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Hijo que no visitó a su madre durante años llega y ve su casa destruida - Historia del día

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Andrés no visitó a su madre durante años. La descuidó después de que comenzó a tener una vida propia. Un día, tuvo que ir a recoger algunos documentos de su casa, solo para encontrar la vivienda destruida y abandonada.

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Diana Estévez crio sola a su hijo Andrés. Trabajó muy duro para alimentarlo y pagar su educación. Después de graduarse de la escuela secundaria, él decidió asistir a una universidad lejos de donde vivía.

Aunque Diana estaba triste, felizmente envió a su hijo a estudiar y a vivir en Ciudad de México mientras ella se quedó en Mérida, Yucatán.

La fachada de una casa vieja. | Foto: Shutterstock

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Se mantuvieron en contacto durante los primeros años del joven en la capital y él llamaba a su madre cada vez que tenía tiempo. Diana nunca pudo visitar a Andrés en Ciudad de México durante sus años en la universidad.

Su principal modo de comunicación era a través de llamadas telefónicas y, aunque estas comenzaron a disminuir con el paso del tiempo, Diana aún las apreciaba mucho.

Cuando Andrés estaba listo para graduarse de la universidad, llamó a su madre para invitarla. “¡Hola mamá!”, dijo por teléfono.

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“Hola hijo, ¡me alegra mucho saber de ti! ¿Cómo has estado?”, dijo emocionada.

“¡Estoy bien, mamá! Te llamo porque finalmente me graduaré en dos semanas. ¿Podrás venir?”, preguntó.

Al escuchar eso, Diana estaba muy orgullosa y sentía que iba a llorar. Ella haría cualquier cosa para ver a su precioso hijo recibir su diploma. “Por supuesto, Andrés. Estaré allí. ¡No me lo perdería! ¡Estoy muy orgullosa de ti!”, dijo contenta.

Tras finalizar la llamada, Diana procedió a buscar vuelos a Ciudad de México. Se sorprendió al ver que viajar a la capital era más caro de lo que pensaba.

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Una mujer mayor sorprendida son las manos sobre su rostro. | Foto: Shutterstock

Inmediatamente se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para comprar un boleto de ida y vuelta y un regalo especial de graduación para su hijo.

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Decidió trabajar un poco más como niñera para ganar dinero. Cuidó niños durante largas horas para ganar su dinero más rápido. Cuando tuvo suficientes ahorros, compró su boleto con entusiasmo y fue a la tienda por departamentos para comprarle un regalo a Andrés.

Diana paseó por la tienda durante un par de minutos antes de elegir un reloj. Se dio cuenta de que cualquier profesional necesitaba un reloj bonito y decente, así que quiso regalarle uno a su hijo.

“Por favor, envuélvalo bien con una cinta”, le dijo a la vendedora. “Es un regalo de graduación para mi hijo. ¡Se gradúa de una de las mejores universidades de Ciudad de México!”, dijo con orgullo.

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“¡Eso es increíble! Debe estar muy orgullosa. ¡Felicitaciones!”, dijo la vendedora, empacando el reloj.

Un par de días después, Diana se dirigió emocionada a la capital. Andrés la recogió en el aeropuerto y juntos se dirigieron a su campus, donde la ceremonia de graduación comenzaría en breve.

Diana sacó con entusiasmo su teléfono celular y comenzó a tomar fotografías. Cuando fue el turno de Andrés de recibir su diploma, ella no pudo evitar ponerse de pie y animar con todo su corazón. “¡Ese es mi hijo!”, exclamo la madre.

Un reloj de muñeca plateado. | Foto: Pexels

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Después de la ceremonia, Andrés se encontró con Diana y la envolvió en un abrazo. “¡Ay, hijo, felicidades!”, dijo la mujer mientras se abrazaban.

“Gracias, mamá. Todo esto es gracias a ti”, sonrió. “Vamos a tener una buena cena ahora”, dijo el joven mientras caminaba con su mamá hacia la salida de la universidad.

Andrés y Diana comieron en un elegante restaurante de carnes de la ciudad y disfrutaron de una agradable cena juntos.

Al principio, Diana estaba preocupada por la cuenta, hasta que Andrés le dijo que no se preocupara. “Tomé un trabajo de medio tiempo mientras estudiaba, mamá. Este es mi regalo para ti. Gracias por cuidarme todos estos años”, dijo, apretando su mano.

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Diana estaba llorando. Estaba muy agradecida de que Andrés creciera para ser un caballero tan amable. “Estoy orgullosa de ti, hijo”, dijo. “También te compré algo. No es nada grandioso, pero espero que te guste”.

Sacó la caja de regalo y se la entregó a Andrés. “Realmente no tenías que traerme nada, mamá”, dijo mientras lo abría.

Cuando vio que era un reloj, se sorprendió. “Esto es hermoso, mamá. Gracias”, dijo con una gran sonrisa en su rostro. “Voy a usarlo para trabajar todos los días. De esa manera, siempre te tendré conmigo”.

Esa noche, la madre y el hijo pasaron la velada conversando, tomando fotos y simplemente disfrutando de las vistas de la ciudad.

