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Mujer cruzando la calle de noche con una maleta. | Shutterstock
Fuente: Mujer cruzando la calle de noche con una maleta. | Shutterstock

Mujer alberga a embarazada echada por novio y descubre que es su hermana - Historia del día

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Cristina estaba sentada en una parada de autobús tras ser echada de la casa de su novio. De repente, un automóvil se detuvo y una mujer le ofreció ayuda. Sin otras opciones, la joven aceptó y se subió al vehículo. No podía imaginarse lo que pasaría después.

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Era una noche fría y Cristina lloraba en silencio en una parada de autobús. Solo tenía un bolso y un par de billetes de cien dólares encima.

Su novio, Ricardo, acababa de echarla de la casa tras su regreso del hospital. Habían estado saliendo durante un par de años y vivían juntos, aunque no estaban casados y él no quería tener hijos.

Una mujer con una maleta atravesando una calle. | Foto: Shutterstock

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Pero la joven había descubierto que tenía tres meses de embarazo. Después de contárselo a Ricardo, él comenzó a tratarla de manera diferente, aunque ella tenía la esperanza de que el hombre comenzara a aceptar la idea de ser padre.

Un par de meses después, la joven comenzó a sangrar inesperadamente y fue al hospital para asegurarse de que su bebé estuviera a salvo. Cuando regresó a casa, Ricardo estaba sentado en el sofá y había un bolso con su ropa junto a la puerta.

“¿Qué pasa?”, preguntó ella, preocupada.

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Ricardo se puso de pie y se cruzó de brazos en una pose intimidante. “Tendrás que irte de la casa. Sin discusión. No voy a criar a ese bebé. Adiós”. Se alejó después de pronunciar esas pocas palabras. Cristina quedó impactada. No tenía a dónde ir, pero no le suplicaría.

Ricardo no la amaba. Así que la mujer agarró su bolso y se alejó. Revisó su billetera y luego su aplicación de banca telefónica. No tenía mucho dinero, por lo que tomar un taxi estaba fuera de discusión.

Tendría que tomar un autobús, aunque no tenía idea de a dónde iría. Desafortunadamente, empezó a llover y la temperatura comenzó a bajar mucho.

Una mujer sosteniendo una bandeja contra su pecho. | Foto: Unsplash

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Afortunadamente, llevaba un suéter abrigado. Pero por alguna razón, no llegaban autobuses, y fue entonces cuando comenzó a llorar desesperada. Había regresado al punto de partida.

Cristina no tenía familia. Había crecido en un orfanato y nadie la había adoptado. A los 18 años la echaron y estuvo sola durante mucho tiempo. Trabajó como mesera en varios lugares y vivió con muchas compañeras de cuarto en una zona pobre de la ciudad.

Eso fue hasta que Ricardo entró en su vida. Venía de una familia adinerada, y se llevaron bien de inmediato. Cuando descubrió su situación de vida, la invitó a vivir con él, y así pasaron años.

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Ahora, estaba sola y desesperada una vez más. Cristina pensó en llamar a una de sus antiguas compañeras de cuarto, pero su teléfono se había quedado sin batería.

“¡Dios!”, exclamó desesperada con ganas de tirar el teléfono. De repente, un automóvil se detuvo frente a ella. La mujer en el asiento del conductor bajó la ventanilla y Cristina rápidamente observó sus ojos amables y su rostro familiar.

No podía tener más de 35 años, pero la joven no sabía si la había visto antes.

“Oye, ¿necesitas que te lleve?”, preguntó la mujer.

Una mujer dentro de un automóvil mirando su teléfono celular. | Foto: Pexels

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“No, hmm... estoy esperando el autobús”, tartamudeó Cristina.

“No creo que lleguen autobuses con este clima. Leí que podría llegar una fuerte tormenta más tarde en la noche. ¿Estás segura de que no quieres que te lleve a algún lado?”.

“Bueno, realmente no tengo a dónde ir. Estoy tratando de resolver eso, pero mi teléfono se quedó sin batería”, respondió y se rio sin ganas.

La mujer frunció el ceño y la miró intensamente. “Ok, normalmente no hago esto. Pero, ¿qué tal si vienes a casa conmigo?”.

“Oh no. No podría”.

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“Vamos. No podría dejar a una chica aquí sola. Te juro que soy una buena persona”, insistió la mujer y sonrió.

Cristina no tuvo elección. Esta mujer era su única opción y decidió aceptar su oferta. “Muchas gracias. Nadie más hubiera invitado a una extraña a casa así”, comentó la joven una vez que se subió a su automóvil.

