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Mujer con niño en brazos sentados en el piso de una estación | Foto: Getty Images
Fuente: Mujer con niño en brazos sentados en el piso de una estación | Foto: Getty Images

Madre soltera canta en el metro para alimentar a hijo enfermo: empresario oye su canción y se arrodilla llorando - Historia del día

Mayra Pérez
05 oct 2022
18:40
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Una madre pobre, que lucha por alimentar a su pequeño hijo enfermo, canta una canción a cambio de una limosna en una estación de metro. Un día, un hombre rico reconoce la letra y se arrodilla ante ella, llorando por la culpa y la tristeza.

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Raquel se sentó en la plataforma del metro y vio a la gente pasar junto a ella, mientras se ocupaban de sus propios asuntos. El próximo tren llegaría en unos minutos y la voz de su hijo llamó su atención.

“Mami, tengo hambre y me duele la pierna”, dijo la voz frágil y desesperada de Daniel, su hijo enfermo de cinco años, que estaba acostado en su regazo.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Unsplash

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Raquel se había quedado sin dinero, y debía buscar cómo pagar la próxima comida. Ubicó una taza vacía frente a ella y comenzó a cantar una canción que significaba mucho para ella.

Las personas que escuchaban su dulce voz parecían ajenas a su dolor. La mayoría estaban ocupados con sus teléfonos, algunos buscando una moneda o dos para tirar en su taza, y otros ni siquiera se molestaban en mirar.

Raquel trataba de mantenerse serena. Ella solo necesitaba una colaboración a cambio de una canción que conocía de toda su vida. Miró el suelo sucio donde estaban sentados, respiró hondo y siguió cantando la misma melodía con la que su pequeño hijo se dormía cada noche.

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“Dios, por favor ayúdame a superar mis luchas. Haz que estas personas me den una moneda cada una, para comprarle comida y medicinas a mi hijo”, pensó mientras cantaba.

Unos minutos más tarde, Raquel escuchó que arrojaban algunas monedas en su taza. Ella no sonreía, solo levantaba la vista para agradecer. Era apenas otra persona sin hogar, con un niño, que intentaba ganarse la vida.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pixabay

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Pasaron varios minutos mientras Raquel seguía cantando la canción una y otra vez. Al principio, todo era igual. Llegaba el tren y la gente se subía a él mientras unos cuantos se bajaban y se dirigían a la salida principal.

Raquel se tomó un pequeño descanso para ver si su hijo estaba bien. “Daniel, cariño, solo unos minutos más. Y luego nos vamos de aquí, ¿de acuerdo?”.

Daniel afirmó con su cabeza. Tenía hambre y dolor debido a su pierna lesionada. Dos días atrás había sufrido una terrible caída mientras jugaba. Estaba en el mismo estacionamiento donde madre e hijo solían dormir sobre una pila de cartones viejos recogidos del contenedor de basura.

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El tren aceleró más allá de la plataforma, trayendo a Raquel al presente. Tosió, ajustó su voz y comenzó a cantar la melodía de nuevo. Pero esta vez, un hombre que acababa de bajarse en la estación se sintió inquietantemente atraído por su voz y la letra.

Era Jeremías, de 27 años, quien, por esos giros del destino, se había visto obligado a utilizar el trasporte público ese día.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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“Esa canción la he escuchado antes. ¿Pero quién la canta? ¿Y cómo sabe la letra que solo mi abuela, mi hermana y yo sabíamos?”, se preguntó, acercándose al lugar donde estaba Raquel.

Cuando Jeremías llegó frente a Raquel, las lágrimas brotaron lentamente de sus ojos. La joven madre estaba inmersa en su dulce melodía cuando la larga sombra de un hombre cayó sobre ella, distrayéndola.

“¡Oh, Dios mío! Raquel, ¿eres tú?”, sollozó Jeremías cayendo de rodillas. “Por favor, mírame, soy yo, tu hermano. Soy Jeremías”.

El corazón de Raquel comenzó a latir más rápido. Todo el recuerdo de su doloroso pasado volvió rápidamente.

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“¿Hermano? Dios mío, Jeremías, ¿eres tú?”, preguntó llorando.

Los hermanos se miraron entre lágrimas. Era inevitable para ambos recordar lo ocurrido 18 años atrás.

