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Una alianza inscrita sobre una fotografía antigua. | Foto: Shutterstock
Fuente: Una alianza inscrita sobre una fotografía antigua. | Foto: Shutterstock

Mendigo se niega a vender el anillo familiar de su padre hasta que la vida de una niña depende de ello - Historia del día

Georgimar Coronil
08 nov 2022
07:50
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José había prometido a su padre que nunca vendería el último recuerdo de su familia. Pero cuando conoció a una amable mujer desesperada por salvar a su hija moribunda, tuvo que tomar una difícil decisión.

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José era un vagabundo de 30 años que mendigaba en la calle, pero podía convertirse en un hombre rico en un abrir y cerrar de ojos.

En un rincón de su viejo y andrajoso bolso había una pequeña caja que contenía un anillo antiguo con un diamante del tamaño de una almendra. Era su boleto para iniciar una vida de lujos. Un boleto que había jurado no cobrar nunca.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

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La magnífica joya era una reliquia familiar, como aprendió de su padre a principios de su infancia.

El padre de José era un afilador de cuchillos que había vivido una vida de grandes dificultades. Un hijo de la guerra que mantenía lo poco que podía para su mujer y su hijo mediante un trabajo honrado.

El hombre solía referirse en secreto al "anillo" en las conversaciones con su esposa, pero no le reveló a José la verdadera historia que había detrás hasta que cumplió los 18 años.

"¿Por qué no podemos vender esa cosa? Nos sacaría de esta vida miserable de una vez por todas. Es como si eligiéramos ser pobres", le dijo José, enfadado, a su anciano padre viudo.

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"¡Este no es un anillo cualquiera, José!", respondió su padre sin rodeos. "Se lo regaló una de las familias más ricas de su época a mi abuelo, cuando salvó a una de sus hijas de morir ahogada. Fue el anillo que mi abuela conservó después de su muerte y que le pasó a su hijo antes de morir", contó el papá de José.

La historia llenó a José de orgullo momentáneo, pero todo se desvaneció cuando llegó a la adolescencia y tuvo que volver a salir a la calle, a afilar cuchillos bajo el sol abrasador.

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"Algún día voy a convencer a mi padre de que venda el anillo. O engañarlo, si es necesario", pensaba.

Pero su padre lo conocía bien, así que mantuvo la joya oculta hasta que estuvo en su lecho de muerte.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

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"Hijo, sé que no he sido necesariamente el mejor padre. Estoy seguro de que una parte de ti querrá llevar ese anillo a la casa de empeños el día de mi muerte. Es una vida dura la que te he hecho pasar. Pero también es una vida honesta”, expresó.

"Recuerda: este anillo es lo único que quedará de tu familia cuando me vaya."

"Y no olvides que este anillo fue recibido como una bendición por un acto de bondad. De ti depende no dejarlo ir en un acto de codicia. Confío en ti, hijo; sé que harás lo correcto", concluyó.

Tras la muerte de su padre, el mundo de José se desmoronó rápidamente. Los bancos se apoderaron de la casa y ya nadie necesitaba afiladores de cuchillos.

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En pocas semanas, José estaba en la calle, haciendo algún que otro trabajito y mendigando. Todo ello mientras el anillo estaba escondido en un rincón de su bolso.

Pasaron los años, pero José nunca volvió a pensar en vender la joya. Había prometido a su padre moribundo que no lo haría, y eso significaba todo para él.

Hasta aquel frío día de invierno en el que conoció a una amable mujer que le entregó un bocadillo y no dejaba de llorar.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

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"¿Qué le pasa, señorita?", José frunció el ceño con preocupación mientras comía el panecillo que la dama le acababa de dar.

"Ya no le encuentro sentido a esta vida. Mi hija, mi pequeña Anya", dijo, cayendo de rodillas sobre el pavimento.

La mujer estaba inconsolable, y no había nada que José pudiera hacer excepto acariciar su espalda para calmarla.

Al cabo de unos minutos, José conoció la desgarradora historia de la mujer. Se llamaba Natalia y, hasta hace unos meses, llevaba una vida feliz con su marido, Esteban, y su hija Anya.

Pero cuando Anya empezó a desmayarse de repente todos los días en el colegio, su mundo perfecto empezó a desmoronarse.

