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Conserje camina 2,5 horas a diario para llegar al trabajo hasta que sus colegas se enteran - Historia del día

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Un hombre caminaba dos horas y media todos los días para ir al trabajo porque no podía pagar un auto nuevo. Después de muchos años, un colega le ofreció llevarlo y unos días después, una extraña hizo lo mismo.

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Jacinto Bermúdez se dirigía al trabajo como siempre. Él había comenzado a trabajar como conserje en una escuela secundaria a los 25 años y habían pasado casi 20 años desde entonces. Ahora tenía 45.

Por lo general, le tomaba 40 minutos conducir desde su casa hasta la escuela, pero el único automóvil que había tenido era el viejo Fiat de su padre.

Un hombre limpiando los pisos de una edificación. | Foto: Unsplash

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Lamentablemente el vehículo se descompuso cuando Jacinto tenía 30 años. Desde entonces, caminaba al trabajo, y eso le tomaba dos horas y media. No era tan malo. Ya estaba acostumbrado, aunque no era fácil en los días de lluvia.

Escuchaba música en un iPod usado y lo consideraba su ejercicio del día. También le daba tiempo para analizar todo en su vida y todo lo que había pasado.

Cuando tenía trece años, sus padres desaparecieron inesperadamente después de hacer un viaje y él se fue a vivir con su tía y su tío. Eran personas amigables, pero tenían cinco hijos, por lo que el dinero ya era escaso cuando él comenzó a quedarse con ellos.

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Trabajaba en empleos ocasionales para pagar sus cosas, e incluso se las arreglaba para ayudar en casa. Pero su adolescencia fue dura. Empezó a resentirse con el mundo y se rebeló terriblemente.

Sus amigos no eran las mejores personas, y Jacinto fue atrapado junto a ellos cuando hicieron una estúpida broma escolar. Todos fueron expulsados ​​de su escuela.

Fue entonces cuando abrió los ojos. Tenía casi 18 años en ese momento, y sus esperanzas de tener una vida mejor se desvanecieron instantáneamente. Ya no podía hacer eso. Entonces consiguió un buen trabajo como pizzero en un restaurante.

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Escritorios escolares organizados dentro de un salón de clases. | Foto: Pexels

Cuando cumplió la mayoría de edad, se mudó a la antigua casa de sus padres. Pero como había estado abandonada durante años, necesitaba algunas reparaciones importantes.

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También tuvo que pagar una fortuna en impuestos de sucesiones y eso hizo que su vida se tornara aún más difícil.

No había tenido tiempo de estudiar para obtener su diploma y, finalmente, se olvidó de él. Solo leía libros por la noche cuando no estaba cansado del trabajo.

Cuando tenía 25 años aceptó un trabajo como conserje en la escuela porque la pizzería donde trabajaba había cerrado. Esto representó un ligero aumento de sueldo y algunos beneficios. La desventaja era que estaba a 40 minutos de su ciudad natal.

Usaba el auto viejo de su padre para trasladarse hasta que se averió cinco años después. Fue entonces cuando empezó a caminar dos horas y media para llegar al trabajo y dos horas y media para regresar a casa.

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No le quedaba tiempo para nada después de ese viaje, pero no tenía otra opción. Su empleo era tranquilo y le gustaba ver a los niños con su potencial y sueños para el futuro. A menudo deseaba que su vida hubiera sido diferente, aunque ver a los chicos le daba esperanza.

Un día cuando iba de camino al trabajo, un automóvil se detuvo junto a él. Por lo general, no había muchos vehículos circulando porque él empezaba a caminar muy temprano para llegar a tiempo todos los días, por lo que se sorprendió por esta situación.

Una mujer conduciendo un vehículo. | Foto: Pexels

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Era la Sra. Garrido, la profesora de ciencias. Ella le ofreció llevarlo y le preguntó si su auto se había averiado. Jacinto soltó una carcajada ante su pregunta y le dijo que su vehículo había estado muerto durante 15 años.

“¿En serio?”, preguntó asombrada. “Entonces, ¿caminas al trabajo todos los días? ¿Cuánto tiempo te toma hacer eso?”.

“Alrededor de dos horas y media”, respondió él.

“¿Qué? ¡No te creo!”, dijo la Sra. Garrido en estado de shock.

“Es en serio”, continuó, sonriendo a la amable profesora que siempre lo había tratado como un colega.

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“Eso es una locura. Entonces debes gozar de muy buena salud”, agregó la mujer riendo.

“Supongo”, respondió él, sin saber qué más decir. Era agradable que le dieran un aventón a la escuela.

Llegaron a la institución y la Sra. Garrido le dedicó una brillante sonrisa. “Puedes pedirme un aventón en cualquier momento. Al menos, a una parada de autobús o algo así”, ofreció ella.

