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Niña en una cama de hospital | Foto: Getty Images
Fuente: Niña en una cama de hospital | Foto: Getty Images

Tras muchos meses en el hospital, mi hija de 6 años me rogó que la dejara morir - Historia del día

Mayra Pérez
01 nov 2022
14:20
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Una niña pequeña les dijo a sus padres que no quería pasar el resto de su vida en un hospital y les rogó que la dejaran morir. Esa fue la decisión más difícil que jamás tomaron.

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Cuando tienes hijos, sueñas con verlos crecer y convertirse en personas felices y prósperas. Jamás imaginas que los verás partir para siempre.

Y cuando nuestra hija Sandra se enfermó, mi esposo José y yo estábamos decididos a hacer todo por ella. Desafortunadamente, su afección era crónica y para su cumpleaños número seis, ya había pasado mucho tiempo en el hospital.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Pusimos toda nuestra confianza en un trasplante, pero las cosas solo empeoraron. Un día, el médico nos dio la noticia que no estábamos preparados para recibir.

“No hay nada más que podamos hacer. Sandra está demasiado débil para recibir más tratamientos o someterse a otra cirugía. Es hora de prepararse”, dijo el médico, y sus palabras despertaron en mí una rabia que nunca había sentido.

Lágrimas de ira se formaron en mis ojos y mis emociones me dificultaron hablar. Pero hice mi mejor esfuerzo. “¿Cómo puedes decirnos eso? No, tienes que hacer algo. ¡Tienes el deber de curar a mi niña!”, exigí, llorando de impotencia.

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José sostuvo mis hombros porque sabía que estaba a punto de desmoronarme. El médico intentó explicar mejor la situación, pero no era momento para la lógica, las estadísticas o los hechos. ¡Quería soluciones! ¡Necesitábamos una cura para nuestra niña!

“Señora Veliz, usted y su esposo tienen dos opciones. Pueden dejarla hospitalizada para que podamos brindarle atención y aliviar el dolor, o pueden llevar a su hija a casa. No hay nada más que podamos hacer por ella”, explicó el médico.

Al final, logré tranquilizarme y junto a mi esposo, tomar la que pensamos era la mejor decisión.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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“Está bien, entonces nos quedaremos. Ella necesita tratamiento. Tal vez ocurra un milagro”, dije, pero una pequeña voz desde la cama detrás de nosotros habló.

“No, mami. Quiero irme a casa. No quiero estar más aquí. Por favor, vámonos a casa”, suplicó Sandra, mirándome intensamente. Su rostro lucía pálido y frágil, y no pude ignorar sus palabras.

“Está bien, cariño. Nos iremos a casa”, asentí y fui a sentarme a su lado para abrazarla. José se unió a nosotros y nos quedamos así por un momento.

Pero la tragedia golpeó solo una semana después de que ella dejara el hospital

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“Gracias”, dijo débilmente cuando nos separamos, y arreglamos todo para que le dieran el alta.

Los siguientes días de la vida de mi hija fueron más hermosos de lo que jamás hubiera imaginado. Ella no podía dejar de sonreír a pesar de su fragilidad. La llevamos al zoológico, donde pudo acariciar a algunos animales y una luz brilló en sus ojos.

Fuimos a un parque y, aunque no podía jugar activamente con los otros niños, pudo socializar y sentirse como una niña normal, quizás por última vez en su vida.

No nos habíamos dado cuenta de cuánto se había perdido debido a su condición. No había sido justo.

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Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Pero la tragedia golpeó solo una semana después de que ella dejara el hospital. Sandra no podía ponerse de pie y no podía parar de toser. Yo entré en pánico. “Voy a llamar a emergencias ahora mismo”, dije, agarrando mi teléfono desesperadamente.

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“Mami, por favor, déjame morir. Es hora. Quiero irme. Los amo a ti y a papi, pero ya quiero irme”, dijo Sandra desde su camita, alzando su manita hacia mí.

Regresé a su lado y me senté, tratando de contener los sollozos en mi pecho. José se sentó en el suelo y nos quedamos mirando a nuestra pequeña. Le dijimos cuánto la amábamos. Cuánto había cambiado nuestras vidas.

Le confesamos que ser sus padres había sido la mejor parte de nuestras vidas. Besamos su frente. Sus mejillas. Sus manos. Esperábamos que se mejorara de esto, pero había una mirada en sus ojos como si supiera que todo había terminado.

Nos quedamos callados cuando sus párpados se cerraron. Ella se fue. Nunca había llorado tanto en mi vida. Nunca había visto a José tan angustiado.

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No teníamos idea de qué hacer sin Sandra. ¿Quiénes éramos sin ella? ¿Por qué tuvo que irse nuestra niña?

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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Mi único consuelo fue que Sandra estaba feliz y falleció en sus términos. Respetamos sus deseos. Hicimos todo lo posible por ella. Tenía que creer eso para seguir adelante.

Unos días después de su muerte y funeral, encontré un cuaderno donde ella solía escribir algunos pensamientos con su caligrafía torpe.

“Esta semana fue la mejor de todas. Jugué con mis padres y me dejaron comer todo el helado que quise. Los amo demasiado. La vida es buena”.

No tenía más lágrimas que derramar, pero me sentí conmovida leyendo esas palabras una y otra vez. Cuando José las leyó, inmediatamente tomó un marco comprado en una tienda que habíamos guardado y puso la página del cuaderno dentro.

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“Así recordemos a nuestra chica por siempre, Violeta”, me dijo José, y asentí.

Lo colgamos en nuestra sala como un recordatorio diario de que a pesar del sufrimiento, el dolor, las luchas, las cirugías, las preocupaciones, las lágrimas y la desesperación, nuestra niña había sido feliz. Nos amaba como nosotros la amábamos a ella.

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Para los médicos nunca es fácil dar malas noticias; su trabajo es salvar vidas. Violeta quería gritarle al médico y exigirle que hiciera algo más, pero el organismo de la pequeña ya estaba agotado y la muerte era inminente.
  • Tener un hijo enfermo es una de las peores experiencias, y los padres solo pueden hacer lo mejor que puedan. Violeta y José podían encontrar consuelo en el hecho de que Sandra había sido una niña feliz y de que habían hecho todo lo posible por ella.

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