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Multimillonario pierde billetera en pueblo pobre y recibe llamada esa noche: "Ven a la calle Roble" - Historia del día

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Un desarrollador urbano adinerado que buscaba la ubicación de un centro comercial perdió su billetera con $8.000 en un vecindario pobre. Él se sorprende cuando recibe una llamada telefónica esa noche.

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David Calderón amaba lo que hacía, pero su trabajo les costaba a muchos sus hogares. Él se estaba preparando para cerrar un trato que conduciría a la demolición de una cuadra de un barrio pobre cerca de la parte más próspera de la ciudad.

El magnate se había estado reuniendo con concejales de la ciudad, arquitectos e inversionistas, y esta sería su última visita antes de firmar el contrato.

Viviendas viejas en un barrio de bajos recursos. | Foto: Shutterstock

Viviendas viejas en un barrio de bajos recursos. | Foto: Shutterstock

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Esa tarde tomaba su decisión final y siempre decidía con un paseo por el barrio que pronto desaparecería. En lugar de ir con su chófer, David se subió a su Ferrari antiguo de 1958.

Le gustaba la belleza y el estilo. Tal vez por eso siempre escogía estos barrios viejos, pobres y deteriorados para reformarlos. David se decía a sí mismo que estaba embelleciendo la ciudad.

Derribaba lo que él consideraba “monstruosidades” y construía edificios de oficinas de gran altura o apartamentos lujosos. O, como en este caso particular, un gran centro comercial que revitalizaría el área y crearía cientos de puestos de trabajo.

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Lo que David nunca se permitía pensar, ni que nadie supiera, era que había crecido en un miserable apartamento de una habitación en un vecindario como este.

Sabía lo que era correr a casa justo antes de la puesta del sol para evitar a los maleantes del barrio. Sabía de los borrachos en las escaleras de los edificios sucios y polvorientos.

David conocía la pobreza de primera mano, y la odiaba, odiaba verla, olerla y escucharla, y por eso dedicó una gran parte de su considerable riqueza a erradicarla del mapa.

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Maqueta con muestras para el desarrollo de edificaciones. | Foto: Unsplash

Maqueta con muestras para el desarrollo de edificaciones. | Foto: Unsplash

Aparcó su automóvil y salió. Caminó por la calle y miró con disgusto los autos oxidados estacionados a los costados de la carretera, algunos con las llantas ponchadas, otros con los parabrisas rotos.

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Vio a una anciana asomarse a la ventana y gritarle a un chico que estaba apoyado contra la cerca fuera de su edificio con su radio a todo volumen.

Había algunos edificios con flores creciendo en los alféizares de las ventanas en las casas de personas que no habían perdido la esperanza. En la esquina de la calle principal había una tienda familiar de comestibles y David entró y compró un refresco.

Los dos ancianos que la regentaban eran amistosos y amables, y los clientes parecían pobres, pero bien vestidos. Pronto, pensó David, todos se mudarían a un lugar mejor, un lugar más limpio.

Regresó a su auto bebiendo su refresco y arrojó la lata vacía a un basurero cercano. Sacó las llaves del vehículo, subió y se fue a su hermosa casa.

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Cuando llegó se dirigió a su habitación con la intención de tomar una ducha para quitarse la suciedad y la mugre. Cuando buscó en su bolsillo su billetera, se dio cuenta de que no estaba. ¿La había dejado en el automóvil?

David bajó al garaje y registró el vehículo. La billetera no estaba. ¿Dónde podría haberla perdido? La había tenido en la tienda de comestibles.

Volante y tablero de un Ferrari. | Foto: Unsplash

Volante y tablero de un Ferrari. | Foto: Unsplash

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David negó con la cabeza, disgustado consigo mismo. ¡Nunca la encontraría! La billetera contenía $8.000 en efectivo, su identificación y varias tarjetas de crédito.

Suponía cómo funcionaban las cosas en ese barrio. Quienquiera que la hubiera encontrado estaría vendiendo la identificación y las tarjetas de crédito, y embolsándose el dinero en efectivo. Fue entonces cuando sonó su celular.

“¿Quién habla?”, dijo el hombre.

“Hola”, dijo una voz joven. “¿Es usted el Sr. David Calderón?”.