Una mujer conduciendo un vehículo. | Foto: Pexels

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“Tendría que tomar muchas rutas diferentes y eso es un desperdicio. Además, la mayoría de los autobuses no se acercan a mi casa. Caminar es mucho más fácil”, explicó el hombre. “Pero gracias por la oferta. Podría aceptarla en algún momento”.

Aunque dijo eso, sabía que nunca pediría tal favor. No quería ser una carga para nadie. Si alguien se ofreciera, lo aceptaría, pero él no daría el primer paso.

Algunos de sus otros colegas le preguntaron sobre esa situación ese día, y él confirmó sus largas caminatas diarias. Todos se maravillaron con su ética de trabajo, pero Jacinto se alegró de que no lo juzgaran por no poder pagar un auto.

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Al día siguiente, mientras estaba de pie junto a la carretera, otra persona se detuvo a su lado, y no era la Sra. Garrido. Era una extraña, una mujer mucho mayor, pero tenía la misma sonrisa amable que su colega docente.

“¿Adónde vas, joven?”, preguntó la mujer bajando la ventanilla mientras detenía su auto junto a él en la carretera.

“Voy a la escuela secundaria. Está cerca”, respondió Jacinto, inclinándose para mirar a la mujer directamente.

“¡Qué casualidad! Yo también voy a la escuela. ¿Por qué no vienes conmigo?”, ofreció ella.

Un automóvil aparcado en un estacionamiento. | Foto: Pexels

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“No, señora. No quiero ser una molestia”, respondió el hombre, sacudiendo la cabeza pero sonriendo a la mujer.

“No es ningún problema y me puedes guiar porque en realidad es la primera vez que voy allí”, insistió la dama.

“Bueno, es realmente fácil. Simplemente siga recto por este camino y encontrará las señales. Realmente no hay forma de perderse”, explicó Jacinto, señalando hacia la calle.

“Por favor”, suplicó ella. “Por favor, ven conmigo. Me hará sentir mejor pensar que ayudé a alguien hoy. No he hecho mi buena acción del día. ¡Por favor!”.

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“Está bien, muy agradecido”. El hombre aceptó porque no quería ser grosero con la amable mujer. Además, a sus pies les vendría bien un descanso.

El viaje a la escuela fue tranquilo excepto por la música de la señora: Chuck Berry. Jacinto tarareó y disfrutó de los sonidos inconfundibles de su guitarra.

“¿Te gusta Chuck Berry?”, le preguntó la mujer mayor.

“Disfruto su música de vez en cuando”, dijo él.

“Ok”, dijo la mujer. Por alguna razón ella estaba sonriendo.

Envase con trapeadores colocados junto a una barandilla. | Foto: Unsplash

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“Nunca la he visto en la escuela. ¿Está solicitando un puesto de profesora allí?”, preguntó él.

“No, tengo que hacer algunas cosas allí hoy, y espero darle buenas noticias a alguien especial”, respondió ella.

Jacinto asintió, no queriendo entrometerse en sus asuntos privados. Se trasladaron en silencio durante el resto del viaje, excepto cuando el hombre tuvo que guiarla en algunas curvas.

“Puede dejarme aquí, por favor”, indicó el hombre, y la mujer se detuvo. “El estacionamiento está justo allí. Ya debería estar abierto, aunque es temprano”.

“Gracias por todo, joven”, le dijo ella.

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“No, gracias a usted por el aventón”, respondió él.

Ella le sonrió desde la ventanilla de su auto y dijo: “Espero verte pronto”.

“Qué dama tan amable”, se dijo a sí mismo mientras entraba al edificio y se dirigía al armario del conserje para prepararse para el día.

Al final de su jornada laboral, la Sra. Garrido fue a buscarlo. “Jacinto Bermúdez, ¿puedes venir a la biblioteca conmigo?”, preguntó.

Un hombre con rostro sorprendido. | Foto: Unsplash

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Jacinto le sonrió a la mujer. “¿Pasó algo? ¿Necesita que lleve el trapeador?”, preguntó.

“Será mejor que vengas y luego decidas qué necesitas”, explicó la mujer y se alejó, esperando que él la siguiera. El hombre pensó que su mensaje era extraño, pero la siguió.

Cuando llegaron a la biblioteca, Jacinto vio al Sr. Garcia, que era el director, a varios maestros, a algunos estudiantes y, sorprendentemente, a la mujer que lo había llevado ese día.

“¿Qué está pasando?”, preguntó, sin saber si sonreír o preocuparse por su trabajo.

El Sr. García se adelantó entre la multitud y le dio unas palmaditas en el hombro. “No pasa nada, Sr. Bermúdez. Solo tenemos algo para usted”, comenzó. “La Sra. Garrido nos contó sobre su situación, e incluso algunos de los estudiantes se enteraron”.

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“¿Qué situación?”.

“Su viaje diario al trabajo”, intervino la Sra. Garrido.

