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Rascacielos en una ciudad. | Foto: Shutterstock
Rascacielos en una ciudad. | Foto: Shutterstock

Joven visita a su abuela por primera vez en un año y ve un rascacielos en lugar de su casa - Historia del día

Claudio se sintió insultado cuando su abuela le ofreció dejarle su casa si se quedaba con ella y la ayudaba con las reparaciones. Ni él ni sus padres le hablaron a la mujer mayor durante un año, y cuando por fin el joven viajó para visitarla el día de su cumpleaños, su casa ya no estaba.

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“Vamos, acabemos con esto”, dijo Cristóbal mientras estacionaba delante de la casa de su madre. La propiedad estaba muy descuidada, y no le gustaba pasar tiempo allí.

La esposa de Cris, Amanda, y su hijo, Claudio, salieron del automóvil y se apresuraron a llegar al porche. Aunque la familia vivía en otra ciudad, les avergonzaba la casa destartalada y no querían arriesgarse a que nadie los reconociera.

“Hola, queridos”, dijo Sonia, la madre de Cristóbal, cuando abrió la puerta. Extendió los brazos para abrazar a su familia, pero se abalanzaron sobre ella para entrar.

“Tienes que conseguir a alguien que te arregle la casa, mamá”, dijo Cris.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Esperaba que tú y Claudio me ayudaran con algunas reparaciones mientras están aquí”, respondió Sonia. “Las reparaciones son caras, y mi pensión tiene un límite”.

“Apenas acabamos de llegar y ya estás fastidiando”, dijo Cristóbal negando con la cabeza.

“Conducimos durante horas para visitarte por tu cumpleaños, no para trabajar en tu casa”.

La cara de Sonia se arrugó. Cris pensó que estaba a punto de llorar, así que los llevó a todos al comedor. “Que empiece la fiesta”, dijo él.

La familia se sentó y disfrutó de la comida. Sonia mencionó varias pequeñas cosas que había que arreglar en la casa mientras comían, pero Cris cambiaba de tema cada vez. Cuanto más tiempo pasaba en casa de su madre, más recordaba por qué sólo la visitaba una vez al año.

Cuando todos terminaron de comer, Cris vio una oportunidad para escapar: se ofreció voluntario junto con su esposa para lavar los platos. Su mamá le sonrió, y Cris esperó que esta tarea bastara para evitar que ella se quejara durante el resto de la visita.

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Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Claudio, cariño. Hay algo que quería preguntarte”.

Claudio estuvo soñando despierto con su último videojuego durante toda la comida, pero se giró cuando su abuela le habló.

“En los próximos años vas a solicitar cupo en la universidad. ¿Por qué no te inscribes en esta ciudad? Puedes quedarte conmigo sin pagar nada, y lo único que te pido es que ayudes con algunas reparaciones”, dijo la abuela, sonriendo. “Eres mi único nieto, y con gusto te dejaré mi casa si me ayudas a cuidarla”.

“¿Estás loca?”, le dijo Claudio a su abuela, mirándola horrorizado. “¿Por qué iba a querer quedarme en este tugurio? Voy a ser médico, ¿para qué iba a necesitar tu ruinosa y vieja casa?”.

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“Yo... supongo que no”, respondió la mujer mayor, bajando la cabeza. “Para ser sincera, lo único que quería era pasar más tiempo contigo antes de dejar este mundo”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Cris apareció en la puerta del comedor para averiguar por qué gritaba Claudio. Se puso lívido cuando se enteró de la oferta de su madre y de la respuesta de Claudio.

“¿Cómo te atreves a encargarle a Claudio este cuchitril?”, gritó el hombre.

“Es tu nieto, no un obrero gratis para que te aproveches de él”.

La abuela Sonia rompió a llorar, pero Cris se limitó a negar con la cabeza. Se echó el paño de cocina al hombro y señaló a Claudio.

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“Recoge tus cosas, hijo”, dijo el hombre. “Nos vamos”.

Claudio corrió hacia la puerta principal. Se detuvo para contemplar la pintura desconchada, las tablas del suelo que crujían y los tablones del techo combados de la casa. No podía imaginar por qué ella pensaría que él querría heredar esta pocilga.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Cris y su pequeña familia no hablaron con la abuela Sonia durante un año. Cuando se acercó el momento de visitarla en su cumpleaños, Cris no quiso ir.

“Es hora de que des una vuelta por la carretera”, le dijo Cris a Claudio. “Ya llevas un tiempo conduciendo y será una buena experiencia ir a ver a la abuela tú solo”.

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Claudio estaba tan entusiasmado con la oportunidad de conducir tan lejos él solo que lo pensó dos veces. Salió el día del cumpleaños de su abuela antes del amanecer y tuvo un viaje tranquilo hasta llegar allá.

