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Joven enfermera gasta sus ahorros para cumplir el último deseo de un anciano - Historia del día

Georgimar Coronil
18 ene 2022
17:30
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Una joven enfermera encargada de cuidar a un anciano solitario lo sacrificó todo para ayudarle a cumplir su último deseo. A cambio, él le dejó un misterioso regalo que cambió su vida. 

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Enrique Fernández era un hombre extremadamente rico que hizo su fortuna gracias a su trabajo en la bolsa y a múltiples inversiones. 

Toda su vida había girado en torno a su carrera, ya que le apasionaban los números. Este hombre estaba literalmente casado con su trabajo y eso le dejaba poco espacio para relacionarse con los demás. 

Personas mayores en una residencia. | Foto: Shutterstock

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Cuando era más joven, lo único que le importaba era ganar más dinero y ser independiente, así que no tuvo tiempo para buscar el amor. "Necesito dinero para tener una vida amorosa feliz", le decía siempre a su madre, que más tarde falleció sin haber visto a su hijo casarse. 

"Todavía hay tiempo", le decía a su padre cuando este le preguntaba por su vida amorosa, y así fue hasta que el hombre también falleció. 

Antes de que Enrique se diera cuenta, los años se convirtieron en décadas. A los 76 años, con millones en su cuenta, decidió retirarse y trasladarse a una residencia de ancianos. 

La gente que le rodeaba era muy consciente de que el hombre rico no tenía familia que heredara su fortuna. Todos trataban de acercarse a él para poder ganarse su corazón y tener la oportunidad de conseguir una pizca de su dinero.

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Enrique, que era un hombre astuto, siempre se dio cuenta de las artimañas y eso le hizo muy infeliz. "Nadie se preocupa por mí, solo quieren mi dinero", pensaba durante las largas y solitarias noches en su mansión. 

Era una gran casa que se asentaba en grandes hectáreas de terreno, pero a pesar de todo su lujo, era un lugar solitario. 

Su decisión de trasladarse a una residencia de ancianos llegó un día después de que se cayera por las escaleras y pasara casi una hora sin poder moverse. 

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Más tarde, esa misma noche, había visto en la televisión un anuncio sobre un nuevo hogar para personas mayores que presumía de tener un personal amable.

Hombre sentado en un escritorio con un libro. | Foto: Pexels

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¿Quién mejor para cuidar de mí que gente a la que se le paga por ello?, reflexionó. Al día siguiente, Enrique recogió algunas cosas y se dirigió al lugar donde esperaba pasar el resto de sus días. 

Lo recibió una joven de rostro claro que también le enseñó su habitación. Fue tan amable que Enrique se convenció de que por fin había llegado a un sitio en el que podría recibir auténticos cuidados y no estar solo. 

Enrique se aseguró de que nadie supiera de su riqueza, porque quería asegurarse de que recibiría el mismo trato que los demás. No le contó a nadie los millones que tenía en sus cuentas bancarias, por lo que le veían como un hombre normal y corriente, sin familia. 

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En su segundo día, a Enrique le asignaron una enfermera para que lo cuidara. Era una mujer de 23 años llamada Jennifer Sánchez y su carácter alegre hizo que se ganara el corazón del anciano. 

Tenían una conexión mutua y siempre estaban juntos; él le contaba la historia de su vida, excluyendo la parte de su riqueza, y a ella le encantaba escucharlo. 

No solo eso, sino que la mujer también tenía un increíble sentido del humor que le permitía seguir el ritmo del ingenio y las bromas de Enrique. 

El hombre disfrutaba tanto de la compañía de la joven, a la que siempre le regalaba juguetes hechos a mano por él o dulces que hacía que el conserje le consiguiera a escondidas. A cambio, ella lo cuidaba como a un miembro de la familia, sobre todo porque sabía que no tenía a nadie en el mundo. 

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En cierto modo, eran almas gemelas porque la propia Jennifer también había experimentado la soledad. Había nacido huérfana y tampoco tenía parientes.

Hombre mayor con chica joven. | Foto: Pexels

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Con el paso del tiempo, ella y Enrique se acercaron aún más y él finalmente supo lo que era tener a alguien a su lado. La vida era estupenda.

Todo cambió el día en el que Enrique recibió un correo devastador de su médico, decía que solo le quedaba un mes de vida y que no había nada que hacer. 

Aquel día acababa de leer el diagnóstico cuando Jennifer entró con su bandeja de comida. Intentó disimularlo, pero ella supo al instante que algo iba mal.

