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Pobre anciano que compra víveres a diario deja de presentarse: dueña de tienda decide ir a chequearlo - Historia del día

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La dueña de una tienda decide ir a ver a uno de sus clientes habituales después de que de repente dejara de aparecer en su tienda. Lo que descubre la deja desconsolada.

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“¡Buenos días, Sr. Fernández! ¿Cómo está?”, preguntó Cristina Núñez alegremente cuando vio a su cliente habitual favorito, Ronald Fernández, en su tienda.

“¡Hola, cariño! Estoy bien”, respondió el hombre de 90 años, sonriendo. “¿Cómo están tus hijos? ¿Y tu esposo?”.

“Todo está bastante bien, Sr. Fernández. ¿Cómo puedo ayudarlo hoy?”.

Un anciano y una mujer en la caja de un supermercado. | Foto: Shutterstock

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“Me llevaré lo mismo de siempre: una zanahoria, una remolacha y repollo, como siempre”.

“Claro, Sr. Fernández. Le pediré a Cindy que le busque los productos”.

“Gracias, querida. Sabes, después de que mi esposa y yo nos mudamos aquí, estábamos bastante preocupados”.

El Sr. Fernández continuó contando que su esposa prefería las verduras frescas para su sopa, por eso iba a la tienda todas las mañanas para comprarlas. Temían no poder conseguir verduras frescas en la ciudad cuando se mudaron allí.

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Cristina a veces pensaba en cuánto el Sr. Fernández amaba a su esposa, pues no había un solo día en que no visitara la tienda para comprar cosas para su sopa.

“Ya sabes”, decía. “Ella siempre está ocupada en la cocina, así que yo estoy a cargo de las compras. Me duelen mucho las rodillas cuando camino, pero vengo aquí todos los días porque me encanta su sopa. Deberías probarla algún día. Nadie puede hacerla mejor que ella, te lo aseguro.

“Me encantaría, Sr. Fernández”, le dijo la mujer sonriendo mientras Cindy le traía sus compras. “Estoy segura de que a la Sra. Fernández le encantarán las verduras de hoy. Acaban de traerlas y están muy frescas. Por favor, envíele mis saludos”.

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Vegetales frescos en un anaquel. | Foto: Pexels

“¡Se lo diré!”, murmuró el anciano mientras se alejaba lentamente con su bastón.

A la mañana siguiente, cuando Cristina llegó a la tienda, le dijo a Cindy que preparara las compras del Sr. Fernández con anticipación. Sin embargo, él no se presentó en el lugar ese día.

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Pensó que algo debía haberlo mantenido ocupado, pero tampoco apareció al día siguiente y, en ese momento, Cristina se preocupó.

Él se había quejado de dolor en la rodilla la última vez que acudió a la tienda y pensó esa debía ser la razón. Entonces decidió llevar las compras a su casa. Recorrió el vecindario preguntando por su dirección.

Resultó que vivía en la calle de al lado. “¿Sr. Fernández? ¡Es Cristina! Le traje sus víveres”, dijo en voz alta después de tocar el timbre. Pero no obtuvo respuesta.

Tocó el timbre una vez más, y cuando nadie respondió de nuevo, intentó abrir la puerta. Para su sorpresa, descubrió que la puerta estaba abierta.

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“Sr. Fernández? ¿Está en casa?”, preguntó preocupada mientras entraba. Notó que toda la casa estaba a oscuras, con todas las ventanas cerradas, y que había un fuerte hedor como si no la hubieran limpiado en mucho tiempo.

Después de colocar las compras en una mesa, abrió las ventanas para ventilar el lugar. Los rayos de sol comenzaron a iluminar el espacio, revelando polvo y telarañas por todas partes.

La fachada de una casa con arbustos en la entrada. | Foto: Pexels

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Se dio cuenta de que todos los comestibles que había comprado su cliente estaban sobre una silla. Ni siquiera había abierto las verduras que había adquirido todos los días anteriores y algunas se habían echado a perder. ¿Qué le estaba pasando al señor?

“¿Sr. y Sra. Fernández? ¿Están arriba?”, llamó mientras subía las escaleras, esperando que la pareja estuviera a salvo, pero descubrió al anciano durmiendo solo en su cama.

“¿Sr. Fernández? ¿Está bien? ¿Dónde está su esposa?”, preguntó suavemente, tratando de despertarlo.