Claudio se estacionó al borde de la carretera y volvió a comprobar el mapa en su teléfono. Había sido pasajero en este viaje tantas veces que no había comprobado la ruta de antemano. El joven había supuesto que encontraría la casa de la abuela con facilidad.

Él miró el mapa con el ceño fruncido. Había acertado: era la dirección correcta. Volvió a mirar por la ventanilla y frunció el ceño porque un rascacielos reluciente se alzaba en el lugar donde se suponía que estaba la casa de su abuela.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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El miedo floreció en el pecho de Claudio. ¿Qué podía haberle pasado a la abuela? Su única pista era el edificio, así que salió del auto y entró allí. Había un conserje sentado tras un impecable escritorio de acero cepillado.

“Disculpe”, preguntó Claudio. “Busco a la mujer mayor que vivía aquí, la Sra. Bracho. Soy su nieto”. ¿Sabe qué le pasó?”.

“Por supuesto, señor. Sígame”. El conserje salió de su escritorio y condujo a Claudio al ascensor. “Ella está en la suite del penthouse. Le informaré a la Sra. Bracho que está subiendo”.

El joven estaba tan confundido que se preguntaba si estaba soñando.

Subió en el ascensor hasta el penthouse y quedó atónito al ver a la abuela Sonia esperándolo allí.

“¡Claudio, qué alegría volver a verte!”, dijo la mujer mayor apresurándose para abrazarlo. “Había comenzado a pensar que todos ustedes me habían abandonado”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Claudio se quedó boquiabierto ante las modernas instalaciones y la elegante decoración del penthouse. “¿Por qué vives aquí, abuela?”.

“Los promotores inmobiliarios llevaban mucho tiempo detrás de mi casa. Yo no quería venderla, pero después de la visita de ustedes el año pasado, me hicieron una oferta maravillosa. En vez de comprarme, me dieron la suite del penthouse”.

La abuela se acercó cojeando a los ventanales. “Acepté vivir aquí por las vistas. Ahora puedo ver salir el sol sobre la ciudad todas las mañanas”.

Claudio no podía creer lo mucho que había cambiado la vida de su abuela. Cuando volvió a casa, sus padres tampoco lo podían creer.

“Esta es una gran oportunidad para ti, Claudio”, dijo Cristóbal. “El año que viene debes ir a la universidad allá y quedarte con tu abuela. Cuídala bien y seguro que te deja ese penthouse en su testamento”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Eso fue lo que hizo Claudio. Lo aceptaron en una universidad en la ciudad donde vivía su abuela, y se presentó en el penthouse el día antes de que empezara el semestre.

“Cambié de opinión”, dijo él cuando Sonia lo recibió en la puerta.

“Decidí venir a quedarme contigo mientras voy a la universidad”.

La abuela arqueó las cejas y lo miró con decepción. “Me pregunto qué te habrá hecho cambiar de opinión”.

“Sólo quería pasar más tiempo contigo”, dijo Claudio entrando y dejando a un lado el bolso que contenía su ropa. “No te importa, ¿verdad?”.

“Claro que no, Claudio. Siéntete como en casa. Me vendría bien que me ayudaras a hacer recados, así que te agradeceré que estés por aquí”.

Mientras la abuela se adelantaba para mostrarle la habitación de invitados, Claudio podría haber jurado que la escuchó murmurar sobre gente avariciosa que necesitaba aprender una lección. Como no sabía de quién hablaba, la ignoró.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Claudio no tardó en asistir a clase y hacer recados con la abuela. La acompañaba al supermercado todas las semanas y llevaba la compra dentro. Ella también lo ponía a trabajar cocinando comidas todos los domingos, que luego entregaban a varios refugios locales.

“¿Por qué gastas tanto dinero haciendo comida para personas sin hogar?”, le preguntó Claudio la primera vez que lo puso a trabajar.

La abuela negó con la cabeza. “Toda persona necesita comer, Claudio. A veces la vida te juega una mala pasada y acabas viviendo en una situación terrible. Lo menos que puedo hacer por mis semejantes es proporcionarles una comida”.

Claudio pensó en sus palabras. Le resultaba extraño que su abuela tuviera una perspectiva tan humanitaria cuando su padre, su hijo, nunca movía un dedo para ayudar a los demás a menos que hubiera algo a cambio para él.

Cuando llevaron la comida al refugio, la abuela insistió en que Claudio la ayudara a servirla. Él estaba horrorizado, pero ella no aceptaba un no por respuesta. Pensaba que los indigentes apestosos y desaliñados lo acosarían, pero pronto descubrió que se equivocaba.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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La gente a la que servía era tímida pero muy agradecida. Agradecieron profusamente a Claudio la comida y lo bendijeron por su amabilidad. Muchos estaban desaliñados, pero el joven pronto se dio cuenta de que no era para tanto. Al menos se daban cuenta de que les estaba haciendo un gran favor.

