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Niña pequeña abrazando a su hermano. | Foto: Shutterstock
Niña pequeña abrazando a su hermano. | Foto: Shutterstock

Niña vende sus muñecas para pagar la medicación de su hermano, su madre recibe $2 mil y una nota: "Gracias por tus hijos" - Historia del día

Una niña se convirtió en la hermana mayor de su hermano pequeño y decidió dejar de lado su posesión más preciada, sus muñecas, para adquirir sus medicamentos. Pronto, les llegó una ayuda inesperada.

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Mia y Max eran unos ángeles, o así los llamaban sus vecinos. Los hermanos fueron criados por su madre Jennifer después de que su padre se fuera a su morada celestial.

Dado que la madre era una mujer trabajadora que no podía pagar una niñera, sus vecinos cuidaban a los hermanitos en su ausencia, pues les daba gusto hacerlo.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

¿Cómo no hacerlo? Si Mia y Max eran unos niños muy dulces. Ayudaban a los vecinos en el jardín, paseaban a sus perros y llevaban las compras de sus autos a sus hogares. No importaba cuánto se negaran los vecinos, los hermanitos siempre los ayudaban.

“¡Mami dice que siempre debemos ayudar a los que lo necesitan!”, decía Mia, y Max estaba de acuerdo con ella con una amplia sonrisa.

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“¡Porque un poco de ayuda es muy útil!”, agregaba.

Los dos pequeños llenaban todo el vecindario con sus sonrisas contagiosas y risitas tontas. Así fue hasta que Max colapsó en el patio de recreo un día y lo llevaron de urgencia al hospital.

Lamentablemente, resultó que estaba enfermo, muy enfermo y necesitaba medicamentos para seguir adelante.

Jennifer miró el récipe del médico y suspiró. “¡Eso va a costar mucho dinero! ¡Dudo que pueda pagarlos!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Pero como madre, tenía que intentarlo, así que empezó a ahorrar todos los meses para los medicamentos de su hijo, pero nunca era suficiente. Con la hipoteca de la casa, los gastos escolares y las facturas del hospital, le estaba costando mucho ahorrar.

En ese momento, Jennifer comenzó a recortar el dinero de la gasolina e incluso la comida. Caminaba kilómetros todos los días o recurría al autobús local cuando estaba exhausta.

Pero no les decía a sus hijos ni a nadie más que estaba pasando por dificultades. Sufría en silencio.

Una noche, Jennifer llegó a casa, abrió la nevera y empezó a llorar. Solo les quedaba una lata de sopa de tomate, que no sería suficiente para su familia de tres.

Decidió prepararla para sus hijos, pero solo era suficiente para una porción, lo que significaba que Mia o Max dormirían con hambre. Eso rompió a la madre por dentro.

“Soy una madre horrible”, dijo llorando, culpándose a sí misma. “¡Ni siquiera puedo alimentar a mis hijos!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Finalmente, agregó más agua a la sopa, para que hiciera dos porciones, y se la sirvió a sus hijos con galletas saladas.

“Mami”, dijo Mia mientras tomaba la primera cucharada. “¿Se dañó la sopa? ¡Está muy aguada!”.

“Ah, ¿de verdad?”. Jennifer se tragó las lágrimas mientras pretendía probarla. “¡C…creo que accidentalmente agregué más agua! Por favor, cómanse eso hoy, niños. Mami hará algo mejor la próxima vez”.

“¡Relájate, mami!”, dijo la niña sonriendo. “No te preocupes. Trabajas muy duro para mantenernos. ¡No importa si tu sopa no es perfecta! ¿Verdad, Max?”.

El niño asintió. “Me gusta con galletas, mami”, dijo. Y los dos pequeños terminaron su cena con la misma alegría que cualquier otro día.

Tan pronto como se levantaron de la mesa después de comer, Jennifer se echó a llorar. No podía creer que todo había llegado a esto. Tendría que ir de compras y usar el dinero que había reservado para los medicamentos de Max.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Lo siento, niños”, sollozó. “Les prepararé una buena cena. ¡Lamento no poder alimentarlos bien!”.

Al día siguiente, Jennifer salió temprano del bar donde trabajaba como camarera, se detuvo en una tienda de comestibles y compró una bolsa llena de víveres.

Cuando llegó a casa, se sorprendió. Mia estaba sentada en el patio delantero, vendiendo sus muñecas, con un cartel a su lado que decía: “Ayúdennos con los medicamentos de Max”.

“¿Qué es todo esto, cariño?”, preguntó la madre.

“¿Mami?”.

Mia no esperaba que Jennifer regresara tan pronto, ni esperaba que la atraparan vendiendo sus muñecas.

"¿Por qué estás ahí sentada con tus muñecas, mi amor?", le preguntó Jennifer a su hijita.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Para ayudar a Max...”, dijo Mia suavemente. “Sabes que no puedo dejar solo a Max, mami. Te vi llorar tantas veces. Tenía que hacer algo...”.

“Cariño, ¡pero estas son tus muñecas favoritas! ¿Te desharás de ellas?”.

“No me gustan tanto estas muñecas como Max, mami”, dijo Mia con tristeza.

“Quería ayudarte porque lloras y estás triste. No quiero que estés triste, y no quiero que Max se enferme. ¡Ayudémoslo juntas, mami!”.

Jennifer se echó a llorar y abrazó a su hija. “¡Ay, cariño! ¡Mi niña ya no es pequeña! Gracias por tu ayuda, mi amor, pero mami se las arreglará, ¿de acuerdo? No necesitas vender tus juguetes para eso”.

En ese momento, ni Jennifer ni Mia sabían que pronto recibirían una ayuda inesperada.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Cuando la madre revisó su buzón al día siguiente, encontró un sobre con una nota adhesiva. “Gracias por tus hijos”, decía en la parte superior.

Jennifer abrió la solapa y sintió lágrimas calientes rodando por sus mejillas. Dentro del sobre había $2.000 y otra nota.

“Tus hijos han sido un regalo para nosotros. Han ayudado a los demás, así que queremos ayudarlos también. Criaste bien a tus pequeños y debes estar orgullosa de ellos”.

“Por favor, no nos devuelvan este dinero y utilícenlo para comprar el medicamento que necesita tu hijo. No deberíamos entrometernos en tus asuntos innecesariamente, pero si aceptas nuestra ayuda, estaremos agradecidos”.

Jennifer lloró como una niña y abrazó a sus hijos mientras corría dentro de la casa. “Dios nos envió ayuda, niños”, sollozó. “Gracias por ser los mejores niños. ¡Mami los ama demasiado!”.

Una contribución de $2.000 no era muy grande, pero el buen corazón de los vecinos, el corazón bondadoso de Mia por sacrificar sus muñecas, y Max, siendo un niño encantador y colaborador, le valieron a la madre y a sus hijos el amor, la calidez y la ayuda de los vecinos.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Ser hermanos significa estar allí el uno para el otro: Cuando Mia se dio cuenta de que Jennifer no podía pagar los medicamentos de Max, sacrificó sus muñecas favoritas para recaudar dinero para él.

  • A veces, la única forma en que puedes ayudarte es pidiendo ayuda: Jennifer nunca le contó a nadie sobre sus sacrificios, pero los vecinos se enteraron por Mia y decidieron intervenir para ayudarla a ella y a sus hijos.

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Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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