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Anciano sentado al aire libre en una silla de ruedas. | Foto: Shutterstock
Anciano sentado al aire libre en una silla de ruedas. | Foto: Shutterstock

Mi nuera me echó de la casa cuando me convertí en una carga, luego se arrastró de rodillas - Historia del día

Un anciano enfermo fue expulsado de la casa de su hijo por su nuera que no quería cuidarlo. Sin embargo, ella acudió a él cuando sucedió algo sorprendente.

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“¿Eres nuevo aquí?”, me preguntó una señora amable en el hogar de ancianos cuándo llegué y me instalé. El personal me hizo rodar en mi silla de ruedas afuera, pues pensaban que necesitaba un poco de relajación. Esta mujer se acercó. Ella debe haber visto mi expresión triste.

Me encogí de hombros. “¿Por qué están todos aquí?”, respondí sarcásticamente. Levanté una comisura de mi boca, pero ella solo me devolvió la mirada con ojos muy abiertos y curiosidad.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

“Bueno, yo solía vivir con mi hijo. Pero mi nuera vio la oportunidad de echarme cuando él tuvo que viajar por trabajo”.

“Eso es terrible”, dijo. “Pero no es tan malo aquí. No estarás solo. La gente es amable y hay muchas actividades”.

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“Ya veo. ¿Cómo te llamas?”.

“Miriam, ¿y tú?”.

“Darwin”.

“Encantada de conocerte, Darwin”, dijo. “Me da curiosidad. ¿Qué hará tu hijo cuando regrese y se entere de que no estás?”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

“Bueno, no tengo idea”, negué con la cabeza. “Espero que al menos le dé un sermón a su esposa por hacer cosas a sus espaldas. Pero sospecho que ella podría convencerlo de que esto mejor. Tal vez sea mejor así. A veces ella tenía que cocinar y atenderme. Eso puede cansar”.

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“Siempre puedes contratar a alguien y puedes quedarte en casa”, dijo Miriam, sacudiendo la cabeza.

“Eso fue lo que pensé que sucedería. Quiero decir, mi hijo tiene dinero. No es un problema de dinero”, le dije.

“Bueno, te gustará aquí, y tal vez, tu hijo vendrá a recogerte pronto”, supuso y sonrió. Le devolví la sonrisa, pero no dije nada y continué disfrutando del aire libre.

Para mi total sorpresa, la persona que apareció desesperada en el hogar de ancianos semanas después no era mi hijo, Javier. Era Adelina, su esposa.

“¡Darwin! ¡Darwin! ¡Dios mío, lo siento mucho! ¡Por favor, tienes que volver a casa!”, se lamentó, arrodillándose frente a mí. Yo estaba leyendo en la sala común y todos se giraron para mirarnos.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Adelina, levántate. No hagas una escena”, le dije en voz baja.

“Por favor, Darwin. ¡Javier me echó! Y... nadie más me ofreció un lugar para quedarme. Todos estaban tan ocupados con sus vidas que ni siquiera pensaron en mí, y mi esposo no me dejó volver a la casa”. Adelina estaba sollozando en mi rodilla.

“Bueno, sé lo que se siente”, murmuré, el sarcasmo evidente en mi tono.

“¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Fui horrible contigo! ¡Por favor, tienes que volver con nosotros! ¡Haré lo que sea! ¡Cuidaré de ti! ¡No volveré a ser tan egoísta!”.

“Me odio a mí misma, pero no quiero que mi esposo o tú me odien. Por favor, lo siento muchísimo. Por favor, ¿me ayudarás?”, suplicó la mujer con ojos llorosos mirándome.

“Si Javier te echó, ¿por qué no está aquí por mí?”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“No le dije a qué asilo de ancianos te había enviado. Era la última ventaja que tenía. Quería castigarlo por estar enojado conmigo”.

“Apuesto a que te ha estado buscando, pero solo han pasado tres días desde que descubrió que te había sacado de la casa”, respondió, levantando la cabeza de mi rodilla.

Suspiré. No sabía qué decirle. Sinceramente, me habían empezado a gustar las cosas en el asilo. Miriam había tenido razón. Era agradable.

Estaba haciendo algunos amigos y el personal era extremadamente profesional. Esta podría haber sido la elección correcta, incluso si no la había hecho voluntariamente en un principio.

Le dije a Adelina que no podía regresar. Pero le pedí que llamara a Javier y le dijera dónde estaba. Tenía que hablar con mi hijo.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Él vino y se disculpó por lo que me había hecho su esposa. Dijo que le había prometido a su madre, mi difunta esposa, Sara, que siempre me cuidaría y nunca me enviaría lejos.

Le dije que no era un mal arreglo. De hecho, le aseguré que me iba mejor en el hogar de ancianos que en la casa solo sin nada que hacer.

Sin embargo, no le pedí que perdonara a Adelina. Eso dependía de él. Porque al final, ella había actuado a sus espaldas, y lo que pasara después era su elección.

Eventualmente, mi hijo perdonó a su esposa después de que ella comenzó a visitar y ser voluntaria en el hogar de ancianos. Le tomó un tiempo tomar esa decisión. Volvió a mudarse tres meses después de que él la echara.

Debido a que decidí quedarme en el asilo, me encontraba mucho mejor y, como beneficio adicional, Miriam y yo nos hicimos más cercanos.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Incluso le agradecí en algún momento por lo que hizo, lo que la hizo reír y disculparse nuevamente. Ella nunca actuó egoístamente de nuevo.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Las decisiones importantes, como enviar a uno de los padres a un hogar de ancianos, deben discutirse primero. Adelina tomó una decisión precipitada sin consultar primero con su esposo, lo que provocó que luego se arrepintiera.

  • Todo el mundo merece una segunda oportunidad. Aunque Adelina cometió un gran error, Darwin y Javier la perdonaron en algún momento porque ella era familia y merecía la oportunidad de hacer las paces.

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Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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