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Huérfano discapacitado observa la mansión de un millonario al otro lado del lago: el hombre lo ve y se acerca - Historia del día

Mayra Pérez
27 abr 2022
15:30
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Pablo perdió a sus padres a los 11 años, y tiempo después sufrió un accidente que lo dejó en una silla de ruedas. Luego de ser adoptado, su vida cambió cuando visitó una cabaña en el lago.

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Los amorosos padres de Pablo murieron en un accidente automovilístico cuando él tenía 11 años. Una vecina lo había estado cuidando ese fatídico día.

Ella tuvo que entregarlo a un orfanato, porque no tenía la capacidad para cuidar al niño a tiempo completo. Pablo no tenía otros parientes que pudieran recibirlo y criarlo.

Un chico en silla de ruedas frente a un lago, con su perro. | Foto: Shutterstock

Un chico en silla de ruedas frente a un lago, con su perro. | Foto: Shutterstock

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Dos años después, Pablo se cayó por las escaleras del lugar donde vivía y a partir de ese momento, no pudo volver a caminar.

Los médicos dijeron que necesitaba una cirugía para recuperar su movilidad, pero el presupuesto del orfanato no les permitió costearla. Se vio obligado a usar una silla de ruedas para movilizarse.

Poco tiempo después, una familia solicitó adoptarlo. Ellos estaban dispuestos a cuidarlo y darle un hogar. Pablo amaba a su nueva familia. Lo trataban como a sus hijos biológicos y eso lo hacía parte de ellos.

Un día, la familia decidió pasar el fin de semana en su cabaña cerca del lago. “Podremos disfrutar de un tiempo fuera de la ciudad”, dijo su madre.

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Todos estaban muy emocionados. El aire fresco y la tranquilidad de la cabaña junto al lago les dio la bienvenida. La familia preparó una parrillada tan pronto como llegaron.

Pablo se acercó a la orilla del pequeño lago, y vio una enorme mansión al otro lado. La última vez que la familia había estado en la cabaña, esa casa no estaba.

“Papá, ¿conoces a esas personas que construyeron esa gran mansión?”, preguntó Pablo.

“No, pero claramente tienen mucho dinero”, respondió su padre y se rio.

Una cabaña frente a un lago. | Foto: Pexels

Una cabaña frente a un lago. | Foto: Pexels

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Pablo estuvo admirando la propiedad por un rato. De pronto, apareció un hombre, seguido por un niño que parecía de su edad. Observó a los dos jugar béisbol y lo invadió la tristeza.

“Cariño, ¿estás bien?”, preguntó su madre cuando notó lo callado que se había quedado.

“Sí. Solo extraño jugar béisbol con mi papá. Era tan bueno en eso”, dijo Pablo, sosteniendo la punta de la gorra de béisbol que llevaba puesta.

Su madre lo abrazó y se sentó con él durante unos minutos antes de que su hija menor la llamara. “¿Vas a estar bien?”, preguntó la mujer.

“Si, lo estaré, gracias”, respondió Pablo. Su madre se levantó y se alejó rápidamente.

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De repente, el hombre que jugaba béisbol golpeó la pelota con tanta fuerza que aterrizó a unos metros de Pablo. Corrió alrededor del lago para recogerla y se detuvo para mirar al chico en la silla de ruedas.

Caminó hacia él y se presentó como Pedro. “¿De dónde sacaste esa gorra?”, le preguntó, al tiempo que señalaba la que llevaba Pablo.

“Mi padre me lo dio poco antes de morir. Le encantaba el béisbol, así que jugábamos mucho juntos”, dijo Pablo.

Un jovencito con un bate de beisbol en un campo de juego. | Foto: Pexels

Un jovencito con un bate de beisbol en un campo de juego. | Foto: Pexels

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“¿Estás seguro?”, insistió Pedro.

“¡Claro!, estoy muy seguro. ¿Por qué preguntas?”, quiso saber Pablo.

“¿Está tu madre por aquí? ¿Puedes llamarla?”, preguntó Pedro.

Preocupado, Pablo llamó a su madre. Pedro se presentó tan pronto como ella llegó y preguntó por la gorra, ya que le resultaba muy familiar.

