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En su cumpleaños 32, mujer encuentra a un bebé recién nacido en la puerta con una nota: "Este es tu nieto" - Historia del día

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Una exitosa mujer de 32 años encontró a un recién nacido en la puerta de su casa y se dio cuenta de que era el bebé de la hija que había descuidado cuando era adolescente.

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¿Crees que estamos condenados a repetir los errores de nuestros padres? ¿Es la vida un círculo vicioso de causa y efecto que conduce a la miseria y la infelicidad? ¿O tenemos una opción para romper el patrón y enmendar las cosas?

Carla Ortega era dueña de un negocio exitoso. Ella hacía lo que quería, cuando quería, y nadie la contradecía. Su pasado era sombrío, aunque decidió dejar atrás sus errores.

Una mujer elegante mirando hacia un lado frente a una computadora portátil. | Foto: Unsplash

Una mujer elegante mirando hacia un lado frente a una computadora portátil. | Foto: Unsplash

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Pero estaba equivocada. Estaba a punto de presenciar una consecuencia de la tragedia de su vida. Todo comenzó cuando encontró un bebé en la puerta de su casa en su trigésimo segundo cumpleaños.

Carla contuvo la respiración. Había un moisés en el umbral de su puerta y vio dos manos pequeñas moviéndose en el aire. Se arrodilló junto al moisés y miró dentro.

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Los grandes ojos azules de un recién nacido se encontraron con los suyos, y sus labios rosados se separaron para dar paso a un bostezo. Carla vio que había una nota en la manta azul pálido.

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Cogió el papel y lo desdobló. “Querida mama”, leyó. “Esta es tu nieto. Espero que puedas ser mejor abuela de lo que fuiste madre”.

El papel se arrugó entre las manos de la mujer. “¡Jenny!”, susurró. “¡Ay, no!”.

Un bebé recién nacido envuelto en mantas. | Foto: Unsplash

Un bebé recién nacido envuelto en mantas. | Foto: Unsplash

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Carla tenía quince años cuando supo que estaba embarazada. En aquel entonces, ella decidió ocultar su condición a todos. Solía usar fajas para disimular su panza en crecimiento.

A su madre le gustaba beber, por lo que no había notado los cambios en su hija. Una tarde, una semana después de su decimosexto cumpleaños, la joven colapsó en la escuela y horas después dio a luz a Jenny.

Ella no estaba preparada para la maternidad y su madre no había podido ayudarla. La pequeña recién nacida frecuentemente estaba sucia, hambrienta y desatendida.

Un día, los trabajadores sociales que la visitaban a menudo habían encontrado a la bebé con un pañal sucio y un sarpullido crónico. Su abuela dormía ebria en el sofá.

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Por su parte, Carla estaba decidida a terminar la escuela secundaria, a pesar de tener una hija. Todas las dificultades que encontraba al respecto eran superadas.

Una mujer cubriendo su rostro con sus manos. | Foto: Unsplash

Una mujer cubriendo su rostro con sus manos. | Foto: Unsplash

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Era una joven resuelta y terminó graduándose como la mejor de su clase. Con sus calificaciones, una beca en la universidad local era una apuesta segura.

Mientras tanto, Jenny estaba creciendo, mayormente sola y sin amor. A medida que maduraba, Carla se decía a sí misma que se estaba convirtiendo en una mejor madre.

Pero no era así. Aunque su situación financiera iba mejorando y le compraba a Jenny todo lo que quería, no le dedicaba tiempo a su hija. La mujer no tardó en contratar a una niñera interna que también cuidaba a su mamá enferma.

Lamentablemente, la señora murió cuando Jenny tenía trece años. Fue entonces cuando la niña empezó a enloquecer. Carla se sorprendió al descubrir que su hija era sexualmente activa y tomaba la píldora.

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La orientadora de la escuela le había dicho a la madre que creía que Jenny buscaba desesperadamente amor, cualquier tipo de amor, o una imitación cercana.

