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Mujer mayor toma a escondidas las sobras del restaurante: el dueño la ve y la sigue - Historia del día

Mayra Pérez
26 nov 2021
01:30

Una mujer mayor comenzó a llevarse los restos de comida del restaurante de lujo en el que había empezado a trabajar recientemente; el dueño la descubrió y quiso averiguar por qué.

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“Regresaremos en la noche”. Eso fue lo último que Rosa escuchó de los labios de su nuera el día que la perdió a ella y a su hijo, Ronald Vásquez. La pareja había traído a su hija Eliana para que la cuidara, mientras se tomaban un tiempo a solas.

Habían tenido peleas porque sus carreras parecían ser la prioridad para ambos, lo que significa que ninguno de los dos había estado en casa el tiempo suficiente para realmente vincularse con su hija.

Restos de comida en un plato. | Foto: Shutterstock

Restos de comida en un plato. | Foto: Shutterstock

Tenían una niñera que la atendía, pero por alguna razón, habían decidido ese día que querían que Rosa, la madre de Ron, cuidara de la niña. Quizás en su interior sabían que no regresarían. Ese fue el primer pensamiento que se le ocurrió a Rosa cuando recibió la llamada del departamento de policía.

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“¿Qué ocurrió?”, le preguntó al oficial que la llamó.

“Me temo que el Sr. y la Sra. Vásquez han fallecido en un accidente automovilístico. Si no le importa, necesitamos que venga a la estación para identificar y recoger sus restos”.

Esas palabras sorprendieron tanto a Rosa que casi se le cae el teléfono. Mientras tanto, tenía los ojos puestos en su nieta, que de repente se había convertido en huérfana.

“¿Era mami?”, preguntó alegremente la niña de cinco años tan pronto como Rosa colgó la llamada.

“No, no era ella”, respondió con voz ronca.

“¿Cuándo volverán mamá y papá?”

“No tardarán chiquita, solo ten paciencia”, mintió Rosa.

La abuelita guardó el secreto del accidente de Eliana todo el tiempo que pudo porque le asustaba el efecto que podría tener en la niña.

Una anciana llora con su rostro entre sus manos. | Foto: Pexels

Una anciana llora con su rostro entre sus manos. | Foto: Pexels

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El primer día que Ron y su esposa no volvieron a casa, Eliana hizo pataletas porque pensó que sus padres la habían olvidado. “¿Dónde están, abuela? Prometiste que regresarían pronto”, le dijo a Rosa.

“Lo siento, calabacita, algo los retrasó, eso es todo. Regresarán pronto”.

Las cosas continuaron así durante un tiempo hasta que llegó el momento del entierro. Rosa no iba a permitir que Eliana perdiera la oportunidad de despedirse de sus padres, así que decidió hablar con ella.

La mujer mayor también había estado temiendo la revelación por lo empática que era. Le causaba dolor compartir la noticia, y no quería ver las lágrimas de su nieta.

“Oye, calabacita”, dijo a la niña, dos días después de la muerte de sus padres. “¿Sabes qué es el cielo?”, le preguntó.

“Mami dice que es donde van todas las buenas personas cuando ya no pueden quedarse aquí”, respondió Eliana con alegría.

“Eres inteligente, ¿no?”, dijo la abuela con una sonrisa triste. “Papi dice que tengo su cerebro”, se jactó la niña antes de mirar directamente a Rosa. “¿Por qué no han vuelto todavía?”, preguntó de nuevo.

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“Lo siento mucho, pequeña, pero no volverán”, le dijo Rosa. “Tu mamá y tu papá se han ido al cielo”.

“¡No!”, gritó Eliana. “¡Ellos no me dejarían! ¿No podemos ir a donde están?”

“Lo siento pequeña”, dijo Rosa.

Grupo de médicos trasladan a un paciente en la camilla por los pasillos del hospital. | Foto: Pexels

Grupo de médicos trasladan a un paciente en la camilla por los pasillos del hospital. | Foto: Pexels

“¡Estás mintiendo!”, gritó la niña, luego dio media vuelta y echó a correr.

