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Una anciana solitaria en silla de ruedas | Fuente: Shutterstock
Una anciana solitaria en silla de ruedas | Fuente: Shutterstock

Anciana celebra su cumpleaños 80 sola en geriátrico: ninguno de sus hijos va a visitarla - Historia del día

Mayra Pérez
24 abr 2022
00:00

Una anciana viuda se siente devastada cuando su hijo preferido la deja en un hogar de ancianos, después de que ella le cediera la casa, y no la visita nunca más.

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Los padres suelen decir que quieren a todos sus hijos por igual y que no tienen favoritos, pero no siempre es cierto. En algunas familias, hay un niño o una niña por quien alguno de sus padres tienen debilidad. Ese es el preferido.

Janet Santos siempre había tenido debilidad por su hijo Eduardo. No es que no quisiera a su hija Aminta, en absoluto. Pero ella era una niñita muy seria y madura, a diferencia de su hermano, que era travieso, encantador y adorable.

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Pexels

En su corazón, Janet estaba segura de que Eduardo sentía la misma debilidad por ella. Lamentablemente, estaba equivocada.

Mientras el esposo de Janet, Tobías, estuvo vivo, la dinámica familiar se mantuvo equilibrada. Sí, ella era demasiado indulgente con Eduardo, pero su padre tenía reglas muy estrictas y las hacía respetar.

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Lo que nunca pudo lograr Tobías fue que Janet le diera la misma atención y cuidados a Aminta, pero la niña parecía estar bien con eso. Era muy madura, inteligente, responsable y dentro de todo, lucía feliz.

Cuando Aminta tenía diecisiete años y Eduardo trece, su padre murió en un accidente automovilístico y Janet quedó devastada. Durante semanas estuvo aturdida. Se hundió en un pozo de tristeza.

Su hija tomó las riendas de la situación, y se aseguró de que la vida siguiera encaminada. Organizó el funeral, se puso en contacto con todos sus familiares e incluso eligió la ropa que usaría su padre.

Janet no podía dejar de llorar y se aferraba a Eduardo, mientras le decía que él era todo lo que le quedaba en el mundo.

Cuando finalmente comenzó a reaccionar, la dinámica familiar cambió. Aminta se sumergió en su propio mundo y Janet solo tenía ojos para Eduardo. Proclamaba a toda voz que él era la viva imagen de su padre y que sería un gran hombre.

Aminta fue a la universidad y se convirtió en contadora. Se graduó con honores de una de las mejores universidades de su país.

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

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“¡Bueno, esa es mi Aminta! Estable y confiable, aunque le falta algo de chispa. Esa que le sobra a mi Eduardo”, comentó Janet.

Las cosas llegaron a un punto crítico cuando Eduardo cumplió 18 años y Janet le compró un auto nuevo. Después de que los invitados a la fiesta se fueron a casa, Aminta entró en la habitación de su madre.

“Mamá, ¿recuerdas esto?”, preguntó, al tiempo que le entregaba una vieja caja de regalo.

Janet lo abrió y sacó un suéter tejido a mano en un tono amarillo mostaza muy desagradable. “¿Debería recordarlo?”, preguntó, desconcertada. “¡Honestamente, no tengo idea!”.

“Este fue mi regalo de cumpleaños número 18”, dijo Aminta en voz baja. “Me dijiste que lo elegiste porque se adaptaba a mi complexión, ¿te acuerdas?”.

Janet apartó el suéter. “¡Empezamos de nuevo, Aminta!”, exclamó con tono exasperado. “¡Estás celosa de tu hermano!”, ¡Ya sé todo lo que vas a decir!”.

"Mamá", dijo Aminta, “te escuché hablando con la tía Helga ayer. Le dijiste que pondrías todo a nombre de Eduardo”.

Janet estaba nerviosa. “¡Vaya Aminta, pensé que lo entenderías! Tienes tu título y tu profesión siempre es rentable. Pero Eduardo es más sensible, artístico, y no quiero que el mundo lo presione a cambiar”.

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Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

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Aminta miró a su madre con tristeza. “Eduardo no es quien crees que es, madre. Me temo que tarde o temprano te romperá el corazón”.

“¡No sigas hablando!”, gritó Janet. “¡Ya he tenido suficiente de ti y de tu veneno! ¡Fuera! Eres lo suficientemente mayor como para abrirte camino sola, ¡así que vete de mi casa!”.

Aminta tenía lágrimas en los ojos, pero abrazó a su madre y la besó con ternura. “Siempre te querré madre, recuérdalo”.

Pasarían más de treinta años antes de que Janet volviera a ver a su hija, y no fueron precisamente años fáciles. Eduardo se metía en situaciones problemáticas constantemente, aunque, según su madre, nunca por su culpa.

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El dinero que Tobías y Janet habían ahorrado se fue gastando poco a poco hasta que todo lo que le quedó a la abnegada madre fue su pensión y su casa.

La casa había estado a nombre de Eduardo desde que cumplió 18 años. Sin embargo, solo podría venderla a la muerte de Janet o con su consentimiento.

Eduardo se casó, se divorció y se volvió a casar varias veces, y entre matrimonios volvía a vivir con su madre. Ella lo recibía con los brazos abiertos y seguía protegiéndolo. Veía en él a su amado esposo y creía que su hijo tenía lo mejor de él.