Una niña pequeña con sus manos sobre sus mejillas. | Foto: Unsplash

Una niña pequeña con sus manos sobre sus mejillas. | Foto: Unsplash

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A los catorce años, la adolescente estaba saliendo con un chico mayor, un joven universitario. Al enterarse de esto, Carla se enojó. Amenazó con hacer que arrestaran al chico. Dos días después, cuando llegó a casa, Jenny ya no estaba.

La tía de Carla, María, trató de brindarle a su sobrina todo el consuelo que podía. Ella era madre de dos hijos propios, mayores que su sobrina, y abuela de un grupo de nietos adolescentes.

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“Ella volverá”, le dijo María a su sobrina con delicadeza. “Solo se está rebelando. Se le pasará”. Pero la prueba de que no había pasado, y nunca pasaría, estaba justo frente a Carla en un moisés.

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La mujer llevó al bebé adentro y llamó a su tía. “Te necesito”, le dijo a María. Luego colgó el teléfono y miró al pequeño. En ese momento notó que no tenía facilidad con los niños.

Apenas recordaba cómo arreglar un biberón o cambiar un pañal, pero como el bebé seguía llorando, Carla lo cargó y comenzó a mecerlo. El pequeño se calmó y comenzó a chuparse los puños.

Una adolescente junto a un muro con graffiti. | Foto: Unsplash

Una adolescente junto a un muro con graffiti. | Foto: Unsplash

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“¡Se supone que no debes poner toda tu mano en tu boca!”, le dijo Carla a su nieto. “Es de mala educación...”. Continuó meciéndolo y tarareando. Cuando María llegó, el niño estaba dormido.

La mujer llegó con un suministro de fórmula, pañales y miles de cosas que Carla no sabía que los bebés no podían necesitar. “¿Qué pasa con Jenny?”, preguntó su tía en voz baja. “¿Sabes dónde está?”.

Carla negó con tristeza. “No”, dijo ella. “Una de sus amigas dijo que preguntaría y me avisaría”.

La amiga cumplió su palabra y Carla recibió un mensaje de texto. En este indicaba que su hija no estaba viviendo con su novio. Resulta que Jenny dormía en una camioneta vieja en un estacionamiento abandonado.

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La madre condujo hasta el estacionamiento y miró a su alrededor hasta que vio una camioneta vieja y oxidada. Sentada a su lado estaba Jenny. Parecía delgada y enfermiza, con sombras oscuras debajo de los ojos.

“Hija”, dijo Carla. “Por favor ven a casa”.

Una vieja furgoneta estacionada. | Foto: Unsplash

Una vieja furgoneta estacionada. | Foto: Unsplash

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“¿Por qué?”, preguntó la joven con amargura. “¿Para qué siquiera me lo pides? ¡Nunca me quisiste!”.

Carla respiró hondo. “La verdad es que…”, dijo. “Cuando naciste yo era demasiado joven, demasiado. Cometí muchos errores, pero te lo ruego, Jenny... No cometas los mismos errores que yo cometí”.

“Ven a casa conmigo. Cuidaremos a tu bebé, y aprenderemos a ser buenas madres juntas”.

“¡Pero si tú no sabes nada sobre eso!”, espetó la chica.

“Eso es cierto”, admitió Carla. “Pero la tía María sí sabe, y está dispuesta a ayudarnos”.

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La mujer llevó a su hija a casa y, con la ayuda de su tía, aprendieron a convertirse en una familia amorosa. Como Carla había señalado, nunca es demasiado tarde para aprender a ser una buena madre.

Una madre sonriendo junto a su hija adolescente. | Foto: Unsplash

Una madre sonriendo junto a su hija adolescente. | Foto: Unsplash

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Los errores de nuestro pasado pueden volver para atormentarnos. Carla era demasiado joven cuando tuvo a Jenny, por lo que no fue la madre solidaria que debería haber sido. Eso llevó a su hija a cometer el mismo error.

Ama a tus hijos. Son el regalo más grande. Carla y Jenny reconstruyeron su relación y aprendieron juntas a ser madres amorosas y solidarias.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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