“¡Eliana! ¡Ven aquí!”, llamó Rosa, pero la niña ya había salido por la puerta.

Rosa corrió tras ella, sin embargo, lo que presenció casi la hizo colapsar. Eliana se había cruzado en el camino de un ciclista y habían colisionado.

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La niña fue trasladada de urgencia a un hospital donde se evidenció que estaba paralizada por un traumatismo en la médula espinal.

Rosa estaba desconsolada. Además de eso, el seguro médico no podía cubrir el tratamiento que necesitaba la pequeña, por lo que la mujer tuvo que conseguir un trabajo limpiando en un restaurante. Allí notó que a menudo se tiraban muchos restos de comida, por lo que comenzó a recolectarlos en secreto para alimentar a su nieta.

Cada centavo que recibía lo destinaba al tratamiento, y las sobras aseguraban que no tuviera que gastar más en comida, así que Rosa estaba agradecida.

Un día, el dueño del restaurante notó que la señora estaba empaquetando las sobras del día y sintió curiosidad. Ella le resultaba muy familiar y quería saber por qué estaba llevándose la comida.

La siguió durante varias cuadras, hasta que ella se detuvo y miró a su alrededor. Cuando sus ojos se encontraron, él se dio cuenta de que conocía a la mujer.

Una persona sube por unas escaleras. | Foto: Pexels

Una persona sube por unas escaleras. | Foto: Pexels

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“Señora Rosa… ¿Es usted?”, preguntó sorprendido.

“Sí, pero ¿quién eres tú?”, preguntó Rosa a su vez.

“Yo era su alumno… ¿Se acuerda? ¿De la Escuela secundaria La Paz?”

Rosa se perdió en sus pensamientos por un momento, tratando de recordar quién era el antiguo estudiante. Finalmente, lo logró.

“Joshua Gómez”, dijo Rosa mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

“Sí… soy yo, maestra”, respondió Josh.

Había sido un estudiante poco serio, sin interés en la educación, hasta que lo trasladaron al salón de clases de Rosa. Ella había sido paciente, trabajando lentamente con él para descubrir qué le gustaba.

Otros profesores habían perdido la paciencia y llegaron a decirle que no serviría para nada. Sin embargo, Rosa había sido más como una madre para él.

Después de enterarse de su nieta enferma, Joshua se ofreció a pagar la operación y la niña pronto pudo caminar. Rosa sabía que no podía devolverle una cantidad tan grande de dinero, pero el hombre le aseguró que no era necesario. En cambio, la invitó a trabajar para él como niñera de sus hijos.

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Cirujanos en medio de un procedimiento quirúrgico. | Foto: Pexels

Cirujanos en medio de un procedimiento quirúrgico. | Foto: Pexels

“Sé para mis hijos lo que fuiste para mí: una tutora”, le dijo Joshua.

Rosa lo hizo con mucho gusto y cuando su nieta fue dada de alta del hospital, pudo pasar el rato con los niños. Más tarde, Joshua adoptó a Eliana como su ahijada, y la cuidó como a sus hijos.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Sé el mejor ser humano que puedas; te alegrarás de haberlo sido. Mientras Rosa trabajaba como maestra, le dio lo mejor a Joshua. Nunca podría haber imaginado que la vida los volvería a unir de la forma en que lo hizo, y cuando eso sucedió, fue recompensada por haber sido amable en el pasado.

No te rindas por ningún motivo. Rosa tuvo que soportar muchas cosas en poco tiempo; su hijo y la esposa fallecieron en un accidente automovilístico, y su nieta casi muere cuando le dio la noticia. A pesar de eso, cuando llegó el momento de dar un paso al frente y encontrar la manera de conseguir dinero para el tratamiento de Eliana, la mujer no dejó que todas las tragedias la desanimaran.

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