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Hombre mayor mira a traves de una ventana | Foto: Shutterstock
Fuente: Hombre mayor mira a traves de una ventana | Foto: Shutterstock

Pasé mi cumpleaños 75 solo en un hogar de ancianos: 2 hijos y 4 nietos de los que no sabía nada me visitaron - Historia del día

Mayra Pérez
25 oct 2022
11:00

Un hombre celebró su cumpleaños número 75 en un hogar de ancianos, completamente solo. Para su sorpresa, un grupo de seis personas aparecieron afirmando ser sus hijos y nietos de los que nunca había sabido.

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Es difícil cuando la vida no va de acuerdo al plan. Renuncié a la alegría hace muchos años, y en algún momento me resigné a vivir en relativa soledad.

A los seis años, mi padre murió de un infarto repentino. A los 16, mi madre murió en un accidente automovilístico y me enviaron a vivir con mi abuela, Ana Julia. Era la mejor mujer del mundo y, a veces, creo que fue la última persona que me amó realmente.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Lamentablemente, falleció cuando yo estaba en segundo año de universidad. Estuve solo hasta que conocí a Catherine. Ella era tan bella, tan cálida, tan amorosa; pensé que era el amor de mi vida.

Planeaba proponerle matrimonio antes de la graduación, pero solo un mes antes de la ceremonia, me dejó por nuestro compañero de clase Adán.

Hasta el día de hoy, no tengo idea de por qué hizo eso. Ni siquiera sabía que me había estado engañando con él. Pero Adán provenía de una familia rica y, en retrospectiva, sabía que a Catherine le importaba el dinero.

Traté de seguir adelante. Conocí a Penélope unos años después y nos casamos. Nunca la amé como a Catherine. Lo sabía en el fondo. Pero ella era bonita, y nuestra relación era estable.

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Tuvimos dos hijos, Dalia y Lena. Eran la luz de mi vida, y quería el mundo para ellas. Empecé a trabajar turnos dobles y cada trabajo extra que podía conseguir para sus fondos universitarios. Quería que tuvieran el futuro más brillante.

Desafortunadamente, mis elecciones me llevaron a perderme muchos de sus eventos en la vida. No tenía idea de que estaban resentidas conmigo, y Penélope alimentó esa animosidad. Finalmente, solicitó el divorcio y se llevó a las niñas con ella.

No querían tener nada que ver conmigo porque aparentemente yo era “un extraño para ellas”. Me culpé por eso, y nunca les guardé rencor, aunque en días como hoy deseaba que llamaran o me visitaran.

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Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Durante el divorcio, Penélope me quitó todo. Tuve que vender la casa de mi abuela y ella se quedó con la mitad. También tuve que pagar la manutención de las niñas y la pensión alimenticia.

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Todo mi dinero fue para ellas y apenas lograba mantenerme con el resto. Vivía en un apartamento pequeño y triste y no tenía vida social. Fue el momento más oscuro de mi vida, pero también me hizo ver que no podía depender de nadie. Estaba solo en esta vida.

Todos los que amaba habían muerto o me abandonaron, y encontré paz con ese pensamiento. Continué trabajando y viviendo solo el resto de mis días.

Penélope se volvió a casar y no tuve que seguir pagando la pensión alimenticia. Cuando las niñas cumplieron 18 años, tampoco tuve que seguir pagando por su manutención. Tenían un fondo universitario más que suficientes para garantizarles un gran futuro.

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Nunca me invitaron a graduaciones, cumpleaños, bodas o el nacimiento de mis nietos. No existía para ellas, y acepté esa situación sin hacer nada al respecto.

Seguí trabajando, ahorré todo lo que pude y cuando me jubilé me ​​mudé a un hogar de ancianos. Aquí, encontré algunos residentes con los que podía jugar a las cartas por las tardes, y el personal siempre fue cordial.

Sabía que al menos alguien me cuidaría cuando fuera demasiado mayor para hacerlo solo. Pero ahora, en mi 75° cumpleaños, todo en lo que podía pensar era en mis errores.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Estaba en paz, pero la idea del “y si” pasaba por mi mente a menudo. El personal había traído un pastel y me cantó feliz cumpleaños, pero tuvieron que seguir trabajando. Yo me quedé solo, como siempre.

De repente, alguien llamó a la puerta. Pensé que debía ser uno de los empleados que venía a llevarse el pastel. “Adelante”, dije y abrí el libro que había estado leyendo.

“Hola”, dijo una voz extraña. Fruncí el ceño y miré hacia arriba, solo para ver a dos hombres y cuatro chicos entrando a mi habitación.

“Hola. ¿Puedo ayudarlos?”, pregunté, poniéndome de pie.

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“¿Es usted el señor Carlos?”, preguntó uno de los hombres, y había algo familiar en él, aunque no pude ubicarlo. Tal vez, lo había conocido antes, pero no estaba seguro.

“Sí, soy yo. ¿Quiénes son ustedes?”, quise saber.

“Mi nombre es Fernando. Este es mi hermano, Franklin, y estos son nuestros hijos, Mathías, Robert, Carlos y William. Nosotros…”, titubeo por un segundo.

