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Hija no cuelga la llamada tras hablar con su padre y comienza a insultarlo - Historia del día

Diego Rivera Diaz
08 nov 2021
23:00
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Querido AmoMama: Escuché más de lo que debía cuando mi hija no colgó el teléfono tras una de nuestras llamadas, y aprendí a no volver a espiar a nadie.

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Durante la secundaria, mi hija Susana fue la más brillante de su clase. Ella siempre ha sido mi mayor orgullo y alegría, sobre todo después de ser aceptada por la mejor universidad de la región, que también fue mi alma máter.

Ese día, mi esposa Bárbara y yo celebramos como nunca. Hicimos bien nuestro trabajo. Susana era una persona amable, cariñosa y respetuosa. Era muy unida con su madre, pero nuestro vínculo padre-hija era aún más especial.

Padre e hija tomados de las manos. | Foto: Shutterstock

Padre e hija tomados de las manos. | Foto: Shutterstock

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Pero al igual que muchos hijos al crecer y dejar el hogar, Susana ya no nos llamaba con tanta frecuencia. Siempre estaba ocupada con las clases, y yo echaba de menos escuchar sobre su vida. También era culpa mía, mi trabajo siempre era caótico.

Nunca teníamos suficiente tiempo para hablar por teléfono y ponernos al día. Siempre alguien debía colgar por alguna razón, y mi esposa parecía triste por nuestro nido vacío. No sabía cómo animarla.

Un día, llegué a casa del trabajo y vi a Bárbara en la cocina. Estaba limpiando mesones que ya estaban limpios. Me acerqué a ella y la abracé. "Oye, amor, ¿cómo estuvo tu día?", le pregunté.

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“Bueno, fue bastante aburrido. Siento que ya no hay nada que hacer en esta casa", me dijo. Estaba sirviendo galletas y té para merendar. Y tenía razón. La casa estaba muy silenciosa todo el tiempo.

“¿Qué tal si llamamos a Susana? ¿Vemos si puede hablar un poco más esta vez?", sugerí.

"No sé... no quiero molestarla cuando está tan ocupada, pero suena maravilloso", dijo. Decidí probar suerte y agarré el teléfono, lo puse en altavoz y esperé a que contestara nuestra hija.

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Pareja con teléfono en altavoz. | Foto: Shutterstock

Pareja con teléfono en altavoz. | Foto: Shutterstock

"¡Hola papá!", respondió Susana. "¡Susana! Estoy aquí con tu madre en el altavoz. ¿Cómo estás?", le pregunté a mi hija. "Bueno papá, estoy bien. Pero esto no es tan fácil como pensaba”, admitió.

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"No, mija, claro que no. ¡Es la universidad! ¿Pero cómo van tus clases?", preguntó Bárbara. Pero en ese momento, mi hija la interrumpió.

"Papá, mamá, lo siento mucho, pero tengo un enorme trabajo que hacer para la clase de Economía. Vale la mitad de la calificación, no me puedo arriesgar. Tengo que colgar", dijo Susana. Nos despedimos y colgamos con tristeza.

Fue una decepción, pero fue mejor que nada. Susana parecía estar adaptándose muy bien al ritmo de la universidad, y eso nos hacía sentir bien. Bárbara dijo que sonaba cansada, pero le dije que era de esperarse en su primer semestre.

No le dimos muchas vueltas y nos olvidamos de eso. Pasaron días sin que oyéramos nada de Susana, así que decidí volver a llamarla desde mi oficina, en un momento en el que estaba libre de trabajo.

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Era hora de almuerzo, y pensé que quizás sería más fácil conseguirla en ese momento. "Ah, hola, papá. ¿Cómo estás?", dijo Susana al atender el teléfono.

Mujer fastidiada atiende el teléfono. | Foto: Shutterstock

Mujer fastidiada atiende el teléfono. | Foto: Shutterstock

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"Pues todo bien, mija. Es solo que no hemos sabido nada de ti varios días. No te veíamos ni en Facebook, así que aproveché la hora de almuerzo para llamar y ponernos al día. ¿Cómo estás?", pregunté.

"Bien, todo bien. Pero es una locura. Nunca tengo ni un segundo para respirar. No entiendo cómo mis amigos están de fiesta todas las noches, yo prácticamente tengo que vivir en la biblioteca", dijo.

"Bueno, Susa, hay gente que vive la universidad como tiempo de irse de farra. No quisiera que tú fueras uno de ellos, pero es importante que disfrutes la experiencia", le dije. Me preocupaba que estuviera demasiado estresada.

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"No te preocupes, papá. También la paso bien. Tengo amigos, y a veces salimos. Pero todos estamos muy enfocados en salir bien en los exámenes, y a veces es bastante difícil”, agregó la joven.

Estaba orgulloso de ella por hacer amistades tan estudiosas. "Estoy seguro de que tendrás un descanso pronto", le dije. "Puede que no sea una fiesta salvaje, pero tú y tus amigos deberían ir a la playa en algún momento", sugerí.

"Qué buena idea, papá. Pero bueno, te dejo, estoy en un café y vamos a estudiar aquí", dijo Susana, y se despidió. Las llamadas siempre eran demasiado breves, pero me dejaban con una sonrisa.

Persona colgando el teléfono. | Foto: Shutterstock

Persona colgando el teléfono. | Foto: Shutterstock

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Bajé el teléfono a mi escritorio después de despedirme, pero me di cuenta de que Susana aún no había colgado la llamada. Todavía podía escuchar su voz.

