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Joven conserje se convierte en el único cuidador de 17 ancianos después de que su hogar quedara en ruinas - Historia del día

Mayra Pérez
26 ago 2022
08:55
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Cuando diecisiete ancianos se quedaron varados en un geriátrico en ruinas, Miguel se mantuvo a su lado en lugar de abandonarlos como todos los demás. Y ellos encontraron la mejor manera de mostrar su agradecimiento.

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Miguel a menudo soñaba con el día en que todos lo llamarían “Dr. Miguel Rodríguez”. Pero por ahora, se referían a él como “conserje Miguel”.

El chico de 24 años había conseguido recientemente un trabajo como conserje en un centro de atención para personas mayores. Trabajaba turnos de 12 horas y eso le dejaba poco tiempo para los estudios.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Sin embargo, se esforzaba muchísimo, y cada vez que podía estudiaba con ahínco para los exámenes de ingreso a la escuela de medicina.

Las instalaciones del ancianato no eran un gran lugar. Era un antiguo edificio de dos plantas construido a mediados del siglo pasado, que estaba ubicado en las afueras de la ciudad. Resultaba costoso de mantener.

A Miguel y al resto del personal de limpieza se les habían asignado habitaciones pequeñas como alojamiento, con paredes muy deterioradas y una pequeña cocina compartida.

Sin embargo, ese viejo lugar era el hogar de Miguel. Había conseguido ese trabajo después de enfrentar muchos desafíos y le permitía ser el sostén de su familia.

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“Algún día me convertiré en médico, mamá. Todos nuestros problemas terminarán y viviremos una vida cómoda y con todo lo necesario.

El chico, que aspiraba a convertirse en un investigador médico, pasaba sus días trapeando pisos y limpiando baños. Pero Miguel estaba agradecido y feliz con lo que hacía.

Además de cumplir con sus deberes de limpieza, estaba pendiente del cuidado de los residentes. Solía ofrecerse como voluntario, y acompañaba al médico en las rondas diarias.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Los 48 adultos mayores que hacían vida en el centro apreciaban su dedicación, y lo trataban como a un hijo. Eso le facilitaba a Miguel su estancia en el lugar, a pesar de las duras jornadas.

En los pocos meses que tenía trabajando allí, él trajo risas, música y juegos a la vida de los ancianos. Pasaba tiempo con ellos, escuchaba sus historias y los acompañaba en sus paseos por los jardines.

Toda esa felicidad se detuvo cuando ocurrió una tragedia inesperada en una noche particularmente tormentosa. En medio de un corte de energía, se escuchó un fuerte estruendo.

Una parte del techo del edificio se derrumbó. Hubo pánico en las instalaciones, y el personal, incluido Miguel, se apresuró a ver si alguien estaba herido. Todos estaban bien en la planta baja, pero en el segundo piso dos ancianos resultaron lesionados.

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A la mañana siguiente, se esperaba que el propietario de la instalación los visitara y evaluara los daños. Varios residentes y sus familiares le habían advertido al hombre sobre la estructura antigua, pero él los había ignorado y se negó a renovar el edificio.

El personal y los residentes esperaron, pero nadie apareció. En las próximas horas, todos estaban muy frustrados, así que la mayoría de los empleados recogieron sus pertenencias y se marcharon.

“Nos negamos a poner nuestras vidas en peligro nunca más. Miguel, tú también deberías irte. Este lugar no vale la pena”, dijeron sus colegas.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Al igual que el personal, varios residentes también decidieron marcharse. Sus familiares habían llegado hasta las instalaciones para recogerlos, luego de saber lo ocurrido.

“Al menos estarán con sus familias”, pensó Miguel, mientras se despedía con lágrimas en los ojos de los viejos rostros familiares.

El sol comenzaba a ocultarse y las nubes presagiaban otra noche angustiosa. Miguel pensó en su familia, y los imaginó pidiéndole que abandonara las instalaciones y se fuera a un lugar más seguro.

Pero en su corazón, sabía que su lugar estaba allí y que al menos su madre lo entendería y apoyaría en su decisión. Algunos residentes no tenían a dónde ir y él no podía abandonarlos. Conocía sus nombres y sus historias.

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Trató de comunicarse con las autoridades locales y pedir ayuda, pero el clima violento y el apagón lo hicieron imposible. Al final del día, era solo él con diecisiete ancianos en el edificio abandonado.

