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Niño con el rostro entre sus manos | Foto: Shutterstock
Fuente: Niño con el rostro entre sus manos | Foto: Shutterstock

Familia abandona a niño tras la muerte de su madre: años después lo ven saliendo de una limusina - Historia del día

Mayra Pérez
04 oct 2022
13:00
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Cuando un niño pequeño perdió a su madre, suponía que sus tíos lo cuidarían. Pero lo dieron en adopción y se olvidaron de él hasta varios años después, cuando apareció en su casa de la manera más impactante.

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“¡No podemos quedarnos con él!”, le gritó Angélica a su esposo, Vicente. “Tenemos que pensar en nosotros mismos. ¡Y en nuestros hijos!”.

“Pero… es solo un niño”, dijo Vicente, mordiéndose los labios. Quizás su esposa tenía razón, pero la idea de renunciar al hijo de su difunta hermana era demasiado terrible.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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“No me importa. ¡Él no es nuestra responsabilidad! No alimentaré otra boca. Ya nos cuesta bastante llegar a fin de mes sin él. ¡Si no lo entregas, te dejaré y me llevaré a nuestros hijos lejos!”, gritó y Vicente sintió que no tenía otra opción.

Llamó a los Servicios Sociales, que los había contactado después de la muerte de su hermana porque él era su única familia, y les entregó a Carlitos.

Nunca olvidaría la mirada en los ojos del niño mientras salía de su casa de la mano de la trabajadora social. Carlitos lo miró con tristeza y decepción. Claramente, el niño no tenía idea de a dónde iba, pero sabía que Vicente y su familia se habían deshecho de él.

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“Que Dios me perdone”, susurró Vicente y escuchó a su esposa burlarse de él mientras regresaban a casa.

Treinta años después…

Vicente estaba reparando su porche delantero con su hijo Jorge después de que se derrumbara repentinamente. La casa estaba muy deteriorada, pero ni siquiera podían considerar mudarse.

De sus tres hijos, Jorge era el único que se había mudado y vivía en un pequeño estudio a unos pocos kilómetros de distancia de ellos.

Su otro hijo, Marcos, jugaba todo el día, decidido a convertirse en una “estrella de Twitch”. Lo que sea que eso signifique. “Ojalá consiguiera un trabajo de verdad”, pensaba Vicente a menudo, pero no se atrevería a decir nada para evitar que Angélica se molestara con él.

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Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Mientras tanto, su hija, Sandra, quedó embarazada a los 18 años y el papá de la bebé la había abandonado, por lo que madre e hija vivían con ellos. Angélica cuidaba a su nieta mientras la joven trabajaba como cajera en un supermercado local.

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Vicente seguía manteniendo a todos, excepto a Jorge. Pero su primogénito solía pasar a menudo por la casa para asaltar la despensa.

La situación era muy difícil. El dinero escaseaba y no había podido ahorrar nada para su jubilación. Deseaba que sus hijos fueran más independientes, pero Angélica los mimaba demasiado.

Reconocía que los tiempos eran más difíciles ahora, pero la realidad era sus hijos no parecían esforzarse mucho en la escuela ni en nada. Y ahora, Vicente se sentía atrapado, apoyando a todos como probablemente lo haría hasta el día de su muerte.

Mientras martillaba la madera y le pedía a Jorge que le pasara algunos clavos más, Vicente recordó a Carlitos. Habían pasado años desde la última vez que había pensado en su sobrino. Al principio, la culpa había sido tremenda, pero luego la vida lo distrajo.

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Vicente no tenía idea de por qué había pensado en su sobrino en ese momento, pero esperaba que Carlitos hubiese sido adoptado por una buena familia.

Sorprendentemente, una limusina apareció en su calle y se estacionó justo en frente de su casa. “¡Caramba!”, exclamó Jorge sorprendido.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Vicente entrecerró los ojos y se secó el sudor de la frente mientras se enderezaba. Se preguntó quién estaría dentro de la limusina y por qué estaba en su vecindario. Nunca se veían vehículos así por ahí.

El conductor se bajó y rodeó el lujoso auto para abrir la puerta trasera. Un hombre de negocios con un elegante traje gris y gafas de sol salió. Dio unos pasos hacia su patio y miró a su casa.

Vicente vio que tenía una expresión de tristeza y sintió algo frío en la columna. El tipo de sentimiento que tienes cuando algo malo va a pasar.

“¿Alguien está en problemas? ¿Ese hombre es abogado? ¿Le debo dinero a alguien? ¿Angélica hizo algo?”. Las preguntas pasaron por la mente de Vicente mientras se quitaba los guantes de trabajo y bajaba los escalones del porche.

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“¿Puedo ayudarlo, señor?”, preguntó y sintió a Jorge detrás de él.

El hombre se quedó en silencio por unos momentos mientras lo miraba con el ceño fruncido. Vicente sintió su mirada incluso a través de sus gafas oscuras, y la sensación de pavor aumentó.

Finalmente, el hombre levantó la mano y se quitó las gafas, revelando un rostro que Vicente reconocería en cualquier lugar. Era el rostro de su padre y el rostro de su hermana. Era Carlitos.

