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Hospedado en la casa de una anciana, estudiante pobre halla $750.000 y decide no decir nada - Historia del día

Mayra Pérez
24 abr 2022
20:30
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Cegado por la ambición, un joven comete un acto terrible y huye del lugar, solo para descubrir que alguien más está siendo culpado por sus acciones. Su conciencia no lo deja seguir adelante.

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Para Manuel Rosales, tener todo lo que creía merecer era lo más importante, y estaba dispuesto a pagar cualquier precio por ello. Era vanidoso, pero su situación económica era algo precaria.

Él era un joven muy guapo, encantador y brillante. Había recibido una beca para estudiar en una de las mejores universidades del país, y el hecho de estar rodeado de los más brillantes y ricos alumnos le hacía estar más consciente aún de su pobreza.

Fachada de una gran casa. | Foto: Shutterstock

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Cualquier cosa que sus compañeros de clases hicieran, quedaba fuera de las posibilidades de Manuel. No podía comprar pantalones a la medida, o usar camisas de lino impecable, ni suéteres de cachemira sensuales. Tampoco podía irse de vacaciones de esquí a Suiza o Argentina.

Manuel apenas podía permitirse una segunda cerveza en el pub, y definitivamente no podía darse el lujo de invitar a cenar a la hermosa Dania Herrera. En lugar de concentrarse en sus estudios, el joven comenzó a obsesionarse con lo que se estaba perdiendo.

Al final del día, regresaba al que era su hogar: una pequeña habitación que alquilaba en la casa de la señora Dolores, cuyo único encanto era el precio y el hecho de que estaba a solo tres cuadras a pie de la universidad.

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La señora Dolores había sido una mujer hermosa, pero la soledad y el miedo al futuro la habían convertido en una persona dura y avara. Su casa se estaba cayendo por la falta de una inversión apropiada.

Ella le gritaba constantemente a Manuel para que apagara las luces y no pasara demasiado tiempo en la ducha. Él la había visto pagar sus comestibles con unos pesados ​​frascos de cerámica llenos de monedas que guardaba en los estantes de la cocina.

Y, por supuesto, ella nunca daba propina. Pagaba la cuenta justa, contando cada centavo y miraba al repartidor de comestibles como si la estuviera engañando.

Por lo general, Manuel subía sigilosamente las escaleras y en lo posible la evitaba por completo, pero esa fatídica noche compró una lata de sopa y un panecillo de camino de regreso, así que fue a la cocina para preparar su escasa cena.

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Abrió la puerta de la cocina y le sorprendió ver a la señora Dolores tirada en el suelo, con un taburete a su lado y uno de los enormes frascos de cerámica, que guardaba en el estante alto, hecho añicos a su alrededor.

Un joven lee un libro en la biblioteca. | Foto: Unsplash

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La luz de la cocina brillaba sobre las pequeñas monedas de plata y cobre, y luego Manuel vio algo más. Unos rollos verdes esparcidos entre las monedas. Eso captó toda su atención, y lo hizo olvidar por completo que la Sra. Dolores estaba inconsciente.

El chico recogió uno de los rollos. Eran billetes de cincuenta dólares unidos con una banda elástica. Y allí, junto al pie de la señora Dolores, había otro y otro… Tomó uno a uno los rollos, y cuando los tuvo todos en sus bolsillos, miró los frascos de cerámica.

“¿Podría ser que cada uno de esos frascos estuviera lleno de billetes de $50? ¿Tanto dinero guardaba la señora Dolores?”, pensó. Se subió a una de las sillas e inspeccionó cuidadosamente el interior de los frascos.

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Cuando terminó, había acumulado lo que parecían cientos de miles de dólares en billetes viejos. Corrió escaleras arriba, reunió sus pocas pertenencias y metió el dinero en la bolsa de la ropa sucia.

Echó una última mirada hacia atrás para asegurarse de que no había dejado rastro de su presencia en la cocina y volvió a ver a la señora Dolores. Sabía que debía llamar al número de emergencias, pero temía que luego rastrearan la llamada hasta su teléfono.