En cualquier día normal, todos estarían disfrutando de una cena sencilla a esa hora. Miguel fue rápidamente a la cocina y preparó sopa, ensalada y arroz para los residentes.

Pasó el resto de la noche alimentando a los ancianos postrados en cama y cambiando pañales. Luego, los ayudó a conciliar el sueño en esa difícil noche.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Así, pasaron dos días. El tercer día, el sol volvió a brillar. Tan pronto como se restablecieron las comunicaciones, Miguel pidió ayuda. Unas horas después, escuchó que alguien tocaba la puerta principal del edificio. Había llegado un equipo de bomberos y otros funcionarios.

Se sorprendieron al saber que un joven de 24 años había estado cuidando a diecisiete ancianos residentes sin ayuda. El equipo de respuesta llevó a los residentes a un lugar seguro y, justo antes de irse, uno de los bomberos le preguntó a Miguel:

“¿Qué te hizo quedarte, joven? ¿Nunca tuviste ganas de irte?”.

Miguel estaba exhausto, pero había amabilidad en su voz cuando respondió: “No, en realidad nunca consideré irme. ¿Qué pasaría si fueran mis padres o mis abuelos? No me gustaría que los abandonaran durante una crisis como esta”.

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“Es posible que no fueran de mi sangre, pero son los padres y abuelos de alguien. Esa era una razón suficiente para quedarme”, explicó.

Ahora, el joven tenía que empezar de nuevo, dando entrevistas y buscando trabajo, mientras se esforzaba en encontrar un lugar donde vivir. Estaba a pocos días de rendir el examen de ingreso.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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Llamó a su madre, cuya voz calmó la preocupación y la ansiedad que sentía.

“Hijo, estoy muy orgullosa de ti. Hiciste lo correcto. Todo estará bien, ya verás”.

Miguel realmente necesitaba escuchar esas palabras. Recordó las sonrisas de agradecimiento y los abrazos de sus diecisiete viejos amigos. Eso le dio la fuerza y la seguridad de que lograría su sueño.

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Un mes después, Miguel se enteró de que había aprobado los exámenes. Deseaba poder ir a casa y celebrar con su familia, pero su nuevo trabajo en el café local era muy exigente y no tenía dinero ahorrado para el viaje.

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“¡Mis viejos amigos del centro estarían tan felices por mí!”, pensó. “¡Ojalá pudiera decírselo a cada uno de ellos!”.

Miguel estaba perdido en sus pensamientos cuando el gerente lo llamó y le entregó una nota. Sin tener idea de quién la había enviado, abrió la carta. Con cada frase que leía, se llenaban más y más de felicidad.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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“Querido Miguel,

Esta nota es un fuerte abrazo y un beso de cada uno de nosotros. Nos enteramos de que aprobaste tus exámenes y nuestros corazones están rebosantes de felicidad.

Estás destinado a grandes cosas, hijo. Y tienes todo nuestro amor y bendiciones.

Considera esto como un pequeño regalo de gratitud por el amor que nos demostraste cuando nadie más lo hizo. No es mucho, pero debería alcanzarte para un hermoso apartamento nuevo, la matrícula del primer año de la universidad y el boleto de avión para ir a ver a su familia.

Te amamos. Queremos verte. Nuestras direcciones se encuentran al dorso de esta carta. Aún tenemos muchas historias emocionantes y nuevos chismes para compartir contigo.

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Te queremos hijo. ¡Esperamos verte pronto!

Un abrazo grande

Tus viejos amigos del Centro”.

Miguel vio la cantidad en el cheque y su corazón dio un vuelco. De hecho, era dinero más que suficiente para ingresar a la mejor escuela de medicina de la ciudad. Se quitó el delantal, salió del café y fue al encuentro con su destino.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Getty Images

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Haz lo correcto, incluso cuando sea una elección difícil. Miguel podría haber abandonado a los residentes como lo hizo el resto del personal. Pero lo necesitaban y optó por escuchar su instinto. No fue una decisión fácil, pero marcó una gran diferencia en la vida de diecisiete ancianos.

Trata a los ancianos con amor y respeto. Aunque no sean tu familia, han vivido una vida larga y tal vez desafiante. Tus pequeños actos de bondad pueden significar mucho para ellos.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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