“Hola, tío Vicente”, dijo estoicamente el hombre.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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“Carlitos... ¡Qué sorpresa! Qué bueno verte”, dijo Vicente, sintiendo que el sudor corría por su espalda. Se mordió el labio inferior de nuevo ante la incomodidad de ese momento. No tenía idea de qué decirle al niño que había abandonado hace años.

“¿Carlitos?”, preguntó Jorge.

“Él es tu primo. Lo conociste brevemente cuando eras pequeño”, dijo Vicente. Sus hijos no podían recordar a Carlitos porque eran muy pequeños en la época en que ocurrió la tragedia. Eran menores a su sobrino, quien tenía apenas cinco años en ese tiempo.

“Tú debes ser Jorge, ¿verdad?”, dijo Carlitos. Una leve sonrisa se formó en su boca mientras miraba al hijo de Vicente. Sus jeans estaban rotos y sucios por la construcción, y su cabello estaba desordenado. Y Vicente no lucía mucho mejor.

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“¿Quieres entrar por algo de beber?”, ofreció Vicente, y Carlitos inmediatamente negó con la cabeza.

“Gracias, pero esta no es una visita social. Solo necesitaba ver este lugar para dejar atrás el pasado”, comenzó Carlitos, pero se detuvo cuando escucharon que se abría la puerta principal y salían su esposa, su hija y su nieta. “Hmmm. Ahí está la bruja malvada”.

“¿Qué dijiste?”, preguntó Jorge, ofendido.

Carlitos miró a su primo y sonrió. “Me refiero a tu madre. La bruja malvada que le dijo al tío Vicente que se deshiciera de mí hace años cuando mi madre murió. Y el tío Vicente no tuvo el valor para enfrentarse a ella, y por lo que parece, todavía no lo tiene. Es triste”, explicó, dejándolo boquiabierto.

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Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Vicente miró hacia abajo, avergonzado; sabía exactamente por qué había sentido miedo antes. Había hecho algo horrible años atrás, y sentía que de alguna manera tendría que pagar por ello.

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“Oye, no puedes decir eso de mi madre”, se quejó Jorge, enojado.

“Tranquilo”, dijo Carlitos en tono condescendiente. “Me voy de aquí en un minuto. Solo vine para decirle al tío Vicente que, aunque lo que hizo fue una cobardía, tengo mucho que agradecerle”.

“Fui adoptado por los mejores padres del mundo; obtuve una beca universitaria y monté mi propio negocio. Me va muy bien y ahora veo que eso jamás hubiese ocurrido de haberme quedado con ustedes”.

Carlitos giró la cabeza, miró directamente a Vicente y sonrió maliciosamente. Las mujeres se habían acercado y lo habían escuchado todo.

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“¡SAL DE MI PATIO AHORA MISMO!”, comenzó a gritar Angélica, seguido por varios insultos.

La sonrisa de Carlitos estaba grabada en piedra, y Vicente solo podía mirar sus zapatos, ahogándose de vergüenza. Finalmente, el visitante se echó a reír, volvió a ponerse las gafas de sol y se abotonó la elegante chaqueta.

“Adiós, parientes. Espero que tengan una buena vida”, dijo, dándose la vuelta.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Su conductor volvió a abrir la puerta, pero antes de entrar, Carlitos miró a su tío, quien levantó la vista para hacer contacto. Su sobrino volvió a negar con la cabeza y se subió. La limusina se alejó y Vicente escuchó las quejas y ofensas de su familia.

Se dejó caer en los escalones del porche y pensó en su vida, errores, decisiones horribles y, sobre todo, en su falta de valor, como había señalado Carlitos. Sentía vergüenza, pero estaba contento de que a su sobrino le hubiera ido bien en la vida.

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Años más tarde, Vicente finalmente tuvo el coraje de escribirle un correo electrónico a Carlitos después de encontrar el sitio web de su compañía. Se disculpó de corazón y le preguntó sobre su vida.

Carlitos aceptó su disculpa y le contó sobre su negocio, su esposa, sus hijos y sus padres adoptivos. Eventualmente, se encontraron para tomar un café. Vicente le contó a su sobrino historias de su madre que le encantaron.

Tiempo después, Vicente se enfermó y alguien pagó la factura del hospital en forma anónima. Él suponía quién había sido, y pronto, el resto de la familia intuyó la verdad. Aunque sus hijos se mostraron agradecidos, Angélica se enfureció y acusó a Carlitos de presumir su dinero.

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Esa fue la gota que colmó el vaso para Vicente. Hizo las maletas, les dijo a sus hijos que era hora de crecer y ser adultos por fin, y se fue de la ciudad. Carlitos le alquiló un departamento, y pagó unos meses por adelantado para que su tío pudiera comenzar una nueva vida.

Aunque Vicente se comunicaba con sus hijos de vez en cuando, dejó de enviarles dinero, por lo que todos debieron aprender a sobrevivir solos. De alguna manera, su partida fue positiva para la familia, ya que todos se vieron obligados a crecer y madurar.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Tienes que defender lo que crees que es correcto. Vicente debió haberle dicho a su esposa que tenían que quedarse con Carlitos porque él era de la familia, pero le faltó valor y vivió con culpa durante años.

A veces, debes disculpar a quienes te han hecho daño para tener paz en tu vida. Carlitos perdonó a su tío por lo ocurrido después de la muerte de su madre y eventualmente recuperaron la relación.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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