Con el paso del tiempo, Claudio empezó a cambiar. Ver lo generosa que era su abuela con los demás le hizo preguntarse si los había fastidiado con lo de la casa vieja porque quería recibir la misma amabilidad de su propia sangre.

Sin embargo, la incipiente toma de conciencia de Claudio llegó demasiado tarde. Un día, él entró en la sala y se sorprendió al encontrarla vacía. La abuela se levantaba temprano cada mañana para ver el amanecer y siempre estaba allí sentada cuando él se levantaba.

Claudio llamó a la puerta de su habitación. Al ver que no contestaba, entró con cautela. Al principio pensó que se había quedado durmiendo hasta tarde.

Su abuela tenía una expresión de paz en la cara, como si estuviera en medio de un sueño maravilloso.

Alargó la mano para despertarla. Sólo entonces aceptó la situación que había sospechado desde que había encontrado la sala de estar vacía: la abuela se había ido.

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Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Supongo que ahora este lugar es mío”, le dijo Claudio a su padre cuando lo llamó para darle la noticia.

“Dejando a un lado las tristes circunstancias, es una gran noticia para ti, hijo. Sabía que había sido buena idea enviarte a vivir con la abuela”.

Claudio colgó poco después. Dio una vuelta por el penthouse y acabó junto al sillón favorito de su abuela. Estaba colocado justo delante de las ventanas para que ella pudiera disfrutar de las vistas. Una de las bufandas que había estado tejiendo para la gente del refugio seguía colgada del brazo.

Claudio pasó los dedos por las puntadas. La lana era suave bajo sus dedos y, cuando se la llevó a la cara, olía al perfume de rosas de Sonia.

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Lo invadió una extraña sensación de vacío. Ahora tenía el penthouse, tal como le había prometido su abuela. Todas las veces que le había llevado la compra al interior y había dado de comer a indigentes por insistencia suya estaban a punto de dar sus frutos, pero eso no le hacía feliz.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Unos días después, las suposiciones de Claudio sobre heredar el penthouse se vinieron abajo.

“¿Cómo que el penthouse va a salir a la venta?”, preguntó el joven. “Se supone que mi abuela me lo iba a dejar a mí”.

El abogado negó con la cabeza.

“El penthouse saldrá a la venta y lo recaudado se repartirá entre cinco refugios locales. Tu abuela pidió que se incluyera esta cláusula en el contrato que firmó con los promotores”.

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Claudio no podía creer lo que estaba escuchando. Su abuela lo había excluido por completo de su testamento.

“Sin embargo, posteriormente se añadió un apéndice a esta cláusula”, continuó el abogado. “Una parte de los beneficios se destinará a usted. Sin embargo, no puedo decirle nada más en este momento. En cambio, su abuela deseaba explicarse”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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El abogado le pasó a Claudio una nota manuscrita. El joven miró confundido la letra cursiva de Sonia.

“Claudio, sé que sólo te mudaste conmigo porque me alojaba en un penthouse de lujo. Tu elección sólo estuvo motivada por la codicia. Encontrarás lo que te mereces en las siguientes coordenadas...”.

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Claudio estaba confundido. Tecleó las coordenadas en la aplicación de mapas de su teléfono y salió inmediatamente. Condujo por la ciudad hasta encontrar el lugar, y entonces lo único que pudo hacer fue mirar fijamente la edificación que había frente a su automóvil.

La casa estaba tan deteriorada como la de su abuela. Inmediatamente, Claudio llamó a sus padres para contarles lo que había hecho Sonia.

“¡No puedo creer que esa vieja te haya estafado con tu herencia!”, gritó Cristóbal por teléfono. “¿Cómo puede alguien ser tan insensible y avaricioso?”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“La abuela no era avariciosa”, respondió Claudio. “Yo sí lo era, y tú también”.

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Miró la casa y comprendió lo crueles que él y su padre habían sido con ella a lo largo de los años. Esta casa era todo lo que se merecía después de haberse negado a ayudarla a arreglar su antigua vivienda y aprovecharse de ella cuando vivía en el penthouse.

“Me alegro de que la abuela hiciera esto”, le dijo a su padre. “Quería que todos aprendiéramos una valiosa lección. Sólo desearía no haber tardado tanto en darme cuenta de la importancia de cuidar a tu familia”.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Cuida a tu familia: Cris y Claudio fueron egoístas al negarse a ayudar a la abuela Sonia con las reparaciones de su casa. Causaron tantos problemas que ella ni siquiera les habló de mudarse al penthouse.
  • Aprecia los regalos que recibes en la vida: El verdadero valor de un regalo es la intención con la que se hace, no el valor material que se le atribuye.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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