Cuando Jeremías y Raquel eran pequeños, perdieron a sus padres en un accidente automovilístico. Se mudaron con su abuela, Alice, quien los acogió amorosamente. Ella era todo lo que tenían.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Cada vez que los hermanos estaban deprimidos pensando en sus padres, ella les cantaba una hermosa melodía para consolarlos. “Canten esta canción cada vez que su corazón les duela. Y se sentirán mucho mejor”, solía decir, acunando a Jeremías y Raquel en sus brazos.

La familia estaba feliz con lo poco que tenían, hasta el día en que Alice murió de un ataque al corazón. Su pérdida fue insoportable, y los niños fueron enviados a un refugio infantil. Fue allí donde la vida los separó.

Una pareja adinerada adoptó a Jeremías, mientras que todos ignoraron a Raquel. Nadie la quería porque cojeaba. Solo veían su problema físico, no su anhelo de amor y cuidados.

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Raquel estaba destrozada, pero se sintió esperanzada cuando Jeremías le hizo una promesa desde el fondo de su corazón.

“Prometo volver por ti, hermanita. Mantente fuerte y espérame. Vendré y te llevaré conmigo”, prometió Jeremías, de nueve años, antes de despedirse con dolor. Ese fatídico día fue la última vez que Raquel lo vio. Él nunca pudo volver por ella.

Aunque durante muchos días le suplicó a sus nuevos padres que adoptaran a su hermanita, poco a poco fue aceptando que eso no ocurriría. Con el paso del tiempo la fue olvidando, a ella y a la promesa que le había hecho.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Unsplash

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Una parte de él confiaba que, tal y como le repetían sus nuevos padres, alguien la adoptaría, y ella estaría tan bien como lo estaba él. Pero el destino tenía reservado algo diferente para Raquel.

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Apenas se pudo mudar del refugio tras cumplir 18 años. Se enamoró del primer chico que conoció y soñaba con formar una familia con él. Ella era joven, hermosa y estaba loca por él. Se sentía llena de confianza por un futuro juntos y creía que serían muy felices.

Estaba equivocada. Los sueños de Raquel terminaron el día que su novio la dejó cuando reveló su embarazo. A pesar de tener el corazón roto, supo que debía vivir por su bebé.

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Nunca pudo encontrar trabajo porque nadie estaba dispuesto a contratarla sin experiencia previa, embarazada y con una discapacidad. Sin embargo, todo el dolor se esfumó cuando tuvo a Daniel en sus manos por primera vez.

No tenía hogar, pero sabía que haría lo necesario para alimentar y cuidar a su bebé. Con todo el coraje que pudo reunir, Raquel fue diariamente a varias estaciones de metro y se dedicó a cantar la canción que su abuela le había enseñado a cambio de limosnas.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Unsplash

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“Y esto es lo que he estado haciendo para criar a mi hijo”, lloró. La conciencia llena de culpa de Jeremías comenzó a atormentarlo y no tenía respuesta.

El joven, que ahora era un rico empresario, hizo lo impensable ante la mirada de los espectadores.

“Hermana, lo siento. Sé que es una palabra pequeña en comparación con las luchas que soportaste. Pero prometo mejorar tus días a partir de ahora”, dijo, tomando en sus brazos a su sobrino enfermo.

Raquel se sorprendió y se levantó, luchando por mantener el equilibrio debido a la cojera. Jeremías puso su brazo sobre sus hombros y le dijo: “¡Vamos a casa, hermana!”.

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Cálidas lágrimas rodaron por los ojos de Raquel. Por primera vez en años, lloraba de alegría y sintió brincar su corazón al sentir el calor de su hermano.

Ese día, Jeremías y Raquel se reencontraron después de 18 terribles años de separación. Además de darles cobijo en su lujosa casa, pagó el tratamiento de su sobrino e hizo lo necesario para que su hermana pudiera salir adelante con su hijo.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Los hermanos deberían ser adoptados juntos. Cuando una pareja adinerada adoptó a Jeremías, él le prometió a su hermana Raquel que volvería por ella. Pero era solo un niño, y ya de adulto olvidó su promesa. La vio 18 años después mendigando en la estación de metro.

Cada día renacen las esperanzas de una vida mejor. A pesar de sus tiempos difíciles, Raquel siempre rezó por un cambio en su vida. Su oración fue respondida cuando su hermano la reconoció y pudo rescatarla de una vida en las calles.

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