“No hay problema. Soy Camila, por cierto. Encantada de conocerte”, se presentó la mujer mientras conducía hacia su casa.

“Soy Cristina”, respondió ella y se rio torpemente. Camila la miró de forma extraña por un segundo y regresó su atención a la carretera.

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Una mujer tomando una taza de chocolate con crema batida. | Foto: Pexels

Charlaron hasta que llegaron a una hermosa casa no muy lejos de la parada del autobús y la mujer la acompañó al interior. Su casa era cálida, acogedora y olía a canela.

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Camila le mostró dónde podía dormir y Cristina se acomodó. Enchufó su teléfono para cargar la batería y salió a la cocina donde la mujer estaba haciendo chocolate caliente mientras jugueteaba con su teléfono. Después de ver a la joven, le ofreció una taza llena de malvaviscos.

“Gracias de nuevo. Eres muy amable”, repitió Cristina su gratitud y bebió un sorbo de la taza. Camila sonrió y le dijo que se sentara. Comenzaron a hablar, aunque la mujer estaba ocupada tratando de llamar a alguien. La otra persona no contestaba.

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“Lo siento, estoy un poco distraída. He estado tratando de llamar a este número y simplemente no funciona”, se disculpó Camila cuando Cristina le preguntó qué estaba haciendo.

“Ah. Puedes seguir intentándolo. Eso me recuerda que debería encender mi teléfono y revisar algunas cosas”, dijo Cristina, levantándose y dirigiéndose a la habitación de invitados.

Encendió su teléfono celular, aunque todavía necesitaba cargarse durante una hora más o menos. Vio varias llamadas perdidas de un número desconocido y no pensó en ello. Pero inesperadamente, su dispositivo comenzó a sonar. Era el mismo número. Entonces ella deslizó sus dedos para atender. “Hola”, dijo ella.

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Una mujer mirando su teléfono celular. | Foto: Pexels

“¡Hola!”, respondió alguien al otro lado de la línea, pero había una especie de eco extraño. “¡Hola! ¿Está ahí?”.

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Cristina frunció el ceño, apartando el teléfono de sus oídos, pero sin presionar el altavoz. Entonces escuchó a Camila desde la cocina. Se volvió a poner el teléfono en la oreja y dijo: “¿Camila?”.

Hubo un momento de silencio. “¿Cómo sabes mi número?”.

Cristina desenchufó su teléfono y salió a la sala, donde Camila sostenía su propio teléfono en su oído. “¡Hola! ¡Hola!”.

“Camila, soy yo”, dijo Cristina, señalando su teléfono. La dueña de la casa miró a la joven desde el sofá de la sala y su boca se abrió. La futura madre estaba confundida.

Pero antes de que pudiera hacer preguntas, Camila comenzó a llorar y se apresuró a darle un fuerte abrazo. “Eres tú. ¡Dios mío! ¡No puedo creerlo!”, exclamó la mujer mientras mecía a Cristina de un lado a otro.

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La joven le devolvió el abrazo, aunque no sabía lo que ocurría. “¿No entiendo lo que está pasando? ¿Me encontraste en esa parada de autobús a propósito? ¿Cómo es que me conoces?”.

Camila se soltó y su rostro se llenó de lágrimas de felicidad. Pero le sonrió amablemente a Cristina y comenzó a hablar. “Oh no. Esta noche fue una completa coincidencia. Tú y yo nunca nos hemos conocido”, dijo.

Una mujer emocionada con los ojos llorosos cubriendo su rostro con sus manos. | Foto: Pexels

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“Pero deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo. Solo sé tu número porque mi investigador privado lo acaba de descubrir. Pero solo me dio un nombre y tu número”.

“No entiendo. ¿Un investigador privado?”.

“Cristina, eres mi hermana”, reveló Camila, para gran sorpresa de la joven. “Nuestros padres te abandonaron porque no podían permitirse otro hijo, pero no supe de ti hasta hace unos meses. Me lo contó nuestra abuela. Decidí contratar a alguien para que te encontrara”.

“Eso es imposible”.

“En realidad, lo que es imposible es que tú y yo nos encontráramos por casualidad. Estoy maravillada. Pensé que era extraño que tuvieras el mismo nombre que me habían dado”.

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“¡Pero no pensé que serías tú! ¡Es el destino!”, exclamó la mujer, secándose las lágrimas y sonriendo alegremente.

