largos ojos verdes, y sonrió cuando la vio.

Dos bolsas de papel llenas de víveres. | Foto: Unsplash

Dos bolsas de papel llenas de víveres. | Foto: Unsplash

“¿Quién eres tú?”, preguntó la anciana. “¿Y por qué estás pagando mis facturas?”. El hombre no respondió, en cambio, comenzó a tararear una canción de las que ella tarareaba a aquel niño que había cuidado hace muchos años.

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Entonces ella se dio cuenta de quién era el hombre. ¡Era el nieto pequeño de Dalia, ahora todo un adulto!

Tomás dio un paso adelante y la abrazó. “Está bien, Carlota, el Sr. González me lo contó todo”, dijo. “No estás sola y voy a ayudarte como tú me ayudaste a mí”. Y ella le devolvió el abrazo.

A él nunca le había gustado mucho hablar, ¡pero siempre decía las palabras adecuadas! Cuando la gente se enteró de que la mujer más vieja de la ciudad no tenía dinero para pagar sus facturas, abrieron una página de GoFundMe.

Gracias a esto, la cuenta de ahorros vacía de Carlota se llenó rápidamente de nuevo. Ella se convirtió en toda una celebridad. ¡Ha estado compartiendo con Tomás y sus nietos y espera celebrar su cumpleaños número 103 sin preocupaciones!

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Un envase de vidrio lleno de monedas. | Foto: Unsplash

Un envase de vidrio lleno de monedas. | Foto: Unsplash

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Un acto de bondad nunca se olvida. La amabilidad de Carlota con un pequeño huérfano de guerra fue recordada 50 años después y le brindó la seguridad que pensó que había perdido.

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Las personas mayores son la memoria de nuestra comunidad y necesitan ser protegidas. Carlota estaba cada vez más sola, y solo la ayuda de su comunidad la salvó.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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