Durante unos pocos segundos, mientras veía a la mujer que yacía allí con una pierna torcida y la barbilla colgando sobre el pecho, dudo. Pero casi de inmediato, eligió huir con el dinero y no correr riesgos.

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Entonces corrió, lo cual fue un error. Greta Farías, la vecina de al lado, lo vio saltar la valla y empezó a sospechar. Se asomó a la ventana de la cocina de su vecina e inmediatamente alertó a los demás.

“Era uno de esos estudiantes harapientos de cabello largo”, le dijo Greta al policía. “¡No me sorprende que la hayan atacado! ¿Han revisado si está todo su dinero?”.

Un recipiente de vidrio con un rollo de billetes en su interior. | Foto: Pexels

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El detective levantó una ceja. “¿Dinero? ¿Guardaba su dinero de la pensión en la casa?”, preguntó.

“¿De la pensión?”, se burló Greta. “¡La señora Dolores es una mujer rica! Enterró a tres maridos y nunca gastó un centavo. ¡No confiaba en los bancos! ¡Su abuela pasó hambre durante la Depresión y le dijo a su nieta que el único dinero seguro está en tu mano!”.

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El detective y su equipo comenzaron a buscar con mucha atención en toda la casa, y encontraron uno de los rollos de billetes que se había caído debajo de uno de los mostradores.

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“Mucho dinero”, reflexionó. “Él se puso codicioso, ella protestó, él la empujó…”.

La anciana estaba en el hospital y aún inconsciente, pero la señora Farías identificó al hombre que había visto huir de la casa. Señaló a un joven indigente que siempre estaba pidiendo trabajo y mendigando por el vecindario. Fue arrestado, y parecía que la justicia estaba satisfecha.

Mientras tanto, las cosas no eran tan color de rosa para Manuel. Había pensado que tener todo lo que quería sería genial, pero cada vez que tocaba el dinero se sentía sucio. En su mente seguía viendo a la señora Dolores tirada en el suelo.

Interior de una ambulancia con un paciente. | Foto: Unsplash

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Con el alijo de alrededor de 750 mil dólares, había alquilado una suite en un hotel de lujo. Para intentar distraerse, encendió el televisor y vio los titulares: SOSPECHOSO DEL ATAQUE A UNA ANCIANA ARRESTADO.

Manuel miró el fragmento con horror. El pobre muchacho que habían arrestado parecía tener problemas de salud mental y físicamente podría confundirse con él. “¡Va a ir a la cárcel!”, se dijo Manuel.

“Ibas a ser un buen hombre, un gran hombre. Ibas a cambiar el mundo”, gritó enojado consigo mismo. “¡Mírate, Manuel! ¿Qué eres? Un ladrón, un cobarde que deja que otro cargue con la culpa…”.

Tres días después, un Manuel ojeroso y con aspecto deplorable ​​entró en la comisaría de policía y pidió hablar con el detective a cargo del caso de la señora Dolores. Puso la bolsa de ropa sucia encima de su escritorio.

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“Todo el dinero está aquí”, dijo. “Nunca la lastimé. Se había caído de un taburete, creo... Vi el dinero y lo tomé, pero nunca la lastimé”.

El detective miró a Manuel con tristeza. “Lo sabemos”, dijo. “La señora Dolores está consciente y se recuperará por completo, pero no gracias a usted. Si la señora Farías no hubiera dado la alarma, habría muerto”.

El joven estaba llorando. “Lo sé, lo sé. Por eso estoy aquí”, admitió. “El otro chico, no hizo nada en absoluto... Quiero confesar. Este no es el hombre que quiero ser…”.

Manuel se disculpó con la Sra. Dolores. Por supuesto, recibió una sentencia acorde a su delito, pero por primera vez en mucho tiempo estaba en paz consigo mismo.

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Un joven detenido en una celda. | Foto: Pexels

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Nosotros decidimos quién queremos ser. Nuestras acciones nos definen; siempre tenemos la opción de hacer lo correcto o no y esa decisión puede cambiarnos la vida.

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Se necesita mucho coraje para afrontar un error. Manuel había perdido completamente su camino, consumido por la envidia y la ambición, pero se dio cuenta de que no podía vivir con lo que había hecho y tuvo el valor para asumir su error y confesar su delito.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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