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Anciana abandonada por sus hijos llora en un asilo durante 5 años: "Te sacaré de aquí", dice una voz femenina - Historia del día

Mayra Pérez
02 ago 2022
11:20
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Patricia había estado orando por el bienestar de los hijos que la abandonaron, y esperaba volver a verlos. Sin embargo, fue otra persona quien apareció con la intención de cambiar su vida.

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Los asistentes del Hogar de Ancianos San José dijeron que Patricia hablaba muy bajo. Pero ella sabía que Dios podía escucharla.

Habían pasado cinco años desde que Patricia González llegó al hogar de ancianos, cinco años desde que sus hijos la dejaron sin despedirse. Esa sensación del abrazo no correspondido mientras estaba de pie en el frío, con los brazos abiertos, todavía le dolía en el pecho.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Patricia era diferente en ese entonces. Vivía enfadada y buscando respuestas ante la incertidumbre. No podía creer que la hubieran abandonado y soñaba con el día en que sus tres hijos regresaran corriendo hacia ella.

Con el tiempo, su ira e incertidumbre se convirtieron en una sensación de rendición. Su cuerpo se estaba volviendo más frágil y estaba teniendo problemas al comer. Pero su fe se había fortalecido más allá de los límites.

Por supuesto, todavía había dolor en su alma. Sin embargo, desde que reavivó su fe y espiritualidad, sentía que había más luz en ella. Leía día tras día y le hablaba a cada planta como si estuvieran teniendo una conversación.

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Pronto, los otros residentes comenzaron a acercarse a ella, esperando poder compartir sus problemas y penas. Sabían que sus palabras venían cargadas de inspiración y que calmaría sus almas.

No sabían que todas las noches, en los últimos cinco años, Patricia se sentaba sola junto a la ventana y dejaba que su dolor fluyera en lágrimas. A pesar del amor que colmaba su corazón, los recuerdos dolorosos todavía la asaltaban.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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A menudo se despertaba en medio de la noche, recordando la última gran pelea entre sus hijos y ella. Las palabras hirientes que le dijeron se reproducían en su mente.

"¿Por qué eres tan inflexible sobre el testamento? ¿Crees que vas a vivir para siempre?".

"¡Eres la mujer más egoísta que he conocido!".

"Desperdicié mi juventud ayudándote. ¡Ojalá hubiera sabido que no obtendría nada por ello!".

Patricia recordaba lo mareada y enferma que había estado en la cama del hospital esa noche y cómo el personal tuvo que intervenir y pedirle a sus hijos que salieran.

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Entonces una brisa fría devolvió a Patricia al presente. Se acostó en la cama, cerró los ojos y repitió la misma oración que decía todas las noches:

"Querido Dios. Mantén a mis hijos y sus familias bajo tu amoroso cuidado. Los perdono. Los amo. Si puedes, envíalos hacia mí. O mejor aún, llévame con ellos".

En algún momento de la noche, Patricia sintió como si una mano le acariciara la frente. "Debe ser Dios", pensó, medio dormida.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Pero entonces, escuchó una dulce voz susurrando: “¡Te sacaré de aquí!".

Patricia abrió los ojos y le tomó unos momentos entender lo que veía.

"Ámbar... ¿Eres tú?".

"Soy yo, abuela. He venido para llevarte".

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Ámbar era la hija de David, el hijo mayor de Patricia. Si bien él no la había visitado ni llamado en los últimos cinco años, fueron Ámbar y su hermano menor Jacobo quienes se mantuvieron en contacto con ella.

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Patricia no podía apartar los ojos de su hermosa nieta. "¡Ay, cómo ha crecido mi bebé!".

Ámbar tomó las manos de su abuela con fuerza y ​​dijo:

"Me has tenido muy preocupada, abuela. ¿Por qué dejaste de escribirme?".

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Patricia estaba confundida. Se había preguntado por qué Ámbar había dejado de enviarle cartas el año pasado. Ella asumió que estaba demasiado ocupada.

"¿Todavía me escribes?".

"¡Por supuesto sí!".

Entonces Patricia se dio cuenta de que muchos otros residentes habían tenido quejas similares el año pasado. Al igual que su correo, las cartas de Ámbar probablemente se habían desviado a la otra sucursal del hogar de ancianos.

"Tenía que venir a verte. Y no me gusta este lugar. Todo este recinto debería estar marcado como un riesgo de seguridad arquitectónica".

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Ámbar tenía razón. El hogar de ancianos se estaba volviendo cada vez más inhabitable con el tiempo. Las paredes estaban goteando, y había un olor a humedad que nadie podía ignorar.

Esa noche, Ámbar llevó a Patricia a su nuevo departamento en la ciudad.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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"Esta es una casa modesta, abuela, a diferencia de la casa familiar que tú y el abuelo construyeron. Pero te prometo que me aseguraré de que tengas todo lo que necesitas aquí".

Patricia recordó el hogar y el imperio comercial que había construido con su difunto esposo, Frank.

"Esto es más que suficiente, Ámbar. Todavía no sé por qué te tomas la molestia. Probablemente, seré una carga en la casa".

"Para nada. No puedo imaginar por lo que has pasado en los últimos cinco años. Y ahora, te necesito aquí, no porque sienta pena por ti. Tú siempre has ocupado el lugar de una madre en mi corazón".

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Ámbar había perdido a su madre, Tamara, cuando era solo una niña. Mirando a su nieta ahora, Patricia se dio cuenta de que se parecía mucho a su madre.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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"El hecho de que pronto me convertiré en médico no significa que no necesite una madre a la que acudir con todos mis problemas", dijo la nieta.

Las dos mujeres pasaron el resto del día charlando en el balcón del apartamento, bebiendo té y pensando en dulces recuerdos. Patricia no había estado tan relajada en mucho tiempo.

Pasó una semana en la nueva vida de Patricia y finalmente tomó una decisión. Llamó a Ámbar y le dijo: "Querida, pronto haré mi testamento. Me gustaría que tú y Jacobo lo tuvieran todo, incluida la casa que tanto amas. Solo tú la valoras lo suficiente como para cuidarla”.

Ámbar no dejó que su abuela terminara. "No puedo, abuela. No quiero la casa. Pero si realmente quieres darle la casa a alguien que la valore, tengo una idea".

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Patricia escuchó la idea y le encantó.

Hacia el final del año, Ámbar y Patricia estaban paradas frente a la casa. Se veía exactamente igual que siempre, excepto por un cartel gigante que decía: "Amor y luz: hogares amables para la vida asistida".

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

La fe puede ayudarte a atravesar los momentos oscuros. Para Patricia, reconectar con su fe la ayudó a superar su pasado sin amargura ni odio. Encontrar fe y aferrarse a ella puede ayudar a superar las fases más desafiantes de la vida.

Trata a tus mayores con respeto y amabilidad; nunca sabrás por lo que han pasado. Ámbar le dio a su abuela un sentido de dignidad y amor que ella había olvidado. Cuando tuvo la opción, eligió retribuir a la comunidad de ancianos en lugar de heredar riquezas.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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