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Mujer instala cámaras tras darse cuenta de que alguien se ha estado duchando en su casa - Historia del día

Georgimar Coronil
26 mar 2022
23:40
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Una mujer sospecha que una desconocida ha estado usando su ducha con frecuencia, así que instala cámaras ocultas en su casa y hace un descubrimiento desgarrador.

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María Sánchez llevaba doce años felizmente casada y si alguien le hubiera dicho que dudaría de su marido Gerardo e instalaría cámaras para espiarlo, se habría reído de esa persona.

Pero eso fue antes de que María encontrara en su baño un gel de ducha con aroma a lavanda y un champú de manzanilla que prometía poner brillos dorados en el pelo rubio. María tenía pelo castaño y odiaba la lavanda...

Baño. | Foto: Shutterstock

Baño. | Foto: Shutterstock

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“¿Quién había utilizado la ducha del baño principal?”. María estuvo tentada de interrogar a Gerardo, pero decidió esperar y ver si volvía a ocurrir.

Unos días más tarde, cuando llegó a casa, encontró el baño lleno de olor a lavanda. Quienquiera que fuera había estado allí de nuevo.

María estaba furiosa y llamó a su mejor amiga Luisa. "Escucha, María", dijo Luisa. "No confrontes a Gerardo sin pruebas. Creo que deberías poner algunas cámaras y grabarlo en el acto. Así, en el peor de los casos, tendrás munición para el divorcio".

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"¡Divorcio!", exclamó María mientras colgaba el teléfono y miraba a su pequeño hijo Pedro, que gateaba por la alfombra tras una pelota roja y azul. Luego, se puso la mano en su vientre, donde estaba su segundo hijo.

"¿Quiero el divorcio?", se preguntó. Después, se imaginó a Gerardo en la ducha con una rubia, y la rabia llenó su corazón.

A la mañana siguiente, muy temprano, se dirigió a una tienda en el centro comercial local que vendía todo tipo de alarmas, cámaras y todo lo relacionado con la seguridad. Eligió tres cámaras diminutas que podía esconder por la casa.

Mujer duchándose. | Foto: Unsplash

Mujer duchándose. | Foto: Unsplash

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Colocó una en el pasillo, otra en el salón y no puso ninguna en el baño porque el técnico le explicó que la humedad del aire dañaría la cámara y empañaría el lente.

Luego esperó y pasó otra semana antes de que percibiera el revelador aroma a lavanda en el aire, que le indicaba que Gerardo había vuelto a meter a la desconocida en su casa. Inmediatamente, accedió a las grabaciones de las cámaras a través de su iPhone.

La cámara 1 captó a Gerardo entrando con una rubia menuda con el pelo recogido en una coleta y unos vaqueros azules desaliñados. Parecía muy joven, al menos diez años menos que María. "¿Así que eso es lo que quiere?", comentó para sí misma con amargura. "¡Juventud!".

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María vio cómo Gerardo le hacía un gesto sin sonido a la rubia y ella le sonreía con adoración. Entonces la rubia se puso de puntillas y besó a Gerardo en la mejilla. María se desconectó antes de ver cualquier avance en su intimidad. No estaba preparada para eso.

Para lo que sí estaba preparada era para la verdad. Hizo una maleta para ella y otra para el pequeño Pedro y reservó una habitación en un hotel local. Luego, esperó a que su infiel y mentiroso marido llegara a casa.

Gerardo entró con su habitual y tierna sonrisa e inmediatamente buscó a María para darle un abrazo y un beso, pero ella apartó la cara. "¿María?", preguntó Gerardo preocupado. "¿Estás bien, cariño?".

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Camara de seguridad. | Foto: Unsplash

Camara de seguridad. | Foto: Unsplash

"Estoy bien", dijo María con frialdad. "¿Cómo estás tú? ¿Has pasado una buena tarde?".

Gerardo la miró con extrañeza. "¡Sí, lo hice!", respondió. "¿Qué te pasa?".

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"Quizá no me gusta que me engañen, Gerardo", respondió María. "Eso es lo que me pasa".

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"¿Engañar?", jadeó Gerardo. "¡Nunca te engañaría!".