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Jóvenes levantando los birretes en sus manos el día de su graduación. | Foto: Pexels

Después de un par de días más en Ciudad de México, Diana tuvo que volar de regreso a Mérida. “¿Me visitarás en casa pronto, Andrés?”, preguntó antes de irse, recordando de repente que tendría que volver a casa para estar sola.

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“Lo intentaré, mamá. Tengo algunas entrevistas de trabajo programadas, así que no estoy seguro de cuándo podré ir. Sin embargo, prometo llamarte”, le aseguró el joven. Con eso, Diana asintió contenta.

Desafortunadamente, esa promesa duró poco. Andrés solía llamar a su madre cada dos días, pero eso disminuyó lentamente hasta que las llamadas dejaron de llegar.

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Durante una de sus llamadas finales, Diana mostró signos de depresión causados ​​por su soledad. “He perdido mucho peso y realmente no tengo apetito”, compartió.

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“Deberías comer, mamá. Sal y habla con tus vecinos y camina por el parque”, dijo Andrés, haciendo caso omiso de las señales que le daba su madre.

Durante años, el hombre solo llamaba a su madre de vez en cuando. Estaba ocupado trabajando y manteniendo su relación con su novia modelo, por lo que estas llamadas disminuyeron.

Un día, decidió montar su propia firma en Ciudad de México. Para eso, necesitaba algunos documentos que estaban en la casa de su madre en Mérida. No podía pedirle a su progenitora que los enviara por correo.

Un avión volando sobre las nubes. | Foto: Pexels

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Entonces, en el último minuto, tomó un vuelo hacia su ciudad de origen de regreso a casa y viajó a su casa sin decírselo a su madre. Pero cuando llegó allí, lo sorprendió lo que vio.

Su casa estaba destruida y todo estaba lleno de telarañas. Las vallas estaban en el suelo y el césped parecía como si no lo hubieran cortado en años. Miró adentro y vio la casa vacía excepto por algunos muebles arruinados.

Entonces Andrés llamó a su madre, pero ella no respondía, así que caminó hasta la casa del vecino de al lado para preguntarle qué había ocurrido.

“Hola, Sr. García”, dijo el hombre cuando su viejo vecino abrió la puerta.

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“¿Andrés? ¿Eres tú?”, preguntó. “¿Qué estás haciendo aquí?”.

“Soy yo, Sr. García. ¿Dónde está mamá? ¿Qué pasó con nuestra casa?”, dijo, sintiéndose culpable y asustado.

“Ah, bueno, ¿recuerdas la tormenta que azotó a Mérida hace un par de meses? Nuestras casas sufrieron graves daños. Tu madre no tenía suficiente dinero para repararla y dijo que no quería ser una carga para ti, así que se mudó a un asilo de ancianos”, explicó el Sr. García.

“¿Qué? ¿Por qué no supe nada de esto?”, dijo Andrés, sorprendido. “¿Dónde está su hogar de ancianos?”, preguntó.

Una casa vieja con las paredes y los pisos deteriorados. | Foto: Pexels

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Después de obtener la dirección, rápidamente se dirigió allí. Cuando llegó, vio a Diana, frágil y en silla de ruedas. “Mamá”, dijo, entre lágrimas, tan pronto como la vio.

“¿Andrés? ¿Qué estás haciendo aquí?”, preguntó la mujer mayor.

“Mamá, siento mucho no haberte prestado más atención. Lamento no haber estado allí cuando más me necesitabas”, dijo, de rodillas frente a la silla de ruedas de su mamá. Sollozaba, sintiéndose culpable por haber descuidado a su madre durante años.

“Andrés, no seas ridículo. Levántate”, dijo, tratando de levantar a su hijo. Él negó con la cabeza y se aferró a las rodillas de su mamá, y Diana no pudo evitar llorar.

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Pensó que nunca volvería a ver a Andrés, y verlo allí, en persona, pidiendo perdón, la hizo sentir conmovida y aliviada.

“Lo siento mucho, mamá. No tendrás que estar sola nunca más”, dijo, sacudiendo la cabeza. “Voy a vivir contigo y voy a cuidarte”, prometió.

Esta vez, Andrés realmente cumplió su promesa. Reparó por completo su antiguo hogar y sacó a su madre del asilo de ancianos cuando las reparaciones de su vivienda estuvieron terminadas.

También decidió iniciar su negocio en Yucatán en lugar de Ciudad de México y le pidió a su novia que se mudara con ellos. Desde entonces, los tres vivieron felices juntos.

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Un hombre afligido con una mano sobre sus ojos. | Foto: Pexels

La pareja cuidó a Diana y se aseguró de que volviera a ser feliz. Mientras tanto, la madre ayudaba en casa mientras Andrés y su novia trabajaban, cocinando para ellos y ayudando con las tareas del hogar.

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Siempre debemos hacer tiempo para nuestros seres queridos. No importa cuán ocupada esté la vida, siempre debemos tomarnos el tiempo para ver a nuestros seres queridos, sin importar cuán lejos estén.

El amor de una madre es para siempre. Aunque se sentía triste y abandonada, Diana nunca perdió su amor por Andrés. En cambio, mantuvo la esperanza de que algún día se reunirían de nuevo.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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