“Ah”, murmuró Jacinto, sin saber qué más decir. No estaba exactamente feliz de que todos en la escuela lo hubieran descubierto. Pero tampoco era un secreto. “Todavía no entiendo”.

“Bueno, nuestros estudiantes expertos en tecnología y en redes crearon un GoFundMe para usted”, reveló el Sr. García, aunque Jacinto no tenía idea de qué se trataba. “Tenga”.

Una mujer mayor con anteojos y rostro serio. | Foto: Pexels

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El director le entregó un cheque y Jacinto se quedó boquiabierto. Se quedó mirando el número escrito en la parte superior y no podía creerlo. El cheque era por $10.000.

“¿Qué es esto? ¿Qué es un GoFundMe?”, preguntó el hombre confundido, con la boca aún abierta por la sorpresa.

“Es un sitio de crowdfunding. Básicamente, las personas publican sobre buenas causas y otros donan todo lo que quieren. El enlace fue compartido y alcanzó la meta”, explicó la Sra. Garrido. “Puedes comprar un auto decente con ese dinero”.

Los ojos de Jacinto se humedecieron y sacudió la cabeza como si no fuera real.

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“Pero eso no es todo”, continuó el Sr. García. “Hay alguien aquí que vio el enlace que publicamos en línea. Hizo una donación y comenzó a hacer preguntas sobre usted. Esto podría ser una sorpresa aún mayor que el cheque”.

De repente, la señora que lo había llevado se adelantó con una sonrisa y comenzó su relato. “Hace años, mi esposo y yo fuimos de vacaciones a una isla muy lejos de aquí. Pero nuestro pequeño avión se estrelló”.

“Sobrevivimos, pero perdimos todo lo que teníamos, incluidas nuestras identificaciones, pasaportes y dinero”.

Jacinto frunció el ceño. No tenía idea de por qué ella le estaba contando eso. Pero él quería seguir escuchando.

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“Bueno, mi esposo se enfermó poco después. Afortunadamente, algunos residentes locales nos encontraron, pero lamentablemente, él no sobrevivió. Como no tenía identificación ni nada, no había forma de volver a casa”.

Una mujer mayor escribiendo en una computadora portátil. | Foto: Pexels

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“Tuve que vivir en esa isla durante décadas porque no había embajada ni forma de salir. Pero finalmente regresé hace unos meses y comencé a buscar a alguien importante”, continuó la dama.

Jacinto la miró fijamente, su corazón latía con fuerza en su pecho. Pensó que sabía a dónde iba esto, pero no podía estar seguro. No quería esperanzarse.

“Finalmente me puse en contacto con mi hermana y su esposo, pero no sabían dónde estaba mi hijo. No sabía cómo encontrarte hasta que apareció esa publicación en mi muro de Facebook. La publicación decía dónde vivías y donde trabajabas”.

“No tenía idea de que seguirías viviendo en nuestra antigua casa. Pensé que mi hermana la habría vendido para criarte”, continuó la mujer con lágrimas en el rostro.

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Jacinto no pudo contener sus propias emociones por más tiempo.

“Mi nombre es Raquel Bermúdez. Mi esposo era Carlos Bermúdez, y tú... tú eres mi querido Jacinto”, reveló, haciendo que el hombre cerrara los ojos con dolor y alegría. Todos a su alrededor también estaban llorando en ese momento.

“La tía Silvia me dijo que probablemente habían muerto. Ella me dio la casa y se mudó a otra ciudad poco después de que cumpliera 18 años”, dijo el hombre con la voz entrecortada.

“¿Puedo abrazarte?”, preguntó la mujer, extendiendo los brazos y frunciendo los labios.

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Un hombre impartiendo clases a un grupo de jovencitos. | Foto: Pexels

Jacinto asintió y levantó los brazos para abrazar a su madre por primera vez en más de 30 años. Todos aplaudieron este conmovedor reencuentro.

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Cuando se separaron, el hombre agradeció a cada persona en la biblioteca por el dinero y por hacer posible esta situación.

Eventualmente compró un auto decente, pero continuó trabajando en la escuela. La única diferencia era que su madre se había mudado de nuevo a su casa.

Ella lo animó a estudiar y obtener su diploma, y finalmente lo logró después de unos meses. Se inscribió en clases nocturnas en la universidad local y obtuvo su título en literatura, pues los libros habían sido su pasatiempo durante mucho tiempo.

Cuando se graduó, el Sr. García le ofreció un trabajo en esa misma escuela.

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Nunca te rindas porque puedes superar cualquier cosa pase lo que pase. Jacinto no renunció a su trabajo incluso cuando tardaba dos horas y media en llegar. Es el mejor ejemplo de constancia y superación.

Nunca es demasiado tarde para alcanzar todas sus metas. Jacinto logró obtener su diploma y un título universitario después de los cuarenta, lo que demuestra que nunca es demasiado tarde para comenzar de nuevo y lograr sus sueños.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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