“¿Ustedes qué?”, pregunté, frunciendo el ceño.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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“Somos... tus hijos y nietos”, continuó Fernando, encogiéndose de hombros.

Mi mundo se detuvo por un segundo. ¿Hijos? ¿Nietos? Eso era imposible.

Solo tenía dos hijas, y aunque sabía que se habían casado y tenían hijos, nunca hablarían de mí y mucho menos traerían a sus hijos aquí. Entonces, negué con la cabeza.

“Lo siento. Solo tengo dos hijas, y no me quieren. Dudo que yo sea la persona que buscan. Tal vez sea otro Carlos de este mismo corredor”, sugerí.

El hombre llamado Franklin se acercó a mí: “No, no, señor. Tiene que ser usted. Pero, por supuesto, necesitaríamos una prueba de ADN para probarlo. Nosotros... nuestra madre era Catherine y nuestro padre era Adán. ¿Sabe de quiénes hablo?”.

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¿Cómo podría olvidarlo? “Sí, claro que lo sé”, dije con fuerza. “Pero no entiendo. ¿Por qué están aquí si son los hijos de Adán?”.

“Ese es el punto. No somos los hijos biológicos de nuestro padre. No podemos serlo, y nos acabamos de enterar. Estaba en el diario de nuestra madre, y nuestro tipo de sangre es inconsistente con el de nuestro padre”.

“Vi algunos de sus registros médicos en algún momento y finalmente me di cuenta. El grupo sanguíneo de Adán era B y nuestra madre era 0, pero Franklin y yo somos A. Somos gemelos”, explicó.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Yo hice un esfuerzo para recordar las tablas de tipos de sangre que nos enseñaron en la escuela secundaria. Un padre con sangre tipo B y una madre con sangre tipo 0 no podían tener hijos con sangre tipo A.

“Quizás tienen razón en que Adán podría no ser su padre biológico, aunque por supuesto siempre será su padre, ya que los crio. Pero no creo que yo sí lo sea”, les dije, aunque por dentro sentí aletear la esperanza de haber encontrado una nueva familia.

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“Encontré el diario de la abuela y leí algunas cosas que nos trajeron aquí”, intervino uno de los chicos más jóvenes, William. “Decidimos venir aquí juntos y preguntarte si estarías dispuesto a hacerte una prueba de ADN. Solo para estar seguros”.

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“¿Dónde están Catherine y Adán?”, pregunté.

“Murieron hace algún tiempo. Así fue como encontramos su diario”, reveló el joven Carlos.

“No sé qué decir…”, les dije y miré hacia abajo. ¿Podría ser? ¿Debería hacerlo? ¿Qué pasaría si lo hiciera? ¿Cambiaría algo? ¿Me recibirían como familia? ¿Podría arriesgarme a sufrir más pérdidas?

Pero sacudí la cabeza de esos pensamientos. No podía pensar de esa manera. Si fueran mi familia, tenía que saberlo. Si había una posibilidad de que pudiera tener personas que me amaran, tenía que aprovecharle y no dejarla pasar. Entonces, asentí.

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Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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En ese momento, apareció una de las enfermeras. “¡Señor Carlos, tiene invitados en su cumpleaños! Vine a buscar el pastel, pero los dejo para que sigan celebrando”, dijo con una amplia sonrisa y se alejó.

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Los hombres notaron el pastel y se dieron cuenta de que era mi cumpleaños. Me felicitaron y cantaron el cumpleaños feliz con voces desentonadas. Fue muy divertido. A pesar de lo extraña que era esta situación, me reí. Fue lo más alegre que me había sentido en años.

Los acompañé a hacerme la prueba de ADN y, unas semanas después, los resultados confirmaron sus palabras. Yo era el padre biológico de Franklin y Fernando; por lo tanto, sus hijos eran mis nietos.

Pronto empezaron a visitarme más, especialmente mis nietos. Me llevaron a pescar, al cine y a largos paseos. Me invitaron a sus eventos y vi a William graduarse de la universidad.

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A pesar de haber crecido con un padre que los había criado y amado, me abrieron sus corazones sin esfuerzo. Y me di cuenta de que no quería perderlos.

Recordando mis errores con mis hijas, me prometí que no los repetiría. Así que estuve ahí para todo. Ayudé siempre que pude, a pesar de mi edad. Les di todo y me lo devolvieron multiplicado por diez, tratándome como si siempre hubiera sido parte de su familia.

Franklin incluso me ofreció una habitación en su casa y acepté. También me animaron a hablar con mis hijas y fue un reencuentro muy emotivo. Se dieron cuenta de que había trabajado por ellas todo el tiempo, así que me perdonaron de corazón.

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Les hablé de mis hijos y se sorprendieron. Los presenté y todos estaban emocionados por conocerse, porque al final eso es lo único que importa: el amor de la familia. Todos merecemos estar rodeado de amor y respirar la verdadera paz.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Todos merecen una segunda oportunidad: Carlos descuidó a su familia al trabajar demasiado. Pero tuvo una segunda oportunidad cuando aparecieron sus hijos y nietos desconocidos, quienes le dieron un espacio en sus vidas y sus corazones.

  • La familia es todo lo que importa al final: En el ocaso de la vida, valorarás el amor que diste y recibiste y la familia que te acompaña.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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