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Niña rica ve a un anciano ser echado del restaurante y corre hacia él en el frío - Historia del día

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Los clientes de una prestigiosa casa de té observaron con aprobación cómo un anciano sin hogar era echado al frío, pero luego una niña se puso de pie.

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Era uno de esos domingos terriblemente fríos en la ciudad cuando el viento corta como un cuchillo. Aun así, la familia Roldán, Héctor, Frida y su hija de nueve años, Eva, estaba sentada cómodamente en su tienda de té favorita.

El lugar se llama La Tetera de La Reina, y la familia estaba disfrutando de un delicioso té durante la tarde. Esta tienda es famosa por sus maravillosos bollos con crema y mermelada de fresa, y sus deliciosos sándwiches.

Anciano sin hogar sentado sobre la base de una columna. | Foto: Shutterstock

Anciano sin hogar sentado sobre la base de una columna. | Foto: Shutterstock

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Por lo que no era conocida La Tetera de La Reina era por el tipo de cliente que había entrado por la puerta aquella fatídica tarde. La gerente miraba complacida las mesas llenas de clientes bien vestidos y adinerados, todos bebiendo y comiendo a gusto.

De repente, su mirada se enganchó en el hombre que cruzaba la puerta arrastrando los pies sobre su hermosa alfombra persa. Estaba delgado y pálido como la muerte.

Su rostro estaba densamente cubierto por una barba descuidada, mientras su cuerpo tembloroso se acurrucaba en el más delgado de los abrigos.

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“¡Por favor!”. El hombre tocó el brazo de un camarero que pasaba con una mano esquelética. “¡Por favor, ayúdeme!”.

La gerente dio un paso adelante y se enfrentó al hombre. “Señor, debo pedirle que se vaya. ¡Estas instalaciones son solo para clientes!”.

El hombre se giró hacia ella, con esperanza en sus ojos hundidos. “Por favor”, susurró, “me estoy congelando. ¿Podría darme algo caliente para beber y un trozo de pan?”.

“Dije”, enfatizó la gerente, “qué se largue”.

Mesa con dulces sofisticados y un juego de té. | Foto: Unsplash

Mesa con dulces sofisticados y un juego de té. | Foto: Unsplash

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El hombre la miró y susurró. “He estado en estas calles durante siete años, pero hoy creo que podría morir si no me caliento”.

La gerente apretó los labios. “¡No me cuente historias de sollozos, señor, las he escuchado todas!”, chasqueó la mujer. “Hay un refugio para personas sin hogar a tres cuadras, ¡vaya a echar sus cuentos allá!”.

Para entonces, los clientes habían notado el pequeño intercambio entre el mendigo y la gerente. Una elegante anciana le dijo a su esposo: “¡De verdad, los vagabundos son desvergonzados! ¡Entrar en un lugar como este! ¡Es indignante!”.

Un hombre delgado y exigente con una chaqueta de terciopelo púrpura le dijo a su compañero mientras mordisqueaba una galleta de camarones con paté de langosta: “¡Honestamente, la vista de esos trapos me quita el apetito!”.

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“¡Esto es ridículo!”, gritó Frida Roldán a su marido. “Hay lugares para esta gente, ¡y ahí es donde deberían quedarse!”. Mientras ocurría todo, la pequeña Eva estaba mirando con sus enormes ojos.

Finalmente, el vagabundo se rindió. Se giró y salió arrastrando los pies en sus viejos zapatos llenos de periódico. No caminó muy lejos. Se sentó en un banco justo en frente de la tienda y se acurrucó allí.

Anciano sin hogar con rostro triste apoyando su mejilla sobre su mano. | Foto: Pixabay

Anciano sin hogar con rostro triste apoyando su mejilla sobre su mano. | Foto: Pixabay

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Dentro del restaurante, todos habían vuelto a sus conversaciones y sus bebidas, todos excepto la pequeña Eva. Ella llenó cuidadosamente su taza hasta el borde con té caliente y le agregó azúcar.