El anciano se despertó sobresaltado. “¿Dalia? ¿Eres tú? ¿Estás en casa?”, preguntó con voz temblorosa.

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“Sr. Fernández, soy Cristina. Vine a traer sus compras. ¿Se encuentra bien? ¿Dónde su esposa?”.

“¡Ay, Dalia!”, el anciano comenzó a llorar. “Ella… ella no vendrá. Dijo que vendría, pero no lo hizo...”.

Cristina no entendía muy bien lo que el Sr. Fernández estaba tratando de decirle. “Señor, tranquilo, por favor, cálmese. Déjeme traerle un poco de agua primero. Vuelvo enseguida”.

Bajó las escaleras y fue a la cocina para buscar un vaso de agua. Luego se lo llevó y, cuando se calmó un poco, le preguntó amablemente: “¿Qué pasó, Sr. Fernández? Puede decirme si necesita ayuda. ¿Su esposa está bien?”.

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“Ella... ella no va a volver, Cristina. Me dejó hace seis meses cuando un terrible accidente automovilístico me la arrebató”.

Un anciano con rostro triste sentado frente a una mesa. | Foto: Pexels

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“¿Qué?”, dijo Cristina mientras cubría su boca en estado de shock. “La Sra. Fernández...”.

“Ella había ido al mercado a comprar algunos artículos esenciales, y luego descubrí que murió en un accidente automovilístico. Pero no quiero aceptar que ya no está. Estuvimos felizmente casados ​​durante 65 años. No tuvimos hijos”.

“¡No puede dejarme así! ¡Ella regresará, lo sé! Por eso he estado comprando ingredientes todos los días para su sopa favorita. Solía ​​prepararla todas las mañanas para mí”.

Todo comenzó a tener sentido para Cristina, pues siempre veía solo al Sr. Fernández. Se sintió terrible por el pobre hombre y decidió ayudarlo.

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Ella llamó a su esposo, Jorge, y le contó todo lo sucedido. “Cariño, me preguntaba si podríamos dejar que se quedara con nosotros por un tiempo. Su casa necesita reparaciones. Y creo que necesita ver a un médico”.

“Todavía se está recuperando de la pérdida de su esposa. ¿Te importaría si se queda con nosotros?”.

“¡Por supuesto que no, Cristina! ¡Me siento mal porque el Sr. Fernández ha pasado por muchas cosas difíciles y no teníamos idea! Haz una cosa: tómate un día libre y cuídalo. Yo iré a la tienda hoy porque me tomé medio día libre del trabajo”.

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“¡Gracias, Jorge! ¡Te amo!”.

Una mujer hablando a través de un teléfono celular. | Foto: Pexels

“¡Yo también te amo, cariño! ¡Cuídate!”.

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Después de la llamada, Cristina le pidió al Sr. Fernández que se quedara en su casa unos días, a lo que el hombre mayor inicialmente se resistió, pero sucumbió cuando la mujer insistió.

Cristina y Jorge lo llevaron a un médico y se encargaron de reparar su casa. Resulta que el Sr. Fernández había sufrido un gran trauma la pérdida de su esposa. El médico aconsejó a la pareja que lo cuidaran bien; de lo contrario, su condición podría empeorar.

Los esposos le dijeron al Sr. Fernández que se quedara con ellos todo el tiempo que quisiera. También le dijeron que si quería regresar a casa no lo detendrían, pero lo visitarían todo el tiempo para revisar su condición. Y eso fue exactamente lo que hicieron.

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Cuando el anciano finalmente regresó a su casa, Cristina lo visitaba todos los días. Le preparaba el desayuno y la cena, y los fines de semana, su esposo y sus hijos iban con ella a la casa del señor.

Como resultado de eso, sus hijos se volvieron muy cercanos al Sr. Fernández y él comenzó a sentirse mucho mejor.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

No cuesta nada ser amable. La forma en que Cristina y Jorge intervinieron para ayudar al Sr. Fernández es un excelente ejemplo de esto. ¡Sé como ellos!

Ayuda a los demás cada vez que puedas. Si está en tus manos, haz un esfuerzo adicional y ayuda a otros que lo necesitan. Cristina y Jorge hicieron un trabajo fantástico al ayudar al Sr. Fernández.

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