Historias Inspiradoras

17 de octubre de 2021

Mujer abre la puerta y ve a una niña llorando que dice que su mamá está en la casa - Historia del día

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El impulso de una joven de ayudar a una niña en duelo terminó por cambiar su vida y traerle felicidad.

¿Cuántos de nosotros podemos afirmar que el destino llamó a nuestra puerta? Sin embargo, eso fue lo que le sucedió a Ana Montiel. En su caso, el destino tomó la forma de una niña de grandes ojos marrones con el cabello en una trenza.

El timbre de la puerta sonó y la mujer abrió para encontrarse a una niña de no más de seis años con un bonito vestido de cuadros. “Hola cariño”, dijo con suavidad. “Creo que te equivocaste de casa”.

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La pequeña negó con la cabeza. “No, esta es la casa de mi mami. Por favor, ¿puede llamarla?”.

“Lo siento, cariño", dijo la mujer. “Soy la única persona que vive aquí”. La niña empezó a llorar. “¡Por favor, por favor! ¡Necesito a mi mami!”.

“A ver, cielo, ¿dónde está tu papá?”, preguntó Ana. “Él está en casa. Dice que mamá se ha ido para siempre, pero sé que no es cierto. ¡Ella está aquí!”, sollozó la niña.

La mujer se agachó y miró a la niña a los ojos. “Cariño, te prometo que tu mami no está aquí. ¿Qué tal si te doy un poco de leche tibia y galletas y te llevo a casa con tu papi?”.

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La niña miró a Anna con tristeza. “Está bien”, susurró.

Ana fue a buscar sus cosas, pero cuando volvió a mirar a su alrededor, la niña se había ido. ¿Había sido todo un sueño? La mujer caminó hacia la casa de al lado y llamó a la puerta de la Sra. Delgado.

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Le contó a la vecina sobre la misteriosa niña. “¡Se desvaneció tan rápido que casi sentí que todo había sido un sueño!”, dijo la mujer.

La señora le sirvió un poco de té a Ana. “Tu casa solía pertenecer a una pequeña familia. Tenían una niña pequeña. Gente agradable. Pero la madre se puso muy enferma y después de que ella falleció, su esposo vendió la vivienda. Esa debe ser la pequeña”.

“¡Pobre criatura!”, suspiró la mujer. “¡Perder a su madre tan pequeña!”. “No recuerdo su nombre...”, dijo la Sra. Delgado. “Es mi memoria... pero la niña... ¡Se llamaba Cecilia!”.

“Cecilia”, dijo Ana. “Si vuelve, llamaré a la policía y la llevaré a casa. Es demasiado pequeña para que esté vagando sola por las calles”. Pero la niña no regresó y la vida de la mujer continuó según lo planeado.

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Ella siempre había creído en hacer planes. Había planeado casarse a los 25 y convertirse en madre a los 28. Pero durante cuatro años ella y su esposo habían intentado concebir y todavía no habían logrado tener un bebé.

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Después de muchos tratamientos dolorosos, había quedado embarazada, pero lamentablemente había perdido a su bebé cuando solo tenía un mes. Los médicos le dijeron que sus posibilidades de tener otro eran escasas o nulas.

Su esposo le dijo con toda franqueza que no tener hijos no estaba en sus planes y que no quería adoptar. La abandonó y quedó devastada y sola con sus sueños destrozados.

Ana entendía el dolor de Cecilia, pues había un vacío en su vida y en sus brazos, donde debería estar su bebé. La mujer sabía lo difícil que era dejar ir a un ser querido. Esperaba que la niña regresara, pero pasaron meses sin una visita.

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Entonces, una noche de invierno, alguien llamó a su puerta. Cuando abrió, allí estaba Cecilia, acurrucada en un abrigo de invierno con lágrimas congeladas en sus pequeñas mejillas.

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“Por favor, señora, realmente necesito a mi mami. Papi está en el suelo y no puedo despertarlo. ¡Por favor, por favor, llame a mi mami!”.

Ana estaba horrorizada. Cogió su abrigo y su bolso. “Cariño, Cecilia, ¿verdad? ¿Puedes mostrarme dónde está tu papá?”.

La niña le sonrió a la mujer. “¡Sabía que te acordarías de mí, mami! ¡Ven!”, y tiró con urgencia de la mano de Ana y la llevó a un edificio de apartamentos a tres cuadras de distancia.

La mujer encontró la puerta principal abierta, y tendido en medio de una habitación miserable había un hombre inconsciente. Trató de despertarlo. ¡Apestaba a alcohol! Ella lo arrastró y lo subió al sofá y entró en la cocina. Era una vergüenza.

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Ana preparó una taza de café y comenzó a limpiar. Cecilia la siguió. “Mami, ¿vas a hacer galletas? ¡Echaba de menos tus galletas!”.

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“Cecilia, no soy tu mami, pero te haré unas galletas”, le dijo la mujer a la niña. Durante la siguiente hora, la joven organizó un poco el apartamento y metió una bandeja de galletas en el horno.

Pronto el delicioso aroma de los bizcochos y el café llenó la casa. Ana llenó una taza de café y volvió a donde estaba el hombre. Ella lo sacudió. “¡Despierta!”, le dijo. “¡Tu hija te necesita!”.

El hombre abrió los ojos hinchados y por un momento su rostro reflejó una esperanza naciente. “¿Elisa?”, susurró.

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“Soy Ana, y su hija vino a llamar a mi puerta buscando a su madre”. La voz de Ana era áspera. “Ella necesita a su padre. ¡Necesita que esté sobrio y se recupere!”. El hombre luchó por levantarse del sofá. “¡No te necesito a ti ni a tu ayuda! Fuera”.

“No estoy aquí por ti, tonto. Estoy aquí por Cecilia”, Ana espetó. “Y recuerda, mientras estabas aquí revolcándote en la autocompasión, ella estaba llamando a la puerta de una extraña”.

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La mujer se despidió de Cecilia con un beso y salió. Nunca imaginó que volvería a verla o a su horrible padre. Pero una semana después, alguien llamó a su puerta. Un hombre alto y guapo estaba parado allí.

“Hola”, dijo con nerviosismo. “Quería darte las gracias y disculparme...”. “Lo siento”, dijo Ana desconcertada. “¿Quién eres?”.

El hombre se sonrojó. “Soy Antonio, el padre de Cecilia. Quería agradecerte por lo que hiciste por ella y por mí. Estaba tan perdido en mi dolor que no me di cuenta de lo que estaba pasando mi hija”.

Ana sonrió. “Está bien, sé lo difícil que es superar esos días oscuros”. Antonio miró los ojos tristes de la mujer. “¿También perdiste a alguien?”.

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“Perdí un hijo”, susurró ella con lágrimas en los ojos. “Después de su muerte, mi esposo se fue...”.

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A partir de entonces, Ana comenzó a visitar a Cecilia y a su padre. Los tres se ayudaron mutuamente a superar su dolor. Un día, la mujer y el hombre descubrieron que estaban enamorados, Cecilia ya lo sabía, y se casaron.

Dos años después, Ana fue bendecida por un milagro inesperado. Descubrió que estaba embarazada y ella y su ahora esposo dieron la bienvenida a un hermoso y saludable bebé. La niña se convirtió en la hermana mayor más orgullosa del mundo.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

El destino puede traer felicidad a nuestra puerta cuando menos lo esperamos. Ana estaba triste y sola hasta que Cecilia llamó a su puerta buscando a su madre.

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A veces, una llamada de atención puede cambiar una vida. La visita de Ana le mostró a Antonio que tenía que fortalecerse y concentrarse en su hija.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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