Luego llenó su plato con pequeños sándwiches y bollos, todo lo que podía llevar. Se encogió de hombros en su cálido abrigo de invierno y salió a esa tarde helada, con la taza y el plato en sus manos.

Mientras sus padres y los demás clientes de La Tetera de La Reina miraban, se sentó junto al vagabundo en el banco y le ofreció el té caliente.

El anciano miró a Eva con asombro y envolvió sus manos frías alrededor de la taza de té caliente. “Dios te bendiga”, susurró con los labios partidos. “¡Dios bendiga tu hermoso corazón!”.

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“Bébelo”, dijo la niña. “Espero que le guste el azúcar porque yo pongo mucho, ¡por la energía! Y coma algunos de estos sándwiches. ¡Necesita recuperar fuerzas!”.

El hombre miraba a Eva con la expresión más extraña, y las lágrimas corrían por sus mejillas. La pequeña lo notó y sacó su pañuelo. Con ternura secó las lágrimas del hombre.

Una niña pensativa mirando a través de una ventana. | Foto: Unsplash

Una niña pensativa mirando a través de una ventana. | Foto: Unsplash

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“¡Por favor no llore!”, ella dijo. “¡Verá que todo va a estar bien!”.

Eva se quedó sentada junto al hombre hasta que terminó la comida y el té. “Gracias, niña. Puede que no lo sepas, pero me has salvado la vida”, dijo el vagabundo.

“¿Estará bien ahora?”, preguntó Eva, preocupada.

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El hombre asintió. “Caminaré hasta el refugio, me siento más fuerte ahora”, dijo. La pequeña sacó unos guantes de su bolsillo. Eran de color rosa brillante y tenían gatitos bordados.

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“Tome estos, se estiran mucho, lo sé porque hice que mi papá se los probara, ¡y son realmente cálidos!”, dijo Eva.

El hombre se puso solemnemente los guantes de color rosa brillante y asintió. “Gracias, ahora estaré más cálido”. Se levantó y, sin decir una palabra más, se alejó por la calle, donde la nieve comenzaba a caer de nuevo.

Persona sosteniendo una taza con té caliente en su mano. | Foto: Pexels

Persona sosteniendo una taza con té caliente en su mano. | Foto: Pexels

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Eva llevó la taza y el plato a la tienda de té y volvió a sentarse. “¡Eva, cómo pudiste! ¡Ese hombre estaba sucio!”, gritó su madre.

Su padre estaba frunciendo el ceño. “No quiero que te vuelvas a mezclar con ese tipo de persona”, dijo. “¡No sabes quién es ni dónde ha estado!”.

La niña los miraba asombrada. “¡Oh! Pensé que tenía hambre, era pobre y estaba triste”, dijo. “Cuando estábamos en la iglesia hoy, el reverendo dijo... dijo que deberíamos ver a Jesús en todos los necesitados. Pensé...”.

Frida y Héctor Roldán se miraron. Las lágrimas se acumularon en los ojos de la mujer. “Ay Eva”, susurró. “¡Pensaste bien!”, y se arrodilló junto a la silla de su hija y la abrazó.

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“Lo siento, Eva”, dijo el hombre con suavidad. “Hiciste algo amable y cariñoso. De todas las personas aquí hoy, fuiste la única que vio a ese hombre a través de los ojos del amor”.

Esa tarde, los Roldán bajaron al refugio para asegurarse de que el anciano estuviera bien. Más tarde, el padre de la niña inició una fundación para ayudar a las personas sin hogar a encontrar trabajo.

Mujer abrazando a una niña sonriente. | Foto: Unsplash

Mujer abrazando a una niña sonriente. | Foto: Unsplash

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La madre de la pequeña comenzó a trabajar como voluntaria en el comedor de beneficencia, todo gracias a su hija.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

No mires a las personas que te rodean con prejuicio, sino con ojos de amor y caridad. Todos criticaron al hombre, pero solo Eva actuó para ayudarlo.

A veces, los corazones puros de los niños observan verdades que los adultos hemos olvidado. La bondad de Eva les recordó a sus padres su humanidad.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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