La realidad era que aunque físicamente se le parecía mucho, Eduardo no tenía el buen carácter ni el corazón amoroso y generoso de Tobías. Cuando Janet cumplió 78, él comenzó a presionarla para que se mudara a una casa de retiro.

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Pexels

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“No, Eduardo”, dijo la anciana. “Esta es mi casa. ¡Y es aquí donde quiero morir!”.

“En realidad, es MI casa”, espetó Eduardo en un tono desagradable. “Y ya es hora de que haga valer mis derechos”.

“¡No puedes, no sin mi aprobación!”, dijo Janet.

“Vamos, mamá”, suspiró Eduardo. “No voy a discutir contigo... Sabes que Betty y yo queremos casarnos. No quería decírtelo, pero ella está embarazada. Quiero criar a mi hijo en el hogar en el que crecí…”.

Y así, Eduardo logró convencer a Janet. Con algunas dudas en su corazón, firmó el consentimiento y se mudó a la casa de retiro. “¡Mamá, estaré aquí la próxima semana para llevarte a almorzar!”, le prometió su hijo con una sonrisa.

Pero llegó el domingo, y Eduardo no apareció. Tampoco el próximo, ni el siguiente... Nunca volvió a contestar las llamadas de su madre. Pasaron dos años y Janet veía como los demás residentes recibían familiares y amigos, mientras ella estaba sola.

Una semana antes de cumplir 80 años, Janet decidió borrar todos los recuerdos que tenía guardados.

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“¡No quiero esos recuerdos!”, le gritó al camillero que la estaba ayudando. “¡Tíralo todo!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

El joven estaba apilando cajas de álbumes para llevarse y de repente Janet vio algo debajo de la cama. Era una vieja caja de regalo, y en su interior estaba el feo suéter amarillo mostaza.

“¡Aminta!”, susurró Janet con nostalgia y recogió la prenda con ternura en sus brazos.

Recordó su última conversación con Aminta y su advertencia sobre Eduardo. A lo largo de los días más difíciles de su vida, su hija se había mantenido a su lado, brindándole su fuerza tranquila.

“¿Y qué hice por ti?”, sollozó Janet. “¡Estaba tan equivocada! ¡Mi niña, no te amé lo suficiente! ¡Y siempre tuviste la razón!”. Esa noche, no logró conciliar el sueño. Siguió repasando el pasado, y llorando con cada error que sentía que había cometido.

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A medida que se acercaba el cumpleaños de Janet, el personal de la casa de retiro se preocupaba más. Ella no era la misma de siempre y parecía haberse hundido en la depresión. Pensaban que si su hijo la visitaba, ella se animaría.

Entre todos le organizaron una fiesta, pero Eduardo no la visitó, ni la llamó, ni le envió flores. Ella se sentó en un rincón de la sala social y derramó algunas lágrimas.

“¿Mamá?”, dijo una amada voz familiar. “¡Feliz cumpleaños!”.

Janet miró hacia arriba y vio los ojos amorosos de su hija. “¿Aminta?”, preguntó en un hilo de voz. “¿Eres realmente tú?”. Empezó a temblar y llorar, y Aminta la abrazó con ternura.

Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

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“Por favor, no llores, mamá”, susurró Aminta. “Perdóname por haberme alejado por tanto tiempo…”.

“¿Que te perdone?”, sollozó Janet. “¡Oh, Aminta! Es tanto lo que debes perdonarme tú a mí. Yo estaba tan equivocada y tú tenías razón. ¡Pero te quiero, hija, te quiero mucho!”.

“Lo sé, mamá”, dijo Aminta. “Hay alguien a quien quiero que conozcas…”. Con un gesto, llamó a una chica alta y esbelta para que se acercara. “¡Mamá, esta es Janet, tu nieta!”.

Janet estaba llorando tan fuerte que Aminta se preocupó por un momento. Pero la anciana necesitaba dejar salir décadas de frustración y culpa que había acumulado.

Más tarde, Aminta le explicó que se había encontrado con un viejo vecino y él le había contado lo que le había hecho Eduardo. También le dijo que había vendido la casa, se había gastado todo el dinero... y nunca hubo un bebé en camino.

¡Todo había sido una estafa! “No podía dejarte aquí sola, mamá”, dijo Aminta. “Quiero que vengas a casa conmigo. Déjame cuidarte, como te mereces”.

Janet estaba encantada y llegó a conocer y amar como nunca antes a Aminta. Descubrió que ella sí tenía el buen carácter y el corazón amoroso de su amado Tobías.

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Imagen con fines ilustrativos. | Fuente: Unsplash

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Es importante darle a todos los hijos una crianza basada en la igualdad de derechos y obligaciones. Resulta inevitable que los padres tengan una relación más armoniosa o conflictiva con algún hijo, pero es esencial esforzarse por no hacer diferencias entre ellos.
  • Un buen hijo estará allí para sus padres en su hora de necesidad. Aminta corrió en ayuda de Janet tan pronto como supo que había sido abandonada en un hogar de ancianos por su hermano, y la acompañó en sus últimos años de vida.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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