Pensé que quizás me estaba diciendo algo, o dándome un mensaje para su madre. Levanté el auricular y me di cuenta de que estaba hablando con alguien más.

"Él el peor, Darla. No tienes idea”, escuché a Susana decirle a una amiga. Me quedé atónito. ¿Estaba hablando de mí? No lo podía creer. Mi hija nunca diría eso de mí.

"Eso es un poco duro, Susana. Es un hombre mayor, ya no puede cambiar como es", dijo una voz que no reconocí. Esa debía ser Darla.

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"No, Darla. Es tan condescendiente todo el tiempo. Siempre se está metiendo en mis asuntos y no me deja tranquila ni un segundo. Lo odio", dijo claramente mi hija. Mi corazón se hacía trizas.

No pude seguir escuchando. Después de todos estos años, ¿mi propia hija me odiaba? ¿Cómo era eso posible? Ella acababa de decirle a su amiga que yo era condescendiente y que siempre quiero saber de ella.

Pensé que le habíamos dado suficiente espacio desde que se fue a la universidad. No pude concentrarme en mi trabajo el resto del día después de eso, así que decidí irme temprano.

"¡Querido! ¿Qué haces en casa tan temprano?", me preguntó Bárbara. No pude esconder la emoción en mi rostro. Le expliqué a mi esposa todo lo que había dicho Susana a su amiga.

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Hombre deprimido en oficina. | Foto: Shutterstock

Hombre deprimido en oficina. | Foto: Shutterstock

"Enrique, ¿estabas espiando a nuestra hija?", me preguntó Bárbara, con voz de regaño. "No quería, fue un accidente, Bárbara", le dije. "Pensé que tenía algo más que decirme esta vez", agregué.

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"Además... ella nunca se queda mucho al teléfono, y sé que los hijos no siempre le dicen a sus padres cuando tienen problemas. Yo era así, y me quedé oyendo para ver si ella estaba bien, porque tú tenías razón, suena cansada", admití.

"¿Ves lo que pasa cuando te pones a espiar a la gente? Hay un refrán sobre eso", respondió mi mujer. "Pero bueno, de todos modos, tu hija no te odia. Solo está estresada por la escuela. Quizás deberíamos ser menos insistentes", dijo.

"No. Necesito aclarar las cosas. Vayamos a su escuela a verla. Ella no puede odiarme, Bárbara. Ella es mi único tesoro", exclamé dolido. Ella trató de calmarme, pero se dio cuenta de lo mucho que necesitaba ir a ver a mi hija.

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"Vamos", me dijo, con las llaves del auto en la mano. La seguí, y juntos condujimos hasta mi antigua alma máter. Saqué mi teléfono cuando entramos al gran campus y le dije a Susana que estaríamos esperando frente a su dormitorio.

Parecía sorprendida cuando hablamos por teléfono, pero no enojada. Era una buena señal. Bárbara y yo esperamos unos minutos hasta que apareció Susana.

"¡Hola! ¡Voy saliendo de mi última clase del día!", dijo, y nos dio un gran abrazó. "Me alegro de verlos, papá y mamá, pero no sabía que iban a venir hoy".

Abrió la puerta de su dormitorio y nos pidió que pasáramos. Se veía exactamente como mi antigua habitación durante mi primer año en la universidad.

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Habitación en residencia universitaria. | Foto: Shutterstock

Habitación en residencia universitaria. | Foto: Shutterstock

"Siéntense. Lamento que esté todo tan desordenado", dijo mi hija. "Entonces... ¿que hay de nuevo? ¿Qué hacen aquí?", preguntó.

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"Escucha, cariño. Tu padre estaba muy preocupado por algo que escuchó en el teléfono. Tendrás que perdonarlo por estar de fisgón", dijo Bárbara.

"¿Me odias?", pregunté con la mayor calma posible. “¿Crees que soy condescendiente? ¿Crees que somos padres demasiado asfixiantes?".

"¿De qué estás hablando?", preguntó Susana, sinceramente confundida. Le expliqué lo que sucedió cuando no colgó el teléfono y lo que la escuché decir.

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"¿Estás loco?", preguntó Susana, con una sonrisa en el rostro. "Mamá, siempre me enseñaste a no escuchar a la gente a escondidas, pero parece que nunca le enseñaste a papá".

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"Esto no es gracioso, Susa”, le dije- "Sí, sí es gracioso, papá", respondió.

"No estaba hablando de ti. Todo se trataba del profesor de Economía. Es muy anticuado y no nos da la libertad de aprender. No lo soporto, y creo que él tampoco me soporta", explicó.

Me sentí muy tonto, y algo humillado. Bárbara estaba muriéndose de la risa, y Susana no se quedaba atrás. Tras unos momentos, yo también comencé a reír. "¡No vuelvo a espiar a nadie!", dije.

Pareja riendo. | Foto: Shutterstock

Pareja riendo. | Foto: Shutterstock

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Nunca escuches a escondidas. Escuchar a escondidas puede herir los sentimientos de las personas y conduce a malentendidos. Es mejor no hacerlo.

Aclara los malentendidos rápidamente. El padre de Susana quería aclarar todo rápidamente, pero algunas personas se habrían vuelto locas por la duda. Sé como el papá de Susana.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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