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"Los médicos le hicieron una prueba tras otra, y finalmente pudieron detectar un raro tumor. La mayoría de los médicos consideraron que era demasiado arriesgado operarlo, y los pocos que son lo suficientemente hábiles para hacerlo… ¡quieren cobrar unos honorarios que ni siquiera me atrevo a soñar!", contó Natalia, tapándose la cara con las palmas de las manos.

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También reveló cómo Esteban se había cansado finalmente de todas las dificultades y se había marchado para no volver jamás. La indefensa madre estaba sola, aferrándose a sus últimas esperanzas y rezando a todos los dioses conocidos para que le perdonaran la vida a su inocente hija.

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"No queda bondad en este mundo", dijo con amargura, limpiando las lágrimas de su rostro. Se levantó, le dio las gracias a José y se dio la vuelta para marcharse.

"¡Espera!" dijo él en un momento de epifanía.

"No pierdas la esperanza todavía. Hay algo que podría hacer para ayudarlas a ti y a Anya", aseguró con calma.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

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Natalia no estaba segura de cómo podría ayudarla un mendigo sin hogar, pero estaba dispuesta a aceptar cualquier posibilidad de un milagro para su hija.

Al día siguiente, estaba rezando en la iglesia local cuando recibió una impactante llamada del hospital.

"Señora, la operación de su hija ha sido pagada esta mañana. El cirujano especialista vendrá esta tarde desde Suiza para realizar la intervención. Por favor, baje inmediatamente".

Natalia nunca habría imaginado que el salvador de su hija era el vagabundo que había conocido el día anterior. Pero cuando él le explicó que tenía "algo de dinero de la herencia" que cubriría el tratamiento de Anya, ella lo abrazó con todas sus fuerzas.

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"¡No sé cómo agradecértelo, José!", exclamó Natalia.

"Me gustaría verla después de la intervención, si te parece bien", le pidió José.

Tras seis largas horas de operación, José pudo por fin conocer a la niña que era el centro del universo de Natalia.

"¡Esa banda en la cabeza te hace ver tan bonita! Yo también quiero una", le susurró José a la pequeña, sacándole una tímida sonrisa.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

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Después de meses, Natalia por fin tuvo un montón de buenos sentimientos esa noche. Una mezcla de alivio, alegría y otro extraño afecto hacia el hombre que estaba creando un vínculo con su hija.

José miró los ojos empañados de Natalia y también lo sintió.

La recuperación de Anya fue lenta pero constante. Durante los dos meses siguientes, José pasó todas las tardes con la niña, leyéndole cuentos y llevándole pequeños regalos.

Y cada noche, José y Natalia se acercaban un poco más, comiendo abundantemente la lasaña favorita de José y escuchando la lista de canciones de blues favoritas de Natalia. Día tras día, empezaron a abrirse un poco más el corazón el uno al otro, enamorándose un poco más.

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Cuando Anya recibió el alta, José ya se había convertido en un miembro de su familia. Finalmente, se mudó con ellas, montó un pequeño negocio, y dos años después, él y Natalia se casaron en una tranquila ceremonia en la iglesia local.

Después del matrimonio, Natalia se enteró de la historia del anillo que José había atesorado durante años y que vendió para el tratamiento de Anya en un abrir y cerrar de ojos.

"¿No te arrepientes nunca? ¿De haber roto tu promesa a tu padre?", le preguntó una noche, agarrándole la mano.

"No, no me arrepiento. Tuve que ir en contra de mi palabra y vender el anillo. Eso sí, no lo vendí por avaricia, sino por bondad. Estoy seguro de que mi padre lo habría aprobado", respondió con lágrimas en los ojos. "Y además, solamente perdí el anillo, pero mira lo que encontré: ¡una familia cariñosa!".

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Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Getty Images

¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Hay que ser amables, especialmente cuando no es fácil: José se enfrentó a una decisión difícil cuando conoció la historia de Anya y de su desesperada madre, y tomó la decisión correcta al vender el anillo.
  • El universo siempre cuida de los que tienen buen corazón: Natalia y José eran almas bondadosas que atravesaban una época oscura, y el universo los conectó de por vida.

Este relato está inspirado en la vida cotidiana de nuestros lectores y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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