“No puedo creer esto. Nunca tuve una familia”, murmuró Cristina, tapándose la boca con asombro.

“Lamento eso. Creo que nuestros padres pensaron que serías adoptada por una gran familia. Al menos, eso es lo que me gusta pensar. Murieron hace dos años”.

“Creo que mi abuela vio lo sola que me sentía y decidió hablarme de ti”, explicó Camila, llevando a Cristina de regreso al sofá para que pudieran charlar.

Una mujer tomando una bebida con una toalla en la cabeza. | Foto: Pexels

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Hablaron durante horas esa noche, y finalmente, la joven comenzó a creer en su hermana. Camila le había dicho que podía quedarse con ella todo el tiempo que quisiera.

Pero era hora de decir la verdad y revelar por qué estaba sola. Entonces le contó a su hermana mayor todo sobre Ricardo y su embarazo.

“¡Ay Dios mío! ¡¿Cómo no me di cuenta de que estabas embarazada?!”, gritó Camila.

“Bueno, este es un suéter grande. Pero, aun así, soy bastante delgada. Pensé que podría estar más rellenita ahora”, respondió Cristina con indiferencia.

“No, no te preocupes. Apenas tienes cinco meses. Está bien. Probablemente pronto tu panza estará más grande”.

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“Bueno. Pero, por otra parte, no puedo mudarme aquí y perturbar tu vida con un bebé recién nacido. Solo tengo que orientarme y diseñar un plan”, continuó Cristina, pensando profundamente.

“¡No! Te vas a quedar conmigo. ¡Ese es mi sobrino o sobrina! ¡No me voy a perder esta etapa de tu vida! Ya extrañé tener una hermana durante la mayor parte de mi vida. ¡Estoy aquí para ti!”, insistió la mujer.

Así que Cristina se mudó permanentemente con su hermana y, cuatro meses después, comenzó con el trabajo de parto. Ambas esperaron mucho tiempo en el hospital.

Camila se fue por unas horas prometiendo regresar pronto y volvió justo a tiempo para el parto. Entonces, las hermanas recibieron a la bebé, Tania, con asombro.

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Una madre con su bebé recién nacido en una cama de hospital. | Foto: Pexels

“Tengo que decirte algo”, dijo Camila tímidamente cuando las enfermeras se llevaron a la pequeña recién nacida por un rato.

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Cristina preguntó qué pasaba y su hermana mayor reveló: “Fui a buscar a Ricardo. Está afuera. Lo convencí de que viniera y, si estás de acuerdo, se hará una prueba de ADN”.

“¿Qué?”, dijo su hermana, sorprendida. “¿Qué quieres decir con una prueba de ADN?”.

“Bueno, fui a gritarle y lo arrastré hasta aquí para que viera el nacimiento de su bebé. Luego soltó que no era posible que fuera su bebé porque se había sometido a una vasectomía mucho antes de conocerte. ¿Sabías eso?”, preguntó Camila, retorciéndose las manos.

“No sabía. ¡Ay Dios! Él cree que le fui infiel. Pero te lo juro. No he estado con otro hombre en años”.

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“Le dije que las vasectomías podían fallar a veces, y después de algunos insultos de mi parte, decidió venir. ¿Aceptarías una prueba de ADN?”, preguntó Camila. “Tendrías que conseguir una para exigir la manutención de tu hija de todos modos”.

“Sí. Quiero decir... guau. Sí. Acepto”.

Lo arreglaron todo y, unos días después, las pruebas confirmaron que Tania era hija de Ricardo. El hombre se disculpó mucho y quería volver con Cristina.

Una mujer sosteniendo a una bebé. | Foto: Pexels

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Pero él había sido muy cruel con ella durante su época más vulnerable, por lo que ella no quería nada de su parte, excepto una relación de crianza compartida. Cristina se quedó con Camila y fue lo mejor que pudo hacer.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Las vasectomías no son infalibles. Consulta con tu médico de confianza para realizarte los controles pertinentes.

Algunas coincidencias ocurren por una razón. Camila recogió a Cristina sin saber que era su hermana. Fue una coincidencia tan grande que finalmente creyeron que era el destino.

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Este relato está inspirado en la historia de un lector y ha sido escrito por un redactor profesional. Cualquier parecido con nombres o ubicaciones reales es pura coincidencia. Todas las imágenes mostradas son exclusivamente de carácter ilustrativo. Comparte tu historia con nosotros, podría cambiar la vida de alguien. Si deseas compartir tu historia, envíala a info@amomama.com.

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