Ella respondió que el padre biológico del niño se la había dado antes de su muerte. Le contó que ellos no habían llegado a conocerlo, porque habían adoptado a Pablo recientemente. Llamó a su marido para que conociera a Pedro.

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Pedro estaba atónito. “Le regalé esa gorra a mi hermano en su cumpleaños cuando era un adolescente. Fue hecha especialmente para él y bordada con su apodo: Bam-Bam. Así lo llamábamos en nuestro equipo de béisbol”, dijo Pedro y comenzó a llorar.

“Mi papá nunca me dijo que tenía un hermano”, dijo Pablo, algo desconcertado.

“Cuando yo tenía 21 años y él 18, tuvimos una gran discusión. Peleamos por la casa que nuestra abuela nos había dejado a ambos. Yo quería convertirla en una casa de huéspedes”.

Hombre con su rostro entre sus manos, sentado frente a un lago. | Foto: Shutterstock

Hombre con su rostro entre sus manos, sentado frente a un lago. | Foto: Shutterstock

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“Él quería respetar la memoria de nuestra abuela y preservarla como estaba. Me salí con la mía porque era el mayor y nuestros padres vieron el potencial del lugar para ganar más dinero”, dijo Pedro.

Los padres de Pablo estaban sorprendidos. Lo miraron para ver su reacción y él estaba radiante de alegría. “¿Puedes contarme sobre mi padre?”, preguntó ansioso.

Pero justo en ese momento, Pedro se dio cuenta de que nunca volvería a ver a su hermano, y la pregunta quedó en el aire.

“No tenía idea de que había muerto, pensaba que vivía en un estado diferente y no quería tener nada que ver con nosotros”, dijo con tristeza.

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“Él murió cuando yo tenía 11 años. Viví en un orfanato durante algunos años antes de que me adoptaran. Ahora tengo dos hermanos adoptivos y muchos juguetes”, sonrió Pablo.

La alegría en el rostro de Pablo hizo que Pedro se sintiera mejor. Les explicó que había fundado una empresa de bienes raíces, que tuvo éxito. Estaba casado, tenía dos hijos y recientemente había construido la mansión cercana.

“Sí, ya nos dimos cuenta de que construiste una mansión aquí al lado”, bromeó el padre de Pablo.

Las dos familias se sintieron conectadas, y pasaron el resto del fin de semana conociéndose mejor y compartiendo el tiempo juntos.

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Tres personas se alejan de un lago caminando. | Foto: Pexels

Tres personas se alejan de un lago caminando. | Foto: Pexels

Pedro y el padre de Pablo tuvieron la oportunidad de quedarse a solas mientras pescaban en el lago. La conversación giró en torno a la parálisis del chico y la razón por la que no había podido hacerse la cirugía.

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“Me gustaría pagar por el procedimiento”, ofreció Pedro.

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“Acabas de conocerlo y no queremos que te sientas presionado. Estamos ahorrando para eso, así que confiamos en que podrá ser operado en unos años”, respondió el padre de Pablo.

“Sé que lo están intentando, pero quiero tratar de compensar lo que hice. Destruí la relación con mi hermano y nunca pude conocer a mi sobrino, ni ayudarlo cuando necesitó a su familia”, dijo Pedro.

Los padres finalmente aceptaron. Permitieron que su hijo adoptivo pasara más tiempo con Pedro y que él pagara el procedimiento. Después de la cirugía y meses de fisioterapia, pudo volver a caminar.

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Con el tiempo, Pablo aprendió sobre el negocio de su tío y pasó muchas vacaciones trabajando en su empresa. Se hizo muy cercano a Pedro y a través de él, conoció a su padre.

Dos hombres y un niño pescan en un muelle. | Foto: Pexels

Dos hombres y un niño pescan en un muelle. | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

Nuestras acciones pueden tener consecuencias devastadoras. Si Pedro y su hermano no hubiesen roto su relación, Pablo no habría tenido que vivir en un orfanato cuando murieron sus padres, y quizás jamás hubiera sufrido esa caída que lo dejó en una silla de ruedas.

Los lazos de sangre suelen generar una empatía instantánea entre las personas. Pedro no tuvo la oportunidad de conocer a su sobrino por muchos años, pero luego de encontrarse les resultó sencillo construir una relación cercana.

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