"Mi médico dice que solamente me queda un mes de vida", dijo con tristeza, esperando su respuesta. Fue una reacción triste y tan pronto como las palabras salieron de su boca, la bandeja de comida cayó de sus manos al suelo.

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"Está bien", le dijo él, tratando de tranquilizarla al ver que las lágrimas brotaban de sus ojos. 

"No Enrique, no lo está", dijo ella con un sollozo. 

"Solo tengo un deseo, Jen", le dijo él. "Quiero ver el océano una vez más". 

Sus palabras la hicieron llorar aún más y tuvo que salir de la habitación para controlar sus emociones, dándole tiempo a él para procesarlas también.

Hombre mayor sentado frente a una computadora | Foto: Pexels

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Cuando volvió, Jennifer tenía un intenso anhelo de ayudarle a cumplir su última voluntad. "Es tu último mes, te ayudaré a cumplir tu deseo para que no te arrepientas", le dijo.

"Gracias", respondió él, asombrado de que una joven a la que había conocido ese mismo año fuese tan bondadosa. 

Jennifer pensó en su deseo mientras volvía a casa ese día. Tenía muchas ganas de ayudarle a cumplirlo, pero era una mujer pobre. 

Aun así, decidió seguir adelante con su decisión. Optó por usar sus ahorros para poder conseguir el dinero suficiente para llevar a Enrique al mar. Sin embargo, no fue suficiente, así que tuvo que vender algunas de sus posesiones.

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Con el dinero compró billetes de avión y reservó un hotel en Miami, donde pasaron un fin de semana inolvidable. El viaje hizo que Enrique se sintiera más vivo que nunca y se sintió satisfecho por ello. 

Cuando volvieron a la residencia, Enrique sentía que su salud decaía cada día, pero podía sonreír a pesar del dolor. Había conseguido crear recuerdos con alguien que se preocupaba de verdad por él. 

Los días pasaron rápidamente y antes de que ambos se dieran cuenta, Enrique fue trasladado a un hospital donde se vigilaba su salud. 

En su lecho de muerte, hizo que las enfermeras salieran de la habitación para que él y Jennifer pudieran estar solos.

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Pareja sentada en un banco en la playa. | Foto: Pexels

"Lo siento", dijo él mientras ella lo observaba con los ojos llorosos. 

"¿Por qué Enrique?", preguntó ella. 

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"Te dije que mi último deseo era volver a ver el océano, pero eso no es cierto. Mi verdadero deseo era ver a mi familia, pero nunca he tenido ninguna." 

"Está bien Enrique, yo seré tu familia y estaré aquí para ti hasta el final", le dijo Jennifer. 

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El gesto llenó el corazón de Enrique, quien dijo: "El tiempo que he pasado contigo me ha hecho lamentar no tener una familia, gente que estuviera ahí para mí como lo has hecho tú. Gracias por todo".

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Sus palabras hicieron llorar a Jennifer porque sonaban demasiado a despedida y al final resultaron serlo. 

Después de su muerte, decidió dejar su trabajo debido al dolor que sentía. Mientras empacaba sus cosas para irse, encontró un juguete hecho a mano como los que Enrique solía regalarle. Era un pequeño koala que tenía un bolsillo que contenía una hoja de papel. Había una nota adjunta que decía:

"Has gastado todo tu dinero para hacerme feliz. Ahora me toca a mí hacer lo mismo. Te quiero, mi adorable nieta, este viejo se despide".

Hombre escribiendo. | Foto: Pixabay

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La hoja de papel contenía un testamento escrito que la nombraba heredera de su riqueza. Jennifer se sorprendió cuando lo vio, pero luego le dio un buen uso gastándolo en obras de caridad. 

Creó una fundación a la que puso el nombre de su amigo. Su objetivo principal era atender a los huérfanos como ella y a los ancianos que no tenían familia. Nunca olvidaron el nombre de Enrique y Jennifer tampoco lo hizo. 

¿Qué aprendimos de esta historia? 

Ser amable y amar incondicionalmente: Jennifer se preocupó mucho por Enrique aunque no tenía ni idea de que tenía mucho dinero y eso le convenció de que sus acciones eran auténticas. A cambio, él le dejó todo lo que tenía, cambiando su vida para siempre. 

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El tiempo no espera por nadie: Fue una lección que Enrique aprendió de la manera más dura. Había dejado de lado el amor y la familia por el trabajo, pensando que habría tiempo para ello más adelante, hasta que un día se despertó y se dio cuenta de que no era así. Afortunadamente, Jennifer le ayudó a aliviar su sufrimiento y pudo morir en paz. 

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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