“Sí”, dijo David, preguntándose de qué se trataba todo esto.

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“Escuche, tengo su billetera”, dijo la persona. “Venga a la calle Roble en media hora, frente a la tienda de comestibles". Tras eso, la persona colgó la llamada.

David miró el teléfono. ¿Será una trampa? La persona que encontró su teléfono podría intentar robarle...

No le apetecía volver a ese barrio tan tarde. Había crecido en un lugar similar y sabía que a esa hora era cuando salían las ratas a jugar, tanto las humanas como las roedoras. Pero él quería recuperar su billetera...

Una mujer con unos lentes de sol en una tienda de comestibles. | Foto: Unsplash

Una mujer con unos lentes de sol en una tienda de comestibles. | Foto: Unsplash

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Condujo por las calles vacías. No había nadie. ¿Era una trampa? David estacionó su auto frente a la tienda de comestibles que ya había cerrado. La única alma a la vista era una niña parada bajo una de las farolas amarillentas de la calle.

¿Podría ser parte de la trampa? ¿Fue enviada para atraerlo? La niña dio un paso adelante y golpeó la ventanilla del automóvil de David. “¿Eres David?”, preguntó, y el hombre salió del auto de mala gana, teléfono celular en mano, listo para llamar al 911 a la menor señal de problemas.

“Soy David”, dijo. “¿Fuiste tú quien me llamó?”. Mientras hablaba, giró la cabeza, observando las sombras. ¿Estaban el padre o los hermanos de esta niña esperando para abalanzarse y tomar su valioso auto?

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La pequeña que parecía tener unos nueve años sonrió. “¡Sí, tengo su billetera!”. Ella levantó la mano. David tomó la billetera y la abrió. Dentro estaba el fajo de billetes, sus tarjetas de crédito y su identificación.

¡No podía creerlo! ¿Era esto de verdad? “¡Gracias!” dijo David. “¿Quién eres, cómo te llamas?”.

“Soy María”, dijo la niña, con una dulce sonrisa. “Encontré su billetera”.

Un hombre mostrando los bolsillos vacíos de su pantalón. | Foto: Pixabay

Un hombre mostrando los bolsillos vacíos de su pantalón. | Foto: Pixabay

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“María”, David sonrió. “Me gustaría darte una recompensa. ¡Cualquier cosa que quieras!”.

“¡No se preocupe!”, dijo la niña. “No necesito una recompensa, pero sería genial si me diera $5 para mi hermano. Le prometí $5 si me dejaba usar su teléfono”.

David estaba atónito. Esta niña obviamente era pobre y de una familia en apuros y los $8.000 serían una fortuna para ella. Sin embargo, la pequeña le había devuelto la billetera sin tomar un centavo.

Miró alrededor de la calle. “¿Dónde está tu casa, María?”, preguntó. “Te acompañaré hasta allá”.

La niña llevó a David a su vivienda que estaba al otro lado de la calle y le presentó a su abuela, una dulce mujer que inmediatamente comenzó a mimarlo y le dio de cenar.

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Se sentó a la mesa en esa cocina pequeña y ordenada, llena de amor. Allí se dio cuenta de que podía hacer mucho más para embellecer la ciudad.

Él podría estar ayudando a estas personas, invirtiendo en estos vecindarios, en lugar de dejar a muchos de los residentes sin hogar.

Al día siguiente, David llamó a los arquitectos, a los concejales y a los técnicos de la construcción y les planteó un nuevo reto: Transformar el antiguo barrio, volver a convertirlo en un lugar digno y seguro para vivir.

Una niña posando para una fotografía. | Foto: Pixabay

Una niña posando para una fotografía. | Foto: Pixabay

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En cuanto a María, ella, su abuela y su hermano se mudaron a un departamento recién remodelado. David le dio a la abuela un trabajo haciendo comida para su equipo de construcción y creó un fondo fiduciario universitario para la niña.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Es más fácil destruir que traer nueva vida a un barrio viejo. David quería embellecer la ciudad y lo hizo arrasando las zonas más pobres, en lugar de mejorarlas.

Hay cosas buenas en el mundo, si solo te permites verlas. David se sorprendió al encontrar bondad y honestidad en María y su familia, por lo que no pudo quitarles su hogar.

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