Fue entonces cuando María perdió la calma por completo. "¿Nunca?", gritó. "¡Yo puse cámaras Gerardo! ¡Te vi traer a tu pequeña barbie rubia! Lo sé todo".

Gerardo negaba con la cabeza. "Por favor, María", gritó. "¡No es lo que piensas!".

Mujer rubia. | Foto: Unsplash

Mujer rubia. | Foto: Unsplash

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Pero María ya no escuchaba, se movía rápidamente. Agarró las bolsas con una mano y a Pedro con la otra y se dirigió hasta la puerta principal.

Pedro gritaba y Gerardo lloraba, pero María se limitó a meter a su hijo y el equipaje en el coche y se marchó. Se secó las lágrimas y miró por el espejo retrovisor. Gerardo estaba de pie en medio de la carretera con un aspecto absolutamente devastado.

"¡Se lo merece!", gritó. "¡INFIEL!".

"¿Mamá?", preguntó Pedro desde su asiento en la parte trasera. "Mami, ¿a dónde vamos? ¿Por qué estás enfadada con papá?".

"Escucha, cariño", dijo María, forzando una sonrisa en sus helados labios. "Tú y yo nos vamos de vacaciones solo tú y yo, ¿está bien? Este es un sitio muy bonito y podemos comer panqueques en la cama".

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Pedro soltó una risita y saltó en el asiento todo lo que el cinturón de seguridad le permitía. "¿Lo prometes? ¿Panqueques en la cama? ¿CON JARABE?".

Maleta con ropa. | Foto: Unsplash

Maleta con ropa. | Foto: Unsplash

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"Sí..." María respondió sonriendo. "¡Lo que quieras cariño!".

María mantuvo su sonrisa hasta que Pedro finalmente se quedó dormido en la gran cama matrimonial, con su boquita untada de jarabe pegajoso y con una mancha de azúcar en polvo sobre su pequeña nariz. María lo arropó y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Cuando sonó el teléfono, María vio que era Gerardo y se limitó a silenciarlo. No quería escuchar sus excusas. Solo quería dejar de sufrir.

A la mañana siguiente, dejó a Pedro en la guardería y cuando volvió a su auto vio a Gerardo. "María", le dijo. "No me voy a rendir hasta que me escuches. Quiero que conozcas a la mujer que llevé a casa".

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María miró a Gerardo con frialdad. "¿Así que admites que llevaste a una mujer a nuestra casa?".

"Sí, lo hice", respondió Gerardo. "Pero tienes que conocerla para entender por qué".

Mujer gritando. | Foto: Unsplash

Mujer gritando. | Foto: Unsplash

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De mala gana, María siguió a Gerardo hasta el centro de la ciudad, cerca de donde la empresa de Gerardo tenía sus oficinas. Allí, en un sucio callejón, Gerardo le presentó a la "otra mujer". La rubia parecía más esquelética que delgada, y sus ojos eran enormes y asustados.

"María", dijo Gerardo con voz suave. "Esta es Miranda. Es una indigente y la dejo tomar una ducha caliente en nuestra casa una vez a la semana. Tiene 18 años y su madre la abandonó. Es demasiado mayor para que la adopten y nadie la ayuda".

"¡Oh! Ya veo", expresó María. Luego, sintió que un rubor de vergüenza teñía sus mejillas. "Hola, Miranda", dijo con la misma suavidad que Gerardo. "Soy María. Escucha, necesitamos una niñera a tiempo completo para nuestro hijo Pedro y también para el nuevo bebé... así que ¿te gustaría el trabajo?".

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Miranda se sintió abrumada y empezó a llorar. Esa noche durmió segura y calentita en el dormitorio de invitados de los Sánchez. María se disculpó con Gerardo por su error y él le juró que la amaba hasta la luna y más allá de las estrellas.

Madre e hijo. | Foto: Unsplash

Madre e hijo. | Foto: Unsplash

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

No saques conclusiones sin escuchar la otra parte de la historia: Gerardo había hecho una buena obra, pero María nunca le dio la oportunidad de explicarse.

La confianza es la piedra angular del matrimonio: María se olvidó de confiar en Gerardo y estuvo a punto de destruir su matrimonio con su falta de confianza.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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