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27 de septiembre de 2021

Mujer se convierte en multimillonaria después de besar a un mendigo - Historia del día

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Desperté junto a un billonario luego de haber besado a un mendigo que encontré desmayado en la calle. Perdí a mi novio por eso, pero fue una decisión que jamás lamentaré.

Pasó cuando tenía 22 años y trabajaba como enfermera. Tenía una vida genial, mi trabajo pagaba bien, tenía buena salud, y por encima de todo, tenía una gran relación con un hombre guapo llamado Ricardo.

La pasábamos muy bien juntos, así que salíamos con frecuencia. Una noche, volvíamos a casa luego de una fascinante velada cuando vi a un pobre hombre sin hogar que colapsó al suelo frente a nosotros.

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Ricardo también lo vio, pero cuando fui a ayudar al hombre, él me jaló por el brazo y me dijo que no me involucrara. "No le prestes atención al mendigo, Vanesa. Podría ser un truco para robarnos", dijo.

"Parece que necesita ayuda", le respondí. "Soy enfermera, mi trabajo es ayudar a la gente, y no creo que esté intentando robarme en plena calle".

Entonces, ignoré a Ricardo y corrí a ayudar al hombre. Revisé sus signos vitales, y me di cuenta de que había sufrido un infarto. Necesitaba resucitación cardiopulmonar urgente, o tendría un paro cardíaco. Comencé las compresiones.

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A medida que mi rostro descendía, oí a Ricardo gritar que me detuviera. "Si tus labios tocan los suyos, nunca te volveré a besar", dijo.

Lo escuché perfectamente, pero no me importó en lo más mínimo. No tenía intención alguna de permitir que ese pobre hombre se muriera frente a mis ojos, así que comencé a darle respiración boca a boca.

Ricardo se molestó mucho. Me gritó varias veces antes de marcharse. Le pedí a alguien que estaba cerca que llamara a una ambulancia, y acompañé al hombre en la ida al hospital.

Resultó ser el mismo hospital donde yo trabajaba. Al llegar al hospital, decidí no abandonar al hombre a su suerte, y me quedé con él para hacerle compañía mientras recibía su tratamiento.

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Luego fui a casa a cambiarme de ropa. Ricardo no estaba por ningún lado, y no me importó mucho sinceramente, porque no tenía ganas de recibir más gritos. Volví al hospital y seguí cuidando del hombre.

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Cuando por fin abrió sus ojos, fui la primera persona a la que vio. Pero en vez de mostrar preocupación por su salud, preguntó por sus pertenencias. Se las llevé, y del bolsillo de su chaqueta, sacó una carta y me rogó que la enviara.

"¿Es a su familia?", le pregunté. "No", me dijo. "Es a una compañía".

Eso fue todo lo que dijo, y no quise meter mi nariz en asuntos ajenos, especialmente porque parecía reacio a discutir el tema. Intenté hablarle de su familia, pero me dijo que no tenía a nadie.

Ya lucía mejor que cuando lo encontré. Era un hombre atractivo, y su nombre era Daniel. Hablamos un buen rato antes de salir del trabajo, y camino a casa, llevé su carta a un buzón de la oficina de correos.

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Ricardo estaba en mi casa, y muy molesto. Recuerdo haber pensado que no debí haberle dado una copia de la llave en el momento exacto en el que lo oí gritar. "¿Dónde has estado todo el día? ¿Con ese vagabundo?", me dijo a gritos.

"Ricardo, sabes que soy enfermera", dije, cansada del drama.

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Lo había llamado varias veces, pero no me devolvió las llamadas. Mantuve mi teléfono siempre cerca de mí, esperando que me llamara, pero no lo hizo. Y ahora estaba aquí, gritándome por no estar presente cuando me vino a buscar.

"¿Por qué rechazaste mis llamadas?", le pregunté. "Eso no tiene nada que ver, Vanesa. Vine a decirte que lo nuestro se acabó", me respondió.

Quedé impactada. Eso no lo había visto venir.

"Terminamos. No puedo estar con una mujer desobediente, que puede andar por ahí intercambiando fluidos con otros hombres, ¡supuestamente para salvarlos!", dijo, y se marchó.

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Lloré el resto de la noche. El día siguiente, mientras hacía mis rondas en el hospital, descubrí que el hombre que salvé se había ido. Otras enfermeras me dijeron que se fue en buenas condiciones, así que no me preocupé al respecto.

Meses después, recibí un enorme ramo de rosas rojas. Vino con una nota escrita a mano.

"Querida Vanesa. Gracias por ayudarme cuando lo necesitaba. Por favor acepta este ramo y acompaña al hombre que lo entregó".

Estaba confundida por el mensaje, pero las otras enfermeras me dijeron que fuera con el hombre, y así lo hice. Subí a su auto, y el hombre condujo hasta un lujoso restaurante donde me topé con Daniel, el supuesto vagabundo.

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Daniel lucía muy diferente, y definitivamente no era ningún vagabundo. Resulta ser que era un científico que había vendido todo lo que tenía en esta vida para intentar desarrollar un medicamento experimental.

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Publicó sus hallazgos en esa carta que me había rogado dejar en un buzón. Gracias a eso, una prestigiosa compañía internacional lo contrató para producir el medicamento en masa.

Su creación le permitió ganar muchísimo dinero, y decidió rastrearme para agradecerme el haberlo ayudado. Dijo que si hubiese perdido su vida ese día, jamás hubiese podido cumplir sus sueños.

Nos quedamos charlando por horas, y fue tan placentero que programamos otro encuentro para el día siguiente. Poco a poco, comenzamos a vernos con regularidad. Tras varios meses, me pidió casarme con él. Sentí que era el destino.

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Lo más increíble es que mi ex se enfermó en cierto punto, y gracias al medicamento de mi prometido, se curó. Eventualmente me rastreó y me rogó que volviera con él. Pero era demasiado tarde. Daniel no solo me había hecho una mujer muy feliz... ¡también me hizo rica!

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Haz el bien, especialmente a quienes no pueden devolver el favor. Vanesa pudo ignorar al hombre como lo hizo Ricardo. No tenía forma de saber que su buena acción la beneficiaría, pero igual no dudó en ayudar a salvar una vida. Gracias a eso, obtuvo una maravillosa pareja.

Evita tomar decisiones que vengan de la ira. Ricardo dejó a Vanesa por la ira que sintió cuando ella no le hizo caso. Tras darse  cuenta de su error, intentó recuperarla, pero era demasiado tarde. Ella lo había superado.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría iluminarles el día, o inspirarlos.

Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, negocios, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